206. LOS ENEMIGOS
RODRIGO:
Los autos se detienen en la semioscuridad del amanecer en el aeropuerto. Varios hombres se bajan de ellos y observo cómo el avión se aleja rumbo a lo desconocido. Dos autos más llegan y sus ocupantes se bajan.
—¿Estás seguro de que era Minetti? —pregunto sin poder creer que se escaparan de nuevo.
—Sí, era él y su segundo —asegura el otro.
—¿En verdad era su esposa esa que estuvimos persiguiendo? —quiero saber sin poder creer que no la reconocí y atrapé.
—Al parecer lo era —contesta mirando el avión en el cielo—. Andaba sola con un cuerpo de guardias muy buenos. Perdimos una tremenda oportunidad de atraparla.
—¡Maldición! —pateo el auto furioso—. ¿Cómo no nos enteramos de que era ella en realidad?
—Rodrigo, ¿quién se iba a imaginar que ella es una experta conduciendo? Eso no salió en ninguna de las informaciones que tenemos de ella —me dice frustrado como yo—. Parecía una pelirroja más de ese bajo mundo. De la manera que vestía y se comportaba, ¿tú hubieras pensado que era ella?
Niego con la cabeza. Es verdad lo que dice. Nos hubiéramos llevado tremendo fiasco si la llegamos a agarrar para ofrecerle el trato de hacerse pasar por ella misma. Nos hubiera descubierto.
—Nos engañó bien con el otro conductor —sigo diciendo—. Parecían pareja de la manera que se tratan.
—Eso es verdad, se abrazan y se besan a cada rato —sigue diciendo—. ¿Crees que está engañando a Minetti con él? Es un hombre muy hermoso.
—¿Eres estúpido, Franco? —lo increpo furioso—.
No viste cómo salió con Rufino. Ese debe ser la nueva pareja del doctor.
Acuérdate que él les va a los dos lados.
La manera de ese chico comportarse está claro que es del otro lado.
Lástima de hombre. Tampoco ninguno de los hombres que la acompañaban los hemos visto con Minetti.
Debe ser el súper secreto cuerpo élite que tiene.
—Rodrigo, ¿no me dijiste que los habías eliminado cuando el asesinato de su primera esposa, Celia? —preguntó Franco.
Me quedo pensativo. Puede que no fueran ellos a los que eliminé. Estos hombres que acompañan a la señora Minetti se ve que son lo mejor de lo mejor. En verdad son buenos.
—¿Te diste cuenta del otro grupo que los perseguía? —pregunté intrigado.
—Sí, pero me parece que andaban detrás del jefe de ellos —me cuenta—. Mira lo que logró saber el hombre que puse a que los siguiera.
Estoy intrigado. Hombres como esos que acabo de ver son los que necesito para progresar en la mafia. Si lograra hacer que traicionen a Minetti y trabajen para mí, muy pronto acabaría con él.
—¿Quién crees que sea el jefe del cuerpo élite de Minetti? —pregunta Franco.
—No lo sé, Franco. Nunca había tenido noticias de ellos.
Pero una cosa sí te aseguro: ese debe saber muchos secretos del Capo di tutti i capi, y se ve que confía ciegamente en él para ponerlo a cuidar a sus parejas —reflexiono verdaderamente impresionado—.
Tenemos que averiguar quién es. Puede que nos sirva de mucho.
—¿Qué hacemos ahora, Rodrigo? —Franco mira todavía las luces del avión en la lejanía.
No le respondo todavía. El ruso Dimitrov está presionándonos con esa chica que dice que tiene.
Pero ella a mí no me da buena espina. Hay algo en su mirada y la forma en que me mira que me hace desconfiar de ella.
Tampoco creo que Minetti no se dé cuenta de que le cambiaron la esposa.
Ese plan es absurdo, se los he dicho, pero no me escuchan.
Estoy seguro de que no van a tener éxito. Por eso yo me decidí a buscar otra.
—Oye, Rodrigo, es verdad lo que dices de la doble de la señora Minetti.
Da escalofríos mirarla —escucho decir a Franco lo que estoy pensando—.
Aunque se parece a la mujer, ella, no sé, creo que después de haberla seguido por tanto tiempo puedo diferenciarlas.
Sin duda la mujer de Minetti es más linda y alta. Es una preciosura.
—¡Oye, que yo la vi y no es para tanto! —le digo furioso.
—Rodrigo, te digo que es preciosa. Tiene unas largas piernas muy bien torneadas, los senos son redondos y no chicos, su cintura es estrecha.
Ni hablar de lo firme y redondo de su trasero —lo miro con incredulidad—.
Te digo que la apreciamos bien en esa ropa entallada que se ponía.
Ahora entiendo por qué todos se vuelven locos con ella.
Dudo mucho que la doble que tienen ellos le alcance a la señora Minetti.
—¿En serio, Franco, estás elogiando a una mujer? —me burlo de él sabiendo que le tiene miedo a su esposa.
—Rodrigo, me conoces. Solo tengo ojos para Florencia, pero la señora Minetti dejó a todas atrás —todavía insiste en su opinión—.
Ella sí es una mujer bien formada y es tan loca como su esposo.
Esta vez la buscó a su medida. Sin duda, nadie que la conozca la va a confundir con esa otra que quieren hacer pasar por ella, mucho menos Minetti.
—Habrá engordado, porque cuando estaba en la empresa no se parece a esa descripción que haces —contesto sin ceder.
En la reunión que tuvimos en la empresa de Minetti, era linda, pero muy delgada. No era esa que acabo de ver. Giro la cabeza al escuchar asegurar a Franco que de seguro era su hermana haciéndose pasar por ella, porque la mujer de Minetti es muy linda.
—Ya tu cabeza se fue a volar, Franco —me río de él.
Franco se molesta mientras sigue protestando. Insiste en que tiene razón, eran diferentes mujeres. Si no le quiero creer, que no lo haga, pero no son las mismas, asegura.
—¿Y ahora qué le decimos al alemán ese de Los Dragones?
¿Él está con el ruso en eso de cambiarle la esposa a Minetti?
—insiste con la pregunta—. Todavía no entiendo su interés.
¿No dicen que apareció el Uno y asumió? Yo escuché que se habían al fin desbloqueado unas antiguas cuentas que tienen muchísimo dinero de ellos.
¿Para qué quieren a la mujer de Minetti, entonces? Por cierto, ¿sabes quién es el Uno?
—Sí, pero no te lo puedo decir. Y deja de preocuparte por esos tipos, son muy peligrosos —salgo a caminar rumbo a mi auto—. Enrieta, mi esposa, quedó en averiguar si podemos agarrar a la otra chica que vive con la esposa de Minetti, la que está enferma y hacen pasar por su hermana.
—Te digo que es esa que iba a la empresa —vuelve a insistir.
No digo nada. Su estupidez a veces me molesta.
Sin embargo, mi esposa averiguó que padece de una enfermedad que la llena de granos.
Por eso es que digo que no era ella en la empresa.
Franco se niega a aceptarlo, sigue pensando que es esa chica enferma quien se hacía pasar por la señora Minetti porque estaba viajando.
—Acuérdate que el viejo Minetti apenas dejaba verla. Se encerraba con ella en la oficina —me recuerda mientras me sigue.
—Está bien, deja eso, Franco. ¿Qué importancia tiene ahora?
—lo detengo queriendo avanzar—. Lo importante aquí y ahora es que dicen que la señora Minetti tiene adoración por su hermana menor enferma y que hace cualquier cosa por ella.
Es su debilidad. Si la atrapamos, podemos obligarla a traicionar a Minetti.