210. LA RELACIÓN
LUCILA:
Puedo ver a mi madre, cómo nos observa por la ventana de la cocina, mientras nos acercamos a la casa. Luego, sin decir nada, se aleja con el abuelo rumbo a la gran casa de los Minetti. Ayudo a Damián a subir los escalones de la casa para cerrar mis computadoras, mientras seguimos conversando.
—Eso es preocupación; teme que yo te haga sufrir —dijo Damián—. Pero ya verás que cuando se entere de que viviremos aquí, aunque todo esté allá y solo vayamos una vez al mes por una semana hasta que logre mudar todo para acá, se pondrá feliz.
—¿Iremos? ¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, girando para verlo.
—¿Por qué me preguntas? —señaló Damián, como si yo supiera a qué se refería—. Claro que iremos, tú eres mi esposa. Además, no quiero separarme de ti nunca. A dónde yo vaya, tú vas.
—No quiero ir —aclaré enseguida—. ¿Y si me lleno de granos?
—¿Qué hay con eso? —continuó Damián, como si nada—. Tenemos casas allá; no estás obligada a salir si no quieres. Lo arreglaremos todo, vida mía. Pero deja que anuncie que eres mi real esposa hoy.
Me quedé en silencio; no quería discutir con él ahora. No sabía qué nos deparaba el futuro con esta relación que acababa de empezar y todavía no sabía a dónde iba a llegar.
—Está bien —acepté al ver cómo me miraba—. Pero no hagas mucho alboroto para no morirme de vergüenza, y me dejarás decírselo a Lili primero. ¿De acuerdo?
—Buenas tardes —nos interrumpe una voz de mujer.
Ambos nos giramos despacio para prestar atención a la desconocida, siempre Damián apoyándose en mí, pues todavía no se podía mantener en pie. Es una esbelta mujer en ropa deportiva que nos mira inquisitivamente.
—Buenas tardes. ¿Quién es usted? ¿Cómo entró aquí? —pregunta Damián.
—¿Usted es Damián? ¿No se acuerda de mí? —pregunta la mujer—. Soy Zinerva, la esposa de Mateo.
Damián la mira sin dar señales de saber quién es. Por mi parte, la observo detenidamente, recordando que la he visto en las fotos de los archivos de Minetti, aunque no recuerdo exactamente de quién es esposa.
—¿Todavía no me dice cómo llegó hasta aquí? Y no la recuerdo; no tengo idea de quién puede ser —contesto con recelo.
Miro a mi alrededor tratando de encontrar a uno de mis guardias de seguridad, hasta que veo cómo el gemelo Acher y su hermano el Pelirrojo llegan corriendo, junto a dos más.
—No se asusten —dice ella nerviosamente al verlos—. Yo tengo permiso para jugar al golf en estos campos. Mi esposo es socio de Minetti y nos concedió ese permiso.
—Todos esos permisos fueron revocados —intervengo de inmediato—. Así que si la dejaron pasar, fue un error. Además, los campos de golf están por allá; ¿qué hace aquí?
—¿Tú debes ser Luci? —dice sin responder.
—No, ella es Elsie, mi esposa —la interrumpe Damián—. Buenas tardes.
Y sin más, le da la espalda, adentrándose en la casa conmigo. Escuchamos cómo es interrogada por el Pelirrojo, que le vuelve a repetir que esos permisos están obsoletos, y se la llevan con ellos.
—¿Por qué le dijiste que era tu esposa? —protesto mientras me dejo llevar.
—Porque es verdad; además, no me gustó cómo te miraba. Ella vino expresamente a verte a ti —dijo sin dejar de mirar atrás—. No volveremos a quedarnos solos aquí; cierra todo y vamos. Creo que mudaré todo para la casa grande.
—Estás siendo un poco alarmista —dije, aunque en verdad, después del asalto, también quería mudarme para la casa grande.
Damián se detiene y hace que lo mire mirándome muy serio. Asegura que esa mujer no es buena. No se acuerda de quién es, pero lo pudo ver en su mirada. Está convencido de que el que se introdujera así y viniera directo a preguntar por mí no es nada bueno y no le gusta.
—¡No me gusta nada! —unos toques en la puerta nos interrumpen.
Nos asomamos a la puerta solo para ver al gemelo mayor, que viene preocupado a interrogarme sobre el motivo de la mujer. Levanto los hombros diciendo que no sé.
—¿Cómo logró entrar hasta aquí? —pregunta Damián a cambio—. Está teniendo muchas fallas la seguridad de la casa. ¿Estás seguro de que todos tus hombres son confiables?
El Pelirrojo lo mira, diciendo que él estaba desaparecido y que a su hermano Acher lo habían despedido. Por eso no conocen a todos todavía. Los hombres que trajo con él son el cuerpo élite de nosotros, pero de los demás no tiene idea de quiénes son.
—Ella entró con ese pase; el que estaba de guardia en la puerta le creyó y la dejó pasar —siguió explicando—. No sé por qué han cambiado a toda la seguridad de la casa; no conozco a ninguno de ellos.
—Pues tienen que revisar todo de nuevo y estar muy atentos; también me resulta extraño eso que dices —dice Damián pensativo, y yo también—. Lo hablaré con Minetti cuando llegue hoy.
—¿Viene el jefe? —pregunta sonriendo enseguida.
—Sí, debe estar al llegar, así que refuerza la seguridad; no queremos sustos. Pongan a sus hombres de guardia hoy —sigue ordenando Damián—. Vayan, ahora, a colocar bien a todos los confiables; no los necesitamos; nos vamos para la casa principal.
—Sí, señor. Puede Acher quedarse e ir yo —ofrece el Pelirrojo mayor.
—Estaré más tranquilo si van a vigilar a todos esos guardias extraños —dice Damián muy serio—. Minetti no es alguien que acostumbra a cambiar a sus hombres de confianza.
—Vayan, y luego uno de ustedes que nos encuentre por el camino —intervengo. Me parece exagerada la actitud de Damián, pero me asusto ante la idea de que tenga razón; por eso estoy de acuerdo con él—. Terminamos aquí y nos iremos en el carrito de golf.
—Regresamos enseguida, señorita —dice, y se van.
Los veo alejarse; ellos cierran todo, se montan en el carrito de golf y se dirigen a la casa grande. Ya casi es completamente de noche; las luces de los campos de golf, que desde el ataque encienden en las noches, todavía no se activan.
—¿En serio piensas que vino a verme a mí? —pregunto pensativa.
—Sí, Luci, ella vino por ti —asegura con firmeza—. No sé qué nuevo plan están ideando, pero no me gusta, porque creo que tiene que ver contigo.
—No lo creo, pero haré todo lo que me digas.
Mañana mismo mandaremos a mudar mis computadoras para una oficina aquí arriba —digo asustada—.
Y acepto que le digas a todos; es verdad lo que dices, así yo seré responsable de ti y tú de mí, pero no tendremos sexo todavía hasta que estemos seguros de esto.
—Está bien, cariño; ya te lo había prometido. Además, quiero poder moverme bien. ¡Detente, amor, detente! —me detiene con urgencia—. No mires, pero creo que acabo de ver a un hombre que se escondió en esos arbustos que tenemos que cruzar, con un arma.
—¿Y qué hay de malo en eso? Tenemos muchos hombres aquí —respondo mientras miro alrededor.
—Ninguno de ellos se esconde de nosotros. Dame mi arma, Luci; la tengo en el pie y llama a Acher y al Pelirrojo —me pide con urgencia.
—¿Estás seguro? Yo no vi a nadie —justo en ese momento los veo—. ¡Oh, sí, los vi, los vi! No es uno, amor; ¡son varios!