198. LA DEMOSTRACIÓN CONTINÚA
LILIAN:
No digo nada. Me hace tan feliz que me confiese su amor personalmente que solo atino a asentir con la cabeza mientras lo abrazo más fuerte, disfrutando de escuchar cómo sigue elogiándome.
—Cada día me convenzo más de que eres mi complemento.
Te gusta todo lo que me gusta a mí, estamos hechos el uno para el otro, Lili —toma mi rostro con ambas manos y me obliga a mirarlo fijamente—.
Contigo soy ese Alessandro que quería ser de niño.
No el mafioso, sino el aventurero que vive su vida sin preocupaciones.
Pude serlo, pero la vida me obligó a crear este otro Alessandro que no te gusta, el mafioso.
—No importa, Ale. Sigue siendo conmigo este que eres, y cuando nos toque ser mafiosos, lo seremos juntos —le digo devolviendo su beso y entendiendo lo que dice—. Ya ves que pasé por lo mismo. Mi pasión es ser doctora, y ahora me toca vivir esta vida contigo, amor.
—Lo siento mucho, cariño —me abraza muy fuerte y sé que lo dice con sinceridad.
—No es tu culpa. Tú y yo fuimos marcados por nuestros padres. Así que no vamos a lamentarnos —me separo para mirarlo sonriente—. Tú eres mi mafioso favorito y yo la tuya, ja, ja, ja, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, amor —me siento muy feliz—. ¿Dime que no me perdí nada más, Lili?
Niego con la cabeza, asegurándole que no. También me di cuenta de que todo esto me lo debía haber enseñado él, y no seguí probando cosas nuevas.
—Lo haremos tú y yo —tomo aire y me pongo seria—. ¿Podemos olvidarnos de todo por quince días, Ale? ¿Puedes dejarlo todo por mí, como me dijiste? Quiero disfrutar de estar solos nosotros cuatro con los chicos. Di que sí, amor.
—Sí, sí, una y mil veces sí —contesta al tiempo que me carga y gira conmigo, aunque no se me escapa una mirada entre él y Rufo. La olvido al momento.
Cuando me baja, me quedo en silencio mientras lo observo.
Es verdad lo que dice: ni él ni yo quisimos esta vida.
Siempre se negó a ser un mafioso. Pudimos ser dos felices enamorados que se aman sin preocupación: él, un magnate millonario, y yo, una doctora despreocupada.
Pero ahora ya no hay vuelta atrás, por eso lo beso y lo abrazo fuerte.
Viviré lo que sea al lado de este hombre.
—¿Puedes? —pregunto preocupada, sabiendo que tiene muchas responsabilidades y que muchos son los que dependen de él.
—Arreglaré todo para hacerlo, ya verás, Lili.
Abuelo, Damián y Luci se pueden hacer cargo de todo.
De todas formas, te necesito para continuar con mi investigación.
No obstante, la pondremos en pausa hasta regresar —no sé por qué, pero al decir eso veo que le tiembla el labio imperceptiblemente y vuelve a mirar a Rufo.
Sé que me está ocultando algo, pero por hoy quiero ser egoísta y disfrutar de mi amor por él a la luz de todos. Lo demás puede esperar.
—Gracias, amor, gracias. Entonces, vamos para que vean algo extraordinario —debe estar pasando algo importante, pienso.
Me alejo de él mientras desabrocho las cosas del paracaídas. Mientras lo hago, recuerdo el mensaje en que decía que se iba a Rusia. Sí, debe ser eso. No obstante, los mafiosos pueden esperar quince días.
Recogemos los paracaídas y avanzamos hacia un espacio abierto que ya los chicos tienen listo. Me tiro en la yerba y hago que Ale lo haga también. Migue se ata una cinta en la cadera y se pone muñequeras.
—¿Qué haces, cariño? —le pregunta Rufo sin dejar de observarlo preocupado.
—Enseñarte mi sorpresa —responde Miguel mientras lo obliga a retroceder—. Siéntate y observa mi regalo para ti, cariño. Quiero que vuelvas a sentirte seguro, que no vuelvas a tener ese miedo que vi el día que me dispararon. Yo soy tu igual, Rufo. No tienes que tener miedo, solo confiar en mí.
Y diciendo eso se coloca en el centro y comienza a luchar contra tres oponentes.
Es muy ágil y demuestra que en verdad ha desarrollado una gran fuerza muscular.
Sonrío al ver cómo Rufo se pasea de un lado a otro, queriendo ir en su ayuda cada vez que lo atrapan, pero antes de que lo haga, Migue se escapa.
—Ya es suficiente, Migue —le grita Rufo—. Por favor, no me gusta ver que te golpean.
—Vamos, Rufo —lo llama Ale—. Deja que nos demuestre lo que puede hacer.
—No me gusta, no tiene necesidad de eso. Yo puedo cuidar de él —protesta y se aleja.
—Espera ahí, cariño —Migue le pide que se detenga antes de que Rufo lo alcance—. No te acerques, que ahora se vuelve más peligroso.
Luego comienzan a pelear con cuchillos. Migue dice que desde niño los usaba, por eso los odiaba.
Pero todo lo que aprendió de niño y lo que desarrolló ahora lo hacen casi un experto.
Rufo se tapa la cara por momentos al ver cómo pasan los cuchillos casi rozando el cuerpo de Migue.
Y en un momento en que le lanzan varios, se ve claramente que no le dará tiempo para esquivar uno. Me asusto.
—¡Migue! —grito aterrada.
Pero Rufo ha dado un salto y lo atrapa, quedando espalda con Migue. Me doy cuenta de que lo tenían planeado así al ver el intercambio de guiños entre los que lo hicieron. Y se defienden de todos como si fueran uno hasta que terminan. Se abrazan contentos.
—Migue, no lo puedo creer. ¿Hiciste todo esto por mí? No hacía falta, amor. Yo te defenderé siempre, no quiero que te arriesgues así —le dice mientras lo sostiene por los hombros, para abrazarlo y besarlo emocionado después.
—No, Rufo, no quiero eso. ¿Viste cómo luchamos a la par y vencimos?
Eso es lo que quiero: ser tu igual. Me entrenarás tú, cariño —confiesa con seguridad Migue, sonriente—.
Yo solo inicié, pero quiero que veas que no soy una carga para ti a la que debes cuidar.
Quiero ser tu compañero en todo, Rufo, en todo. ¿Aceptas, cariño?
—¡Claro que sí, amor! Te entrenaré para que nunca más nadie abuse de ti. Quiero eso también: poderte llevar conmigo a todas partes como mi igual. Lo haré, amor. Gracias, gracias, Migue, por amarme así —lo vuelve a estrechar y besar emocionado.
—Ahora me toca a mí —me pongo de pie interrumpiendo a los tortolitos—. Ale, si veo que te necesito te llamo.
—Ah no, señora. Yo no voy a pasar por lo que pasó Rufo. No sé lo que tienes preparado, pero yo lucharé contigo desde el inicio, y no me vas a convencer de lo contrario —lo dice en un tono que no tengo modo de negarme. Así que sonrío y lo dejo.
—Está bien —acepto porque sé que no lo voy a convencer—. Vamos.
Y sin más nos ponemos a pelear entre todos. Me asombra ver cómo Alessandro y Rufino enseguida se adaptan a la lucha que le teníamos preparada. Me doy cuenta de que se mueven con sus hombres como si fueran uno. Es su cuerpo élite, ellos los entrenaron. ¿Cómo no van a obedecer al Capo di tutti i capi?