¡Ups! ¡No me equivoqué! 200. ENTREGA TOTAL
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LILIAN:

Se hace el silencio entre nosotros mientras sigue quitando mi ropa. Se detiene un momento al ver que he dejado de reír y lo miro expectante. Es importante para mí su respuesta. He cambiado mi vida mucho desde que entré en la suya. Quiero quedarme con mi carácter.

—Acabo de decir que me gustas mucho. Me refiero, ya sabes —al fin contesta y reanuda su trabajo de quitar la ropa sin dejar de comerme con la mirada—.

Las otras mujeres que he conocido quieren hacerlo todo perfecto.

Se quitan la ropa como si estuviera ensayado todo.

Tú no. Entramos, nos caímos, y desde el piso me pides que te desnude sin estar apenada o queriendo disimular.

Eres tan natural que me fascina. Nada romántico, ja, ja, ja, pero me encantó.

—Me conoces, eso solo pasa en novelas —respondo aliviada de que le guste como soy—. Mírate, no te salen tus zapatos y están llenos de tierra tus pies. Lávalos y después entra.

—¿Te he dicho hoy que te adoro? —pregunta mientras ríe, pero me obedece.

No le respondo, porque ya estoy metida en el agua caliente, recostada en la pared de la inmensa bañera que me hace sentir en el paraíso.

Termina de desnudarse a toda velocidad, se lava los pies en la ducha y entra en la bañera.

No dice nada, me observa dentro del agua.

Poco a poco se acuesta a mi lado, me acaricia al tiempo que comienza a besarme, a recorrer todo mi cuerpo con su boca.

Besa cada parte de mí. Lo dejo, aunque me preocupa que se vaya a ahogar.

—Amor, espera que salgamos y lo hacemos en la cama —le pido tratando de sacarlo.

Él sigue metiendo su cabeza debajo del agua y sacándola para respirar mientras sigue acariciándome.

Me levanta despacio hasta estar casi fuera del agua y besa cada parte de mí.

Cierro mis ojos y disfruto de lo que me hace.

Siento el cosquilleo entre mis piernas. El agua caliente hace que nuestras temperaturas se sientan más elevadas.

Quiero a mi hombre hoy sin importarme nada.

Se coloca en el medio de mis piernas, sujetándome por mis glúteos.

Lo miro. Comienza a pasar su lengua por mi centro como si de un helado se tratara, suave, meticulosamente, abriéndome poco a poco, siendo más atrevido.

Sube y baja por mi abertura causándome el mayor de los placeres.

¡Cielos! Me estremezco completamente. Quiero que siga, pero se detiene después de meter su lengua en mi cavidad.

Veo que su objetivo es otro. Siento un poco de temor, pero también lo deseo.

Deja que descienda de nuevo hasta estar apoyada en el fondo de la bañera.

Sube de nuevo para mirarse en mis ojos. Atrapo su rostro, restrego mi cara contra su barba áspera de un día, que hace mi cuerpo vibrar.

Vuelve a comenzar a recorrer mi cuello, deslizándose despacio por mi clavícula hasta mis pechos.

Acaricio su espalda mientras dejo que el amor que me transmite me llene, y a la vez intento demostrar lo mucho que también lo amo.

Relajo por completo mi cuerpo, dejo escapar mis miedos. Suspiro sintiendo cómo su mano desciende hasta más allá de mis caderas.

—Ale… —gimo en un suspiro ante la corriente electrizante que recorre todo mi cuerpo.

Me siento flotar en medio del agua burbujeante. Sube despacio ante mi reclamo. Nuestros cuerpos se rozan y sus manos rodean mi cintura, estrechándome con fuerza. Mis pezones rozan con su pecho, enloqueciéndome, al tiempo que mis labios se pierden entre los suyos.

—Ale… —vuelvo a gemir, casi como un quejido.

Tira de mí posesivamente, con su respiración agitada. Mis senos se incrustan en su pecho mientras sus manos bajan delineando la curva de mi espalda hasta apoderarse de mis glúteos. Los toma, apretándolos, y me impulsa contra su cuerpo.

—Lili…, mi Lili —gruñe prendido de mi boca en un delirio, con la voz ronca y excitada—. Pídemelo, amor —ruega desesperado, queriendo cumplir con lo que le había impuesto.

En respuesta deslizo mi mano, adueñándome de su hermosa erección, y lo guío sin dejar de mirarnos a los ojos a mi entrada.

No se hace esperar. Impulsa su cadera con violencia, invadiendo todo mi interior, acompañado del chorro de agua caliente que hace que me estremezca.

La penetración es tan rápida que me asombra, haciendo que intente incorporarme agarrándome de la bañera.

—¡Diablos! —exclamo ante la inmensidad de su aparato.

Lo miro asombrada. En serio pensé que jugaría un poco primero, que me avisaría. Un nuevo impulso de su cadera y siento algo rasgarse. El dolor se hace presente. Quiero escapar ante la inmensidad que me llena, pero su agarre es férreo en mi cintura, aunque sale un poco sin dejar de mirarme.

—Ale… —gimo acobardada, con mis lágrimas rodando por mis mejillas.

Besa mi boca apasionadamente hasta ver cómo cierro mis ojos y me dejo llevar por esa increíble sensación que siempre me hace sentir con sus besos, y es el momento exacto en que recibo el impulso de su cadera.

—Aaaah… —se me escapa encima de su boca, mordiendo su labio ante el dolor. Se detiene y vuelve a besarme de la misma manera, recreando lentamente el recorrido por mis labios, saliendo despacio. Susurra apenas en mis labios—: ¿Lista para dejarme entrar completo?

Abro mis ojos para mirarlo. ¿Es que acaso no lo está? Me sujeta más cerca, desliza ambas manos hasta mis glúteos, haciendo que mi cadera se eleve, y el impulso de su pelvis hace que se hunda un poco más en mí.

—¡Cielos, amor, duele…!

—¿Mucho? Solo falta un poco, cariño. Te vas a acostumbrar, relájate, no tengas miedo —responde sin dejar de besarme.

Tomo una bocanada de aire, cierro mis ojos, y una nueva embestida me hizo gritar.

—Aaaah…, suave, suave… —suplico. No se detiene, sigue entrando y saliendo. Con cada impulso puedo sentir cómo me abre más y más. Clavo mis uñas en su espalda, muerdo su hombro. Se detiene al sentir mi reacción, aunque no sale de mí.

Respiro, respiro y respiro. ¿Quién me mandaría a burlarme?

Me pregunto, tratando de relajarme para que termine de entrar.

Ale sigue llenándome de caricias y besos.

Lo dejo e intento seguirlo, tratando de relajarme.

Sé que me duele más por eso. Noto que aunque trata de ser delicado, estaba desesperado por entrar en mí.

Por ello me aguanto y cierro mis ojos, sintiendo cada caricia, cada beso, cada susurro.

Y es cuando me percato de que junto al dolor experimento el mayor de los placeres, que hace que mi cuerpo entero vibre.

Escondo mi cabeza en su cuello para que no vea mis lágrimas rodar.

No es sólo por el dolor, sino también por la felicidad.

Lo extrañé tanto, pero tanto, y ahora lo tengo aquí conmigo, haciéndome suya, llenándome por completo, de un modo tan cuidadoso y tierno.

No puedo sentirme más feliz. ¿Cuánto durará esto en nuestro mundo?