204. EL ESCAPE
LILIAN:
Guarda silencio un momento antes de ordenarles que salgan en los autos haciendo mucho aspaviento para que los persigan. Cree que son el grupo de mafiosos que los estuvo atacando últimamente y que al parecer tienen una vendetta con Humberto.
—Llama al capo Agustino, que venga a buscarme —sigue ordenando mientras mira por el cristal—. Espérame en el aeropuerto con el avión listo.
—Ale, no te voy a dejar aquí indefenso —se niega Rufino—. Mandaré a los demás, pero Migue y yo nos quedamos con dos autos. En cuanto salga la mayoría persiguiendo al grueso del grupo, salgan por la recepción y los recogeremos.
—Está bien, Rufo. Haz eso —está de acuerdo. Es un buen plan. No por gusto son el primero y el segundo—. Activaremos la alarma de fuego, así que colóquense del otro lado de la fuente para que no obstaculicen la salida de los huéspedes.
—¿Qué haces, Ale? —le pregunto algo molesta de que desprecie mi estrategia probada—. Esa estrategia que te dije nos dio resultado la otra vez. Solo tienes que seguirme y saldrá todo bien.
—Lili, estoy seguro de que la vez anterior no había tantos en la recepción, y eso debe ser porque esperan que hagas lo mismo —me explica muy serio, llevándome para que observe—. Ven, mira. Todos esos que ves son ellos.
—Sí que hay muchos —concuerdo con mi Ale, y me arrepiento de ser tan inmadura.
¿Cómo puedo dudar de la palabra del capo mayor, que toda su vida se ha dedicado a esto? Solo llevo unas semanas escapando y me creo una experta. Despierta, Lilian, y deja que tu esposo dirija.
—¿Y cómo vamos a llegar hasta Migue y Rufo?
Pregunto ahora mirándolo asustada. Pasa su mano por mi rostro, besa suavemente mis labios y me llena de seguridad. Luego me abraza muy fuerte como si me quisiera proteger del mundo.
—Descansa, linda. Ya estoy aquí —y me doy cuenta de que él se percató de todo. De mi lucha por dirigir, por salirme con la mía, de mi deseo de demostrar que he crecido. Bajo la cabeza sumisamente, dejándole claro que me subordino a él. Lo abrazo con fuerza.
—No temas, ya verás cómo salimos ilesos. Confía en mí —lo miro y asiento feliz—. Humberto, aprieta la alarma de fuego.
Todo se hace en un momento. Tengo un arma en mi mano y la otra me la tiene sujeta firmemente Alessandro.
No tengo miedo. Estoy con él y me doy cuenta de que su sola presencia hace que mi miedo desaparezca.
Sonrío feliz. El ruido de varios autos escapando rompe el silencio de la madrugada.
Se arma una tremenda estampida al sonar la alarma de fuego.
Vemos cómo la mayoría de los tipos salen corriendo.
Empiezan a aparecer los huéspedes medio dormidos y asustados.
—¡Vamos! —ordena Ale—. Rufo y Migue llegaron. Lili, no te separes de mí. Todos cúbrannos.
Salimos corriendo. Del lado de allá de la fuente llena de flores vemos los autos.
Corremos por entre el medio de la multitud.
Alguien me atrapa la mano, haciendo que me detenga.
Me desprendo rápidamente. Cuando voy a disparar, ya Ale lo ha hecho y tira de mí.
Se arma tremenda gritería y estampida que aprovechamos para llegar hasta donde Migue y Rufo esperan.
Nos montamos en los autos y salimos escapando, seguidos de varios autos que nos disparan.
—¡Echen a andar el avión! —escucho a Alessandro—. ¡Más rápido, Rufo, no tengas miedo! ¡Migue viene pegado a ti!
—¡Rufo, está justo detrás, acelera! ¡Estos autos vuelan! —le grito, pero no lo hace. Mira insistentemente hacia detrás. Llamo a Migue—. ¡Pasa delante, Rufo tiene miedo!
No he terminado de decir eso y Miguel nos pasa a toda velocidad por el lado, y lo escuchamos decir por el intercomunicador:
—¡Vamos, amor, no te quedes atrás! ¡Sabes que muero si te pasa algo!
Para nuestra alegría, Rufo reacciona. Parecemos unas flechas.
Nuestros autos de carrera con arreglos para que sean más rápidos de lo normal rugen cada vez que aprietan el acelerador.
Pasamos por el medio de nuestros hombres que se desprendieron de quienes los seguían y venían en nuestra ayuda.
Voy a dar órdenes, pero ya Alessandro ha levantado su mano fuera de la ventanilla.
Ellos giran chirriando gomas y nos rodean, todo esto sin disminuir la velocidad.
Desembocamos en el aeropuerto seguidos a lo lejos por tres autos que los nuestros tratan de impedir que avancen disparando.
Cuatro se han quedado atrás. Es un aeropuerto pequeño y privado.
El avión echa a andar despacio. Humberto y Estefan brincan con otros.
Los conductores giran para ir al encuentro de los autos enemigos, liberando a los demás que se acercan, y todos los que están libres brincan al avión uno detrás de otro como linces.
—Ahora nosotros, amor —me dice Alessandro mirándome dudoso e intenta agarrarme la mano, pero antes de que logre atraparme, brinco hacia los brazos de Humberto y Estefan que me atrapan y suben al avión.
—Ahora tú, Migue —ordena Ale y pone a otro de los chicos al volante.
Miguel no lo piensa mucho y lo hace. Estoy aterrada mirando cómo se acercan los otros autos. Rufino y Alessandro todavía están en los autos. Y aunque los conductores les dan batalla, son muchos ahora para ellos solos.
—¡Abran fuego contra ellos! —les ordeno a los del avión—. ¡Lancen la red a Ale y Rufo! ¡Chicos, desaparezcan después con los autos! ¡Les avisaré hacia donde vamos para que nos encuentren!
Doy la orden por el intercomunicador que siempre traemos a los que conducen. Ellos asienten y se colocan al lado del avión, impidiendo que los autos enemigos se coloquen delante e impidan el despegue. Ale me observa y sonríe orgulloso. Yo nada más quiero que suba al avión.
Todos obedecen mis órdenes sin chistar. Mientras unos disparan, otros ya atraparon a Alessandro y a Rufino que cuelgan de la red en lo que el avión se eleva.
Me llena de satisfacción ver cómo en medio del peligro ninguno me desobedeció.
Los subimos y cerramos la puerta, observando cómo los nuestros desaparecen en la lejanía.
Me abrazo de mi Ale con el corazón saltando a mil.
—Dios, Ale. Por poco me muero. Qué susto pasé de verte colgando así —digo sin dejar de estrecharlo fuerte contra mi corazón.
—Amor, estoy bien. Tenemos que acostumbrarnos a vernos en situaciones de peligro —me separa un poco de él, sonriente, mientras arregla mi cabello—. Bravo, lo hiciste muy bien. Reaccionaste como mi Prima Donna, dando las órdenes precisas que se necesitaban. ¿Esa idea de la red de dónde la sacaste?
—Lo tuvimos que hacer en Mallorca, cuando escapamos así como ahora y me daba miedo saltar como lo hice hoy —explico sin darme cuenta de que he hablado del lío en que me metí, pero no me detengo. Sigo—. Uno de los chicos nos lanzó así la red y Estefan, Humberto, Migue y yo nos enganchamos.
—¿Qué diablos han estado haciendo en este tiempo? —Rufo de pronto pregunta, mirando a sus hombres que bajan las cabezas. Me siento culpable por ellos—. ¿Qué fue lo que hiciste, Lilian?