¡Ups! ¡No me equivoqué! 207. CONTINUACIÓN LOS ENEMIGOS
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207. CONTINUACIÓN LOS ENEMIGOS

RODRIGO:

Franco se queda callado por un breve instante, pero no para de caminar tras de mí, con ese ruido de sus zapatos tan característico que ya hasta me irrita. Llegamos al auto, y antes de subirme, siento el peso de su mano en mi hombro. Me detengo en seco.

—Eso es fácil, utiliza el pase que les dio Celia a todas las mujeres para que fueran a jugar golf; creo que todavía funciona —me dice, tensando su expresión.

—No lo creo, pero podríamos probar —me quedo mirándolo. Quizás tenga razón, pero no se lo voy a admitir—. Le diré a Mateo que mande a su mujer a probar.

Él se detiene y resopla. Conozco esa mirada, la misma de un hombre que siente que huele el peligro y no sabe de dónde viene. Por un segundo, parece que va a insistir, pero cambia de tema.

—Oye, Rodrigo, tenemos que organizarnos muy bien. No me gusta lo que está pasando —no digo nada, pero también lo creo—. ¿Te enteraste de que Damián está en casa de Minetti?

Me giro para mirarlo mientras le doy una calada al cigarro, mientras las luces de la ciudad empiezan a parpadear a lo lejos.

Es irónico, frente a los demás juego a ser el preparado, el que lo tiene todo bajo control.

Pero sé perfectamente que, cuando se trata de Minetti, todo es un castillo de naipes listo para desplomarse.

—¿Quién te dijo eso? —pregunto, pensando que eso no tiene sentido, son enemigos desde que Minetti le quitó la mujer a Damián.

—¿No te has enterado de que Minetti se adueñó de toda la fortuna de Damián porque él está en coma y lo trajo con él cuando fue a Francia? —pregunta con el ceño fruncido.

¿De dónde Franco saca esas informaciones? Me percato de que está mejor informado de lo que sucede en casa de Minetti que yo. Aunque todo pueden ser rumores. Había oído que lo habían herido, pero no que estaba tan mal.

—¿Damián sigue en coma? ¿Estás seguro de eso? —Me interesa mucho esa información.

—Sí, y que no ha despertado todavía —contesta, apagando su cigarro con el pie—. Dicen que está en casa de Minetti en Roma.

Lo miro en silencio, analizando toda la situación. Eso no es poca cosa. Los Cavalieri en Francia poseen grandes negocios, y Damián es el único heredero. Si está en coma, quizás se nos ha presentado una oportunidad para apoderarnos de todo o de una gran parte.

—¿Sabes que eso es una tremenda oportunidad para que tu esposa Florencia haga convenios ahora con esas empresas, a ver si nos apoderamos de ellas y entramos en el mercado francés, tú y yo, como socios? —pregunto de inmediato.

—Lo sé, pero Minetti está por el medio —responde, encendiendo otro cigarro.

Franco exhala una larga bocanada de humo.

Por un instante, observo cómo el humo se arremolina en el aire antes de disiparse.

Su expresión está cargada de preocupación, pero en el fondo de sus ojos encuentro un pequeño destello de ambición.

Sabe, al igual que yo, que si jugamos bien nuestras cartas, esto podría cambiar las reglas del juego.

—¿Por casualidad supiste qué hizo Minetti para poder adueñarse de las empresas de Damián? —pregunto al ver que no dice nada—. De seguro que solo firmó como que se haría responsable de él.

—No, me dijo un abogado de ellos que el tonto de Damián le dejó en el testamento toda su fortuna a la difunta esposa de Minetti —eso fue una gran tontería de ese francés.

No puedo creer que le haya dejado todo a su peor enemigo. Lo observo con incredulidad. Franco, al verme, asiente con la cabeza.

—Se lo dejó todo a Celia, y como ella se murió, bueno, tú ayudaste a matarla, con lo cual nunca estuve de acuerdo —lo fulmino con la mirada, pero no digo nada porque me interesa el tema—. Ella era una chica indefensa que no se metía en nada. No debiste matarla.

—¿Vas a seguir con eso, Franco? Estoy cansado de decirte que nadie la iba a matar, le íbamos a robar el hijo para que Minetti hiciera todo lo que quisiéramos.

Pero ese estúpido de los hombres del padre de Demon la mandó a matar para ayudar a la chica loca aquella.

Yo no tuve nada que ver con eso —me molesta mucho que no me crea—.

Si llego a saber que la iban a matar, no les hubiera avisado.

¿Qué gané yo con su muerte? ¡Nada! Ahora sigue contándome eso de Damián, así que le dejó todo a Celia, y claro, es lógico que Minetti tenga todo el derecho hasta que despierte.

Por un segundo, pienso en Celia. De todas las cosas impredecibles, ella es la más inocente víctima de todas. Nadie, ni siquiera yo, entiende del todo cómo terminó enredada con Minetti.

—Así mismo es, Minetti llegó, se apropió de todo e incluso compró todo lo que los abogados intentaron vender y los despidió —sigue contando Franco entre bocanadas de humo.

—Espera ahí, Franco —lo interrumpo al recordar algo—. ¿No me dijiste una vez que tu mujer Florencia había descubierto que la esposa con la que se casó Damián no era la que decía ser?

—Es verdad, Florencia las conocía bien a las dos —contesta de inmediato—. Dice que la que se casó con Damián no era la mayor, como todos pensaban, sino la menor, que fue la que murió en el accidente.

—Creo que encontramos la manera de quitarle todo a Minetti —digo con una sonrisa.

Mi socio me lanza una mirada incrédula, sacudiendo la cabeza. Pero yo sé lo que digo de inmediato. Ese sería un movimiento brillante si lo logramos, pero difícil de hacer para alguien como nosotros. Franco me observa intrigado, sin entender lo que estoy pensando.

—Solamente tenemos que encontrar a la hermana mayor de la esposa de Damián y hacer que vaya a reclamar todo —sonrío satisfecho—. De seguro que ahora que Damián está así, ella no se va a molestar por ser su esposa. En papeles, ella fue la que se casó, por tanto, le pertenece todo lo de su esposo.

—¡Eso es una tremenda idea! —exclama emocionado Franco, vislumbrando ya el dinero que se va a embolsar—. ¿Qué hacemos ahora? ¿Seguimos persiguiendo a la esposa de Minetti?

—No, regresemos a Roma, le diré a aquellos dos que los perdimos. De seguro, ellos regresaron a Roma también —me interesa más ahora hacerse de la fortuna de Damián. Sería un duro golpe al Capo de todos los capos, Alessandro Minetti. Por una vez, ganaría ante él.

Minetti es un hombre que no conoce límites, un monstruo que mata sin remordimientos. Pero ese monstruo puede doblegarse ante mí un día. Aunque sea un instante. Y ese instante es todo lo que necesito.