¡Ups! ¡No me equivoqué! 205. TOMANDO DECISIONES
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205. TOMANDO DECISIONES

LILIAN:

Me abrazo de Alessandro, hundiendo mi rostro avergonzado de nuestros hombres, mientras le digo que no quiere saber. Tiro de él para sentarnos más cómodamente. Todavía estamos en la puerta en el piso.

—¿Adónde vamos? —pregunto tratando de cambiar el tema de conversación.

—¿Cómo que adónde? A Roma —contesta todavía ofuscado—. No puedes seguir corriendo este peligro. Está muy claro que no solo te persiguen a ti, también a Humberto, y creo saber el por qué.

—¿Por qué cree, jefe? —interviene Humberto para mi alivio.

—Humberto, eres mi hombre encubierto —comienza a explicarle—. Todos saben que tengo un cuerpo élite que nadie conoce. Deben haber descubierto que eres el jefe de la seguridad de Lilian. Y suponen que sabes mucho de mí, lo que es cierto.

—O quizás es para que los ayudes a raptar a Lilian —interviene Rufino viniendo a sentarse cerca—. Humberto, manda ahora mismo a que tu mujer y tu hijo estén muy protegidos.

—Eso ya lo hice, Rufo. Los mandé con mi familia a Milano —contesta Humberto con tranquilidad.

Miro a estos hombres rudos que piensan tres y cuatro pasos por delante de lo que hago yo y me siento pequeña ante su experiencia. Son una gran familia, y se cuidan entre ellos, y yo… los he puesto en peligro más de una vez con mis locuras y caprichos. Tengo que aprender.

—Bravo, Humberto, la familia hay que cuidarla bien —lo felicita Alessandro y le da una palmada en la espalda. Luego se gira hacia mí muy serio—. Lili, debemos regresar.

—¡Ah no, cariño, me dijiste que íbamos a estar quince días viajando nosotros!

—protesto vehementemente—. Dijiste que me enseñarías un montón de cosas.

¡No iremos a Roma, no, señor, me lo prometiste!

Tienes que entrenarme, y qué mejor que en el peligro real, nada de simulacro. No regresaremos a Roma, ¡es una orden!

Alessandro suelta una gran carcajada seguido por todos los demás. Yo soy la que rompe su rutina. Pero en verdad quiero pasar un poco más de tiempo con él, disfrutando de nuestro amor, aunque tengamos que salir huyendo así como ahora antes de regresar a Roma.

—Como ordene, jefa —responde sonriente haciendo la señal militar en forma burlona. Me abraza y besa feliz—. Acompáñame a la habitación, debemos hablar, cariño.

—No me vas a convencer —digo mientras lo sigo, sin dejar de ver cómo le hace señas a Humberto con la cabeza, y lo veo dirigirse al piloto—. Ale, no seas tramposo.

—Lili, cuando hablemos, si no estás de acuerdo en hacer lo que te voy a pedir, escucha lo que digo, te lo voy a pedir, no ordenar.

Entonces te doy mi palabra de que escogeremos el lugar que quieras, cariño —dice en lo que me lleva con él hacia la habitación del avión—.

¿Adónde te gustaría ir? ¿Qué es eso que quieres que te enseñe, aparte de lo más importante?

Su tono cambia, se vuelve más insinuante y coqueto. Camina detrás de mí, acariciándome y besando mi cuello.

—¡Ale…! No hagas eso —me avergüenza que puedan escucharnos.

—Estoy a sus órdenes, señora Minetti, para todo lo que ordene —sigue comportándose burlonamente.

—¿Para todo? —me giro en sus brazos y coloco mis brazos en su cuello—. ¿Estás seguro?

—Sí —responde de inmediato.

Alessandro cierra la puerta y sin previo aviso tiro de él, haciendo que caiga arriba de mí en la cama, y lo empiezo a besar apasionadamente.

Él no se hace esperar, me corresponde con el mismo ímpetu.

Nos quitamos los pantalones desesperados, tratando de hacer silencio.

Me introduce de un golpe al darse cuenta de que estoy más que mojada, al tiempo que me sella la boca con un beso.

El movimiento es frenético, impulsivo, avasallador.

Lo giro para montarlo y él se deja, atrapándome por la cintura, haciendo que suba y baje por toda su extensión a su antojo.

Me dejo guiar, tratando de suprimir los gemidos que se me escapan sin poderlo remediar, hasta que comienzo a experimentar un inmenso placer.

Quiero gritar, y miro a Alessandro desesperada, que entiende.

Se sienta y me besa sin dejar de introducirse en mí violentamente, hasta que ambos nos quedamos quietos, abrazados, agitados, sintiendo cómo nuestras partes aún palpitan.

—Eso fue maravilloso, Ale. Quiero más, mucho más —susurro en su oído, sintiendo que me vuelvo loca por él.

—Yo también, bella, pero no podemos con los chicos. Además, hay algo importante que debo decirte —se pone de nuevo serio.

—Está bien, deja que vaya al baño —me levanto enseguida.

Me desnudo completamente y me meto en la ducha, mirando con deseos el miembro de mi esposo que aún permanece erguido. Hago que entre en la ducha conmigo y comienzo a restregarme contra él. Alessandro me gira con rudeza.

—¿Quiere más? —pregunta con voz ronca—. Pero no puedes gritar, ¿me escuchas? Tienes prohibido gritar y no puedes hacer lo que quieras.

—Dale, Ale, me estoy quemando —esta terrible secuela me vuelve ansiosa.

Alessandro hace que me incline mientras recorre mis glúteos. Me propina una nalgada que me hace saltar, pero me obliga a volver a inclinarme, haciéndome señas de que guarde silencio, y me penetra violentamente de un solo golpe.

—No seas rudo —protesto. Él me propina otra nalgada.

—No tienes permiso de hablar, te lo dije —susurra en mi oído—. Te castigaré cada vez que me desobedezcas, Lili, ¿me escuchas? Soy tu hombre, me debes obediencia.

—Ale, no me está gustando… ¡Ay…! ¿Qué haces? —vuelvo a recibir otra nalgada y una embestida salvaje.

Me muerdo los labios. He comprendido que si sigo hablando seguirán los castigos. Está molesto por poner a sus hombres en peligro, pero sobre todo porque yo corrí ese peligro.

—Eso es, linda —lo escucho decir al seguir su movimiento.

Lo escucho mientras me penetra despacio y me acaricia el glúteo donde me golpeara, pero ahora yo quiero que me siga nalgueando. Es excitante. Voy a hablar. Sin embargo, Alessandro me toma por mi cabello, obligándome a levantar el torso sin dejar de bombearme fuerte. Es incómodo pero alucinante.

Se mueve a una gran velocidad, haciendo que alcance otra vez mi clímax y explote.

Me saca de su interior y me gira, obligándome a arrodillarme delante, y me indica que abra la boca.

Lo hago, recibiendo el hermoso miembro en mi boca.

Se impulsa hasta el fondo para vaciarse completo.

Me lo tomo sin dejar de mirarlo excitada.

Me pone de pie y me besa con toda la pasión que me enloquece.

—Debemos detenernos, cariño —me pide y abre el agua, metiendo la cabeza dentro de ella.

Pero he podido ver un llamado de auxilio en su mirada. Algo grande le está sucediendo. Siento que me esconde su dolor y preocupación.

—¿Qué es, Ale? Dijiste que no me esconderías nada —le pregunto mientras me enjabona la espalda.

—Se trata de mis padres —dice al fin, y escucho el dolor en su voz.

—¿Tus padres? —me giro en sus brazos—. ¿Qué sucede con ellos? ¿No están muertos?