212. LA REUNIÓN EN LA FINCA
ALESSANDRO:
Miré a mi jefe de seguridad Humberto. De inmediato explicó que los había mandado a investigar porque se había dado cuenta de que el pelirrojo Acher no sabía muchas cosas que debía saber de nuestra seguridad.
Ese fue el motivo por el que sospechó desde un inicio que no era el Pelirrojo mayor, pero como el menor de los gemelos tiene hasta los mismos tatuajes, llegó a pensar que era olvidadizo; por eso no me dijo nada.
—Bueno Humberto, te entiendo —acepté su explicación—. Hasta nosotros nos confundimos.
—En cuanto a esas mujeres de los mafiosos —dijo Marino—, creo que están buscando una manera de acercarse a Lilian a través de su hermana Lucila.
—No lo creo, Marino —interviene Rufo—, conociendo su historial, estoy casi seguro de que deben querer atraparla para hacer que Lilian haga todo lo que quieran, y ya la escuchaste, Ale, y le creo.
Ella es capaz de ir en contra de ella misma por su hermana, eso te incluye a ti.
Si la ponen a escoger entre Luci y tú, ella escogerá a su hermana.
Asentí, estaba seguro de que mi esposa haría eso sin pensarlo dos veces. Ella vive para esa hermana. Tiene muy aferrado en ella que la tiene que salvar y cuidar. Fue una de las últimas cosas que le pidió su padre, que cuidara de Lucila.
—Por lo pronto, vamos a vigilar muy bien a todas las mujeres de nuestros enemigos —ordené de inmediato—. Marino, ponle en cuanto lleguemos un hombre a cada una de ellas y a sus esposos.
—De acuerdo, jefe —acepta de inmediato.
—En cuanto a Florencia y Loreta —sigue informando Marino—, las vimos rondando la casa, jefe. Lo que no nos dio tiempo a informarle, salimos con usted en la madrugada; el día antes fue que las vimos.
—Bien, pónganles hombres que las sigan a ellas también —indiqué de inmediato—. ¿Alguna noticia del capo Cian?
Marino asiente enseguida. Cian le pudo sacar a Galatea que no solo escuchó lo que planeaba hacer el padre de Andrea con Lilian, sino que lo estaba planeando con otro hombre, que parecía extranjero, pero que no logró ver quién era.
Pero que sí tenía un dragón en la mano, lo que no pudo ver bien de qué color era.
—¿Un extranjero con un dragón en su mano? —pregunté pensativo, mirando a Rufo, que como yo estaba intrigado.
—Ale, recuerda que el padre de Andy se enteró de quién era Lilian con unos extranjeros que llevaron a su hospital —me recuerda enseguida.
—Pues creo que el capo Cian va a tener que hacerle una visita al padre de Andrea —pregunté de inmediato—. Tenemos que saber quién es ese dragón extranjero que anda detrás de mi esposa, aunque creo saberlo... Debe ser el dragón de fuego.
Rufo niega con la cabeza, es claro que no está de acuerdo conmigo y tampoco está seguro de eso que acabo de decir.
—Si era él, ¿por qué no atraparon a Lilian todo este tiempo? —Hizo la pregunta que tenía yo también en mi mente.
Me quedé pensando, esa pregunta me la había hecho yo también todo este tiempo desde que supe que Lilian era la hija del dragón rojo.
—Creo que es porque ella escondía el tatuaje de su dragón con maquillaje. Lilian no dejaba a nadie verlo y como tú mismo dices, estaba borroso —Rufo me mira pensativo—. Por eso no la cogieron...
—O el padre de Andrea no dijo que la había encontrado —agrega Rufino.
—Eso puede ser también, tiene lógica, Rufo —estoy de acuerdo con él—. Por cierto, ¿Andrea y Eva qué han estado haciendo?
Marino se adelanta de nuevo para informar que el doctor Andrea ha estado trabajando sin parar, lo mismo en el hospital que en la clínica de maternidad cerca de su casa.
La doble de la señora Minetti no lo ha vuelto a visitar.
En cuanto a Eva, sigue cayéndole atrás al pelirrojo menor Acher.
Viven juntos, en el apartamento de Andrea.
—Eso es bueno, parece que se ha tomado en serio lo de ser un buen cirujano —señala Rufo.
No digo nada, pero yo no me lo creo así de fácil. Ese está planeando algo. Él no va a renunciar a Lilian tan fácil, lo vi en su mirada. En ese momento Rufo se pone de pie pasando una mano por su frente.
—Creo que deberíamos descansar hoy aquí. No hemos dormido nada en dos noches, y si vamos hoy para la casa, tampoco lo haremos —me pongo de pie junto a todos los demás—. ¿Qué crees si nos dedicamos a ver qué sabe Lilian mañana por la mañana y nos vamos en la tarde?
—Tienes razón, estoy cansado —acepto su sugerencia—. Manda a preparar y a acomodarse a todos, Humberto. Nos quedamos hoy aquí en la finca, luego mañana veremos qué hacer.
—¿Le aviso a su abuelo, señor Alessandro? —pregunta Humberto.
Niego con la cabeza diciendo que yo mismo hablaría con él más tarde. Le ordené que acomodara a todos en las habitaciones y que se pusiera al día con todas las cosas relacionadas con la seguridad de la casa en Roma y la empresa central.
—Lo haré, aunque dice Marino que la señorita Luci tenía un ejército de técnicos instalando no sé cuántas cosas nuevas —Humberto me contesta en lo que vamos saliendo—. Esa chica es muy buena, jefe, muy buena en todo lo tecnológico.
Me río al escucharlo. Creo que se me fue la mano dándole permiso para poner todo lo que quisiera en la casa. Debemos revisar todo lo que hizo mañana mismo. Sobre todo eso que dicen los chicos de los pequeños aviones que vuelan por todo el perímetro.
—¿Aviones? ¿Tú querrás decir drones? —quiero saber enseguida.
—Eso mismo, jefe —ríen todos mientras me siguen—. Los jóvenes de hoy viven para la tecnología. Tenemos que actualizarnos.
Estoy de acuerdo. Pero ahora mismo estoy realmente extenuado, antes no dormía porque no sabía dónde estaba Lilian. Al parecer, estas dos noches pasadas me pasaron factura.
Después de despedirme de ellos, llego a la habitación y veo a Lilian durmiendo solo en bragas.
Es tan linda que quiero saltarle arriba.
No lo hago, me dirijo al baño y realizo uno bien grande, en verdad lo necesitaba.
Voy a peinarme y unas hojas encima de la cómoda me llaman la atención.
No entiendo nada: tienen el dibujo de un dragón, dos llaves como las que encontré que abren todo, y en la figura del dragón existe una especie de mapa.
Sin darme cuenta, dejo caer un frasco de perfume que explota contra el piso, haciendo que Lilian salte asustada.
—¡Ale! ¿Qué fue eso? ¿Un tiro? —preguntó sentándose en la cama mientras saca una arma de debajo de la almohada.
Me río al verla, nunca me imaginé que ella estuviera tan preparada. Me acerco y se la quito.
—No, vida mía, se me cayó un frasco de perfume —le pongo el seguro al arma preocupado—. No te muevas, llamaré para que vengan a limpiarlo. Tienes que tener cuidado con esa arma.
Ella asiente, bosteza y vuelve a acostarse como si nada. Me acerco y la cubro con la sábana satisfecho de estar al fin en casa. ¿Qué le estuvieron enseñando en esa gira?