¡Ups! ¡No me equivoqué! 199. DEVOLVIENDO EL MANDO
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199. DEVOLVIENDO EL MANDO

LILIAN:

Sonrío al ver cómo Alessandro pierde su concentración por mirarme, mientras el sudor comienza a correr por mi cuerpo acentuando aún más mis formas enfundadas en un traje deportivo elástico ajustado que define muy bien mi cuerpo.

Y con ello permite que yo lo golpee o lo atrape varias veces, aunque no sé si es eso o que quiere atraparme él.

Porque he notado varias veces que cuando me toca desplazarme, como estaba previsto, él solo mueve levemente la cabeza, y los hombres como una gran maquinaria cambian de posiciones, y termino siempre entre sus brazos, lo cual no me molesta en absoluto, lo aclaro, por eso no digo nada.

Al fin terminamos todos cansados pero contentos.

—¿Qué te pareció, jefe? —pregunta Humberto. Después de todo es su trabajo y quiere el reconocimiento de su jefe.

—Hiciste un buen trabajo, Humberto, no me defraudaste. Bravo, chicos, y Migue, excelente. Lilian, muy bien, amor —dice sonriendo satisfecho y se deja abrazar por mí, que lo hago realmente emocionada—. ¡Reúnanse todos!

Sonrío. El Capo di tutti i capi regresó. Me coloca a su lado con su brazo por encima de mis hombros. Todos los hombres obedecen de inmediato. Veo que no me miraron para pedir mi permiso como antes.

—Primero que todo, quiero agradecerles el haber cumplido con lo que me prometieron —inicia su discurso—. Eso los hace muy valiosos ante mis ojos. Pero debido a peligros futuros que tenemos que afrontar, vamos a cambiar algo en eso.

—¡Estamos de acuerdo, jefe! —dicen todos al unísono.

—¿Pero si no saben lo que es? —digo algo molesta de ver que ellos aceptaron tan pronto. ¿Será que los volví locos?

—Nos va a perdonar, señora —se adelanta Humberto inclinando la cabeza levemente ante mí—. Creo con honestidad que usted debe estar bajo el mando del jefe.

—También lo creo —dice Migue abrazado de Rufo—. Lili, no escuchas a los chicos y muy pocas veces a mí. Nos hiciste entrar en peligro muchas veces, como esta vez en Mallorca.

—¿Qué pasó en Mallorca? —preguntan Alessandro y Rufino al mismo tiempo.

—Después te cuento, Ale —me apresuro a interrumpirlo. Acabamos de arreglarnos y no quiero que cuando se entere de la locura que hice se moleste—. Mejor termina de decirle a los chicos que estarán bajo tu mando de nuevo, aunque deben obedecerme.

Alessandro se queda mirándome fijamente unos segundos. Luego mira a Humberto que no dice nada, solo hace un gesto con su mano que no entiendo. Hundo mi cabeza en su pecho avergonzada sin decir nada. Estoy segura de que cuando se entere me castigará una eternidad.

—Lo que escucharon, chicos —acepta Alessandro para mi alegría—. Solo que lo consultarán conmigo o con Rufo todo lo que les pida la señora Minetti.

—¡Gracias, jefe! —contestan todos.

—Son unos traidores —digo en broma sin dejar de reír—. Pero tienen razón, ja, ja, ja…

—No es eso, señora —se adelanta Humberto—. Tenemos más experiencia y olemos el peligro. Usted se lanza al peligro sin escucharnos.

—Shhh… —los mando a callar, no queriendo que lo oiga Alessandro que levanta una ceja muy grave—. Ale, amor, después, ¿sí? No averigües nada ahora, por favor.

—Eso va a cambiar muy pronto —habla muy serio, y el tono que ha empleado hace que se me erice la piel—. Gracias por tu trabajo, Humberto. A partir de ahora es mi responsabilidad. La enseñaré a obedecerme y a pensar en el peligro.

—Gracias, jefe. Ella es muy buena aprendiendo, pero no escuchando —completa Estefan.

—¡Traidor! Dejen de quejarse y vámonos —digo saliendo rumbo a los autos.

Me siento en el copiloto, porque sé que mi Ale no me dejará por ahora conducir.

Lo veo en su mirada: el jefe en él grita por someterme.

Y para ser honesta, quiero hacerlo. Me hace sentir libre y segura.

Viene y sonríe satisfecho al ver que le he dejado el asiento del conductor. Se inclina y me besa en los labios.

Regresamos al hotel. Para nuestro desagrado, de alguna manera los capos del lugar se enteraron de que estábamos allí y estaban esperando por nosotros. Le hago una señal con la cabeza a Migue que entiende. Se marcha con varios hombres y al rato regresa y me hace una señal.

—Con su permiso —interrumpo la conversación que tenían Alessandro y Rufino con los capos—, ha surgido una emergencia. Alessandro, deben acompañarme ahora.

Al momento se ponen de pie. Les estrechan las manos rápidamente a los capos que se ofrecen a ayudarnos. Ale los rechaza amablemente, diciendo que si los necesita los llamará. Nos montamos en los autos y salimos a toda velocidad.

—¿Qué emergencia hay, Lili? —pregunta Ale mientras conduce detrás de Rufo.

No le contesto. Me quito el cinturón de seguridad y me le acerco. Le recorro toda una oreja con mi lengua, la chupo, sigo hasta su boca y lo beso. El auto sale del carril. Dejo que vea la carretera mientras bajo repartiendo besos por todo su torso hasta llegar a su pantalón.

—Lili, me gusta la emergencia —habla sin dejar de conducir—. Pero no conduciendo a esta velocidad.

—¡Dobla, dobla a la derecha! —digo al escuchar que me dice Migue por el intercomunicador, al tiempo que regreso a mi asiento.

Lo hace todo colorado. Me mira de reojo.

Sonríe cuando ve aparecer otro hotel. Entramos y ya nos tienen listas las llaves de las habitaciones.

Casi corro al elevador. Me atrapa nada más cerrar la puerta, me agarra y hace que suba a horcajadas en su cadera.

Su enorme erección me avisa de lo que me espera.

Casi nos estamos comiendo. Salimos de la misma manera en nuestro piso, sin importarnos que alguien pueda vernos.

—¿Te gusta mi emergencia, amor? —pregunto entre beso y beso.

—Me encanta —contesta apretando más.

No dice más. Nos besamos hambrientos de nosotros mismos.

Vamos directo a la suite principal del hotel.

El baño ya está listo. Adoro lo organizados que son Humberto y Estefan.

Lo arreglaron todo en lo que veníamos. Me baja al entrar a la habitación sin dejar de besarnos.

Comienzo a quitarle su camisa sin detenernos en nuestro avanzar hacia el baño.

Al ir a entrar tropezamos y vamos a dar al piso aparatosamente. Se pone de pie de un salto.

—¿Por qué en las novelas nunca pasa esto? —digo riendo tirada en el piso.

—¿Te hiciste daño? Deja que te ayude a levantar —pregunta preocupado.

—No. Aprovecha y quítame los zapatos, el pantalón y mis bragas —pido mientras levanto mis piernas. Él me mira sonriendo y mueve la cabeza negativamente, pero hace lo que le pido.

—¿Seguro estás bien? ¿No te golpeaste la cabeza? —insiste preocupado.

—Estoy bien. Ahora ayúdame a que me quite la blusa —digo levantando mis brazos e incorporándome para quedar desnuda completamente—. Son cómodas para hacer ejercicios, pero difíciles de quitar. Gracias, ¿está rica el agua?

—Creo que sí, tócala. Estás hermosa, amor. Extrañé verte así —me toma de la cintura justo cuando me dispongo a entrar en la enorme tina—. Eres realmente linda y sexy. Me gustas como eres, Lili, tan distinta a todas las mujeres con las que he estado.

—Suéltame, desnúdate y ven. ¿Qué quieres decir con distinta? ¿No te gusta como soy? —lo miro preocupada. Quiero gustarle como soy. Sería muy difícil para mí cambiar.