203. DE NUEVO EN PELIGRO
LILIAN:
No contesto de inmediato. Sé que esa secuela que me quedó de tener el deseo sexual mayor que lo normal me hará mi vida un poco difícil. Y sí, esas bragas que compré no eran con esa intención, pero pueden ayudarme en eso también.
—No lo olvido —suelto un suspiro con impotencia—. Creo que en verdad tienes razón, pero si yo me pongo el mío, tú te tienes que poner el tuyo.
—Piénsalo bien, querida. El tuyo se abre, pero el mío me tiene mi instrumento forrado —dice con una sonrisa—. No, definitivamente no sirve. ¿No crees?
Voy a responder, pero por el rabo del ojo veo una sombra y me quedo quieta sin demostrar lo que acabo de ver. Me introduzco en los brazos de mi esposo y le susurro al oído:
—Ale, ¿dime que viste lo mismo que yo?
—Amor, sigue como si no hubiéramos visto nada, y hazte la que quieres que vayamos dentro —me contesta en mi oído de la misma manera.
Hago lo que me pide Alessandro. Me levanto riendo y tiro de él. Tan solo entrar a la habitación y cerrar las puertas, corremos a tomar nuestras armas. Humberto y Estefan tocan la puerta. Sin casi esperar, abren y entran con sus armas listas.
—¿Están bien? —pregunta Humberto.
—Sí —respondo como de costumbre.
Alessandro se coloca delante de mí. Estoy casi desnuda, mientras él los fulmina con la mirada.
Ellos se dan cuenta y lo miran fijamente antes de dar la espalda.
Si supiera la cantidad de veces que ellos dos han entrado a mi habitación y me han visto así, no me escondería.
Mejor que no se entere, pienso. Y sigo detrás de él.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunta Ale autoritario.
Lo dejo que tome el mando, mientras me digo que él es el jefe. Lilian, ahora tienes que obedecerlo en todo. Respira para refrenar las ansias locas de interrogar a mis hombres.
—No estamos seguros, jefe —le responden ellos a Alessandro, ignorándome por completo—. Nos avisaron que vieron hombres escalando por las paredes. Creo que debemos irnos. Ya Rufino y Miguel están listos, y todos los demás. No estamos en condiciones de presentarles batalla.
—Está bien, dennos dos minutos para cambiarnos. Colóquense en la entrada del balcón de espaldas a nosotros —les ordena con frialdad.
Nos vestimos velozmente, cogemos las cosas y salimos sigilosamente de la habitación.
No tomamos el elevador, bajamos por las escaleras.
Antes de salir a la recepción nos asomamos y retrocedemos.
Hay varios hombres que no es la primera vez que los encontramos.
En Francia los vimos, nos persiguieron en los autos.
Esta vez son muchos, están distribuidos por toda la recepción.
—¿Qué hacemos ahora? —quiere saber Humberto.
Alessandro no responde de inmediato. Admiro a estos hombres. Hasta ayer Humberto era el que tomaba todas las decisiones, aunque me escuchaba. Hoy se somete por completo a su jefe, que se adelanta y mira por la puerta entreabierta.
—Llama a Rufo, Migue y los demás. Que se dirijan a los autos y que a nuestro aviso nos recojan. Deja que yo los distraiga —me adelanto y ordeno decidida. Ya los hemos burlado varias veces.
Pero mis hombres están a la espera de las órdenes de Alessandro como si no me hubieran escuchado. Y medio me molesto porque no me hacen caso como siempre.
—Lilian, ¿qué locuras dices? Quédate quieta a mi lado. No saldrás tú sola —me ordena Alessandro tomando mi mano.
—No iré sola, tú irás conmigo —respondo firme, mirándolo de frente—. Estefan, ¿dónde están tus espejuelos de sol? Seremos dos turistas de luna de miel borrachos. ¿Listo, Ale?
Me detengo al ver su mirada fría y el silencio de nuestros hombres que no me obedecen y sólo esperan por Alessandro.
—Aquí están, ¿vamos a hacer el mismo truco de Mónaco, señora? —pregunta Estefan, al fin sacando los espejuelos sin dejar de ver a Alessandro, que frunce el ceño.
Y me doy cuenta de que no me está obedeciendo a mí. Le está informando indirectamente a Alessandro que ese truco ya lo hicimos. Son muy inteligentes. No me ofenden, pero lo siguen a él.
—Sí, solo que con mi esposo esta vez. Vamos, amor —le respondo muy seria.
Pero Alessandro no se mueve. Me giro para mirarlo al ver que se ha quedado observándonos a todos. Avanzo hacia la puerta cuando su voz suena potente.
—¡Detente! —ordena firme. Obedezco y me detengo en seco—. Conozco a esos tipos, y son muy peligrosos. ¿Y dices que te vienen persiguiendo desde Francia?
—Sí, fue donde los encontramos por primera vez, pero no les escapamos todas las veces —respondo tratando de demostrarle que no soy tan débil, que me he sabido cuidar. Quiero que por una vez me vea en acción ante el peligro.
Sin embargo, Alessandro no se mueve, no me pregunta nada. Solo observa a mi jefe de seguridad en busca de una explicación.
—A mí me parecían conocidos, jefe —habla Humberto, sin mirarme y hablando con Alessandro. Es como si al estar él, yo dejara de existir—. Se parecen a los hombres que nos estuvieron atacando un tiempo en Roma. ¿Lo recuerda?
—Claro que los recuerdo, pero no son solamente ellos. Hay otro grupo que también conozco muy bien. Míralos bien, Humberto —dice mientras los señala desde el cristal de la puerta—. Son los que por poco te matan a ti y a Estefan en Milano.
—¿En serio? No estoy seguro, no pude verlos bien —contesta Humberto mirando a los mafiosos de afuera—. ¿No fueron los hombres de Demon?
—No, los que te atacaron no eran de Demon. Los investigué muy bien —sigue contestando Alessandro concentrado en vigilarlos.
—Gracias, jefe. Yo no me había percatado de que me están persiguiendo a mí. Pensé que era a la señora —habla, en lo que junto a Estefan miran por la puerta—. Siempre están pisándonos los talones, llegan un día o unas horas después de que nos hemos ido.
Me quedo callada sin volver a intervenir. Ellos se han olvidado de mí y siguen informando a Ale, que los escucha atentamente. Yo me asomo a la puerta con disimulo, los veo, y sigo creyendo que los podemos burlar como la vez anterior.
—Hoy llegaron más rápido. Alguien les debe haber informado que estábamos aquí. O quizás se enteraron del embarque de nuestros autos —se gira hacia mí y suena a reproche lo que dice Humberto—. No debimos mandarlos, señora. Se lo advertí.
—¡Me gustan esos autos, son muy rápidos por las modificaciones que implementamos, y me los gané!
—me defiendo. Es verdad que ellos trataron de disuadirme de dejarlos y enviarlos más adelante cuando estuviéramos seguros, pero los quería con nosotros.
Por eso los envié hace dos días—. Vamos, Ale.
Solo tenemos que llegar a los autos, no nos podrán alcanzar en ellos.
Insisto, decidida a demostrar que puedo salir de esta encerrona como la otra vez. Me aseguro de que mis armas estén bien colocadas. Arreglo mi cabello y doy un paso hacia la puerta ante la mirada de todos.
—¡No se muevan! —ordena Alessandro, al tiempo que llama a Rufino por teléfono—. Rufo, ¿dónde están?