201. DISFRUTANDO DEL AMOR
LILIAN:
Sus manos ahora se deslizan despacio por mi cuerpo, llegan hasta el punto de unión. Con cuidado levanta un poco mis piernas, haciendo que me abra más. Un nuevo impulso de su pelvis, y el dolor se hace aún más fuerte. Mi piel se estira al máximo, siento que no lo soporto, que es muy exagerado.
—¡Aaaah…! —grito fuerte ante el último empujón.
—Lo siento, amor. Aguanta un poco más —susurra en mi oído, llenándome de besos. Y un nuevo impulso de su cadera hace que sienta cómo me abre y ha llegado más allá de mi límite.
—Ale, creo…, creo… que no me cabe… —susurro avergonzada. No me responde, sonríe mientras se mueve despacio. Gimo presa del más infinito amor y placer, apretándome fuerte contra él.
—Shhh…, ya entré completo. Lili, alma mía, cómo deseé esto… —jadea sobre mi boca, al tiempo que vuelve a llenarme. Una y otra vez entra y sale, con su cuerpo tenso, como si se aguantara.
Muerdo su pecho mientras entierro mis uñas en su espalda.
Me acaricia despacio, con amor. Besa mi cabeza sin moverse.
Solo sus manos recorren mi cuerpo, provocando las más increíbles sensaciones.
Baja despacio hasta mis senos, introduciéndolos completos en su boca, jugando con mi pezón, provocando que el placer aumente.
Una vez uno, otra vez el otro, sin dejar de moverse entrando y saliendo.
El suave vaivén hace que el agua baile al compás de nuestros enervados cuerpos.
Me dejo llevar, cierro mis ojos queriendo experimentar y grabar en mi mente cada una de las nuevas sensaciones que estoy experimentando.
El hormigueo delirante de mis labios, que ahora hace que mi cuerpo entero se electrice ante el roce de los labios de Ale, que disfruta de abrir mi boca con su lengua.
Mordisquea mis labios provocándome un dolor que se conecta con el que estoy experimentando por el impulso de su pelvis, llenándome y chocando contra mi límite en mi centro, lo cual hace que un fuerte corrientazo me entumezca el vientre.
Todo a mi alrededor ha desaparecido. Únicamente nuestras respiraciones agitadas se escuchan, el chapoteo del agua, los gemidos, el gruñir de mi Ale en concordancia con mis propios jadeos.
Es el concierto que completa lo que está sucediendo.
Quise acelerar el roce que me provoca esa increíble sensación de entrar y salir despacio, rozando con mi punto del placer, que me está enloqueciendo.
Sin embargo, Ale me atrapó la cadera impidiéndolo.
—Todavía no, cariño. Quiero verte llorar de placer, escuchar que gimas pidiéndome más, cómo si tu corazón no aguantara y te obligue a gritar para liberarlo —susurra en mi oído—.
Que estalles en mis brazos de tanto sentir.
Déjate llevar, amor. Así seré feliz de saber que te he dado todo el placer del mundo.
—Ale…
Y como si mi cuerpo solo respondiera a su mandato, un torrente de sensaciones surgió de entre mis muslos, como una flecha hacia lo más profundo de mis entrañas.
Mientras ante mi reclamo él se hundía más y más, provocándome el mayor de los placeres.
Mi cuerpo convulsionó en una explosión de sensaciones, dejándome desmadejada, sofocada, sorprendida ante la inmensidad del placer desconocido.
Mi espalda se arqueó, abriéndome más para recibirlo.
Temblé jadeante entre sus brazos, sintiendo cómo se tensaba y me llenaba de su caliente semilla con impulsos salvajes, certeros y precisos.
Me relajé completa, abriendo mis ojos para verlo asombrada.
Salió de mi interior sin dejar de besarme y decirme las más increíbles cosas de amor, con su voz gruesa cargada de deseo, haciendo que me sintiera la mujer más deseada y amada del universo, en lo que se dedicaba a bañar mi cuerpo.
Deslizaba despacio sus manos por toda mi figura, como si me dibujara.
—¿Se rompió? —pregunté al sentir su mano entre mis pliegues.
No obtuve respuesta. Siguió bañándome. Su caricia se hizo más intensa, haciéndome explotar en un sinfín de sensaciones ante sus dedos explorándome. Lo apreté con fuerza, queriendo sofocar el grito que se quería escapar de mi garganta.
—Ah, ah, ah. ¡Detente! —grité descontrolada ante las fuertes contracciones que me sacudían. De un impulso se puso de pie, llevándome con él. Sin importarle nada, nos tumbamos mojados en la cama.
—No puedo más, Ale —logré decir al sentir cómo de nuevo se hundía en mí, esta vez con furia incontrolable. Quise escapar—. No puedo más, cariño. Recuerda que no estoy acostumbrada.
—Puedes, porque me amas. Porque esta vez lo haremos juntos y te va a encantar tanto, bella, que me pedirás más —murmuró en mi oreja.
—Ale… —jadeé sin poder contenerme.
No pude terminar. Me sujetó fuerte por mis caderas, me impulsó con potencia llegando hasta lo más profundo de mi ser.
Algo como un resorte me estremeció completa y me hizo vibrar.
Como si despertara de un letargo, la temperatura de mi cuerpo la sentí subir como un volcán.
Miles de sensaciones en mi interior me exigían que correspondiera.
Y lo hice, siguiendo el ritmo alocado que me impuso, como un caballo desbocado en una carrera que tiene que ganar.
Me inundó su energía, su deseo loco de poseerme de esa manera, y mi cuerpo reaccionó con el mismo desenfreno ante la belleza del cuerpo de mi hombre contraído, excitado, desarrollando toda su hombría.
Y me olvidé de lo que dije. Unas ansías locas de satisfacer a mi esposo, de hacer que cumpliera todas sus fantasías y las mías, me hicieron reaccionar.
Fue un encuentro brutal, como si fuéramos dos animales.
Solo instinto. Seguía cada una de sus locuras, cada una de las más increíbles posiciones, y no solo eso, respondía con mis propias variaciones.
Para mi asombro, lejos de disgustarme y de querer parar, el intenso éxtasis que experimentaba era tan inmenso que me hacía querer más y más, y se lo pedía.
—Más, Ale, más… —la locura se había apoderado de mí.
—Así, Lili, ¿así te gusta? —preguntaba mientras me bombeaba con ímpetu, cada vez más fuerte, más salvaje y deseoso de mí—. ¿Así, linda, así…?
—Sí, sí, sí, me gusta, me gusta mucho. Dame duro, duro, Ale —contestaba como una poseída de la lujuria, queriendo que sus potentes embestidas nunca terminaran. Hasta que caímos ambos desfallecidos, uno en brazos del otro, sin separar nuestros cuerpos, unidos por el placer.
—Te amo, Ale —y lo digo con todo mi corazón.
—Yo te adoro, Lili. Te adoro más de lo que yo mismo sabía que se podía amar —respondió para mi alegría.
Aunque en mi interior sabía que esto era solo una felicidad robada. Él era el Capo di tutti i capi de la mafia italiana, y por mi culpa había asumido también el mando de esa organización llamada Los Dragones, más oscura aún. Nuestra vida ahora estaba unida para siempre. ¿Cuánto más podría durar?