208. ENTENDIÉNDONOS MEJOR
LILIAN:
Me giro para mirarlo fijamente a sus ojos oscuros, que a veces parecen capaces de ver a través de mi alma.
Pero esta vez están opacos, cargados de una tristeza que me hace tragar saliva con fuerza.
Alessandro nunca muestra debilidad, nunca.
Si algo lo está afectando de esta forma, debe ser algo enorme.
—Encontramos en la cripta mortuoria de los dragones una verdadera ciudad debajo de Roma —comienza a contarme—. Y en el baúl de tu papá estaban los mapas.
—¿De veras? —Eso es algo sorprendente y que no me esperaba—. ¿Y qué tiene que ver eso con tus padres?
—Encontré al que era el guardaespaldas de ellos allá dentro, en una celda.
Me señaló hacia una dirección, diciéndome que los había encontrado, pero le dio un infarto y no ha vuelto a recobrar la conciencia —sigue contando con tristeza—.
Rufo, mi abuelo y yo nos hemos cansado de buscar allá abajo, pero no hemos dado con ellos.
Creemos que en el trabalenguas y en algo que quizás tú conozcas, nos puedas ayudar.
—¿Por qué no lo dijiste enseguida, Ale? —pregunto enseguida, sin poder creer que no me lo hubiera dicho antes—. Te llamé, te pregunté; tenías que mandármelo a decir, que era para eso que me necesitabas en cuanto te enteraste.
No contesta de inmediato, con la cabeza metida en el agua.
Al salir, se queda mirándome fijamente. Parece debatirse entre decirme o no.
Sus músculos están tensos y la luz del baño ilumina las pequeñas gotas que caen por su rostro, dándole un aire aún más sombrío.
Por fin, suspira, como quien se rinde ante una pregunta inevitable.
—¿Hubieras regresado? —al fin pregunta.
—Sí, aunque siguiera molesta contigo, son tus padres —contesto sin vacilación y salgo de la ducha—. Dale, regresemos ahora mismo. Los ayudaré en todo lo que pueda.
—¿En serio, bella? —La alegría que se refleja en su mirada me enternece—. ¿No te vas a molestar por no complacerte en este viaje que quieres?
Lo miro en completo silencio, esperando pacientemente mientras busco asimilar lo que acaba de decir. No puedo creer que me conozca tan poco. Bueno, eso es entendible, pero aún así debió decírmelo de inmediato.
—No, ¿cómo me voy a molestar, Ale? —contesto con más suavidad de la que deseo—. No quiero que tus padres, si aún viven, estén sufriendo mientras nosotros nos divertimos. Vamos, tenemos que encontrarlos.
Se queda observándome unos momentos, como si me viera por primera vez. Solo el agua cayendo sobre nuestras pieles. Finalmente, Alessandro me abraza con una fuerza que parece querer fundirme con su cuerpo. Luego me besa apasionadamente, y al separarse deja su frente apoyada en la mía antes de decir:
—Te amo, Lili, gracias por esto.
—Nunca lo vuelvas a hacer, Ale —lo regaño al darme cuenta de cuánto ha sufrido todo este tiempo sin decirme nada—. No me escondas cosas por darme gusto.
—Quería contártelo todo en cuanto te vi; sin embargo, también quería estar a solas contigo —confiesa mientras me ayuda a secar el cabello—.
Tengo una gran necesidad de sentirte, Lili, de estar a tu lado.
Y no es que no quisiera decírtelo, quería regalarnos aunque sea dos días. Para ser honesto, no creo que vivan.
Hace una pausa con expresión de tristeza, y aunque puede que sea verdad, sé que guarda una pequeña esperanza de que estén vivos. Me emociona ver el gran esfuerzo que hizo para complacerme. Lo abrazo con fuerza, emocionada. No sé cómo, pero debemos construir un nosotros sin desconfianzas.
—Te entiendo, cariño —camino hacia la habitación—. Vamos, tenemos que mandar el avión a regresar a Roma, o ya lo hiciste.
—No exactamente, cariño. Dije que mantuviera su rumbo, pero que podíamos cambiar —explica, todavía mirándome.
—¿Todo eso entendió Humberto con el movimiento de cabeza que hiciste? —pregunto con una sonrisa.
Alessandro asiente y me percato de que ellos son uno. Toda su vida la han pasado juntos desde niños. Tanto así que un leve movimiento de cabeza de él hace que todos sus hombres sepan de inmediato que les ordena. Tengo un gran camino por delante para aprender.
Salimos vestidos con nuevas ropas que siempre tenemos en el avión. Humberto, Estefan, Rufo y Migue están discutiendo algo en una mesa.
—¿Qué es, chicos? —pregunta Alessandro.
—Jefe —habla Humberto—. No sé si se acuerda de que yo le había dicho que el Pelirrojo, ese último, no era el verdadero. Y ahora Rufo me lo confirmó.
—Es cierto, ¿es su hermano gemelo? ¿Qué hay con eso? —Lo miro con incredulidad, así que tiene un gemelo el jefe de la seguridad de mi hermana.
Me detengo junto a ellos, mirando el mapa de la ciudad de Roma. Humberto sigue hablando de lo que descubrió de los gemelos pelirrojos, pero se interrumpe diciendo que hay una situación más urgente que resolver.
—Me acaba de entrar este mensaje de los que tengo vigilando a las mujeres —le extiende el teléfono a Alessandro—. Como ve, han mencionado mucho a la señorita Lucila; creo que quieren hacer algo con ella.
—¡Luci! ¡Ale, alerta a todos! —le pido asustada—. No podemos dejar que le pase nada a mi hermanita.
Me pasa una mano por los hombros mientras me pide que no me preocupe.
Ella está en la casa bien custodiada; esas mujeres no tienen modo de entrar.
Todos sus hombres están en alerta contra ellas; tienen órdenes de no dejar pasar a nadie extraño a la casa en su ausencia, ni siquiera el abuelo puede cambiar eso.
—Ojalá, Ale, ojalá —miro al mapa de nuevo—. Porque me muero si le llegara a pasar algo a Luci; sabes que yo, por ella, soy capaz de ir hasta en contra de mí misma.
—Cálmate, no le va a pasar nada —me pide mientras pasa su mano por mi espalda, tratando de tranquilizarme—. Está segura con el abuelo y Damián. Aunque no lo creas, es muy inteligente y se huele a los enemigos con tan solo verlos. De todas formas, les avisaré.
—¿Puedo llamarla ahora? —pregunto, y en respuesta me extiende su teléfono.
Aunque sé que es verdad todo eso que dijo, él está aquí y ellas allá, solas.
Nunca antes han estado en peligro. Y en este mundo de la mafia, me he percatado de que nunca hay seguridad suficiente.
Yo fui la que metió a mi madre y a mi hermana en este lío; tengo que protegerlas a como dé lugar.
Sé que si algo sale mal y yo no hago nada, jamás me lo perdonaría.