197. LA DEMOSTRACIÓN
LILIAN:
El director Rufino por una vez se quedó mirando al amor de su vida con los ojos brillantes, con una indescriptible expresión de felicidad en su rostro que me asombra.
Nunca en todos los años que lo conozco había visto reflejada una emoción en su cara.
El hombre que todos los doctores en el hospital catalogaban como témpano de hielo estaba derretido por mi mejor amigo.
—Confío en ti con toda mi alma —respondió para nuestra sorpresa.
Dejé de prestar atención a esos dos, complacida con el resultado, y me giré hacia mi mafioso que sonríe al ver la felicidad de quien considera su hermano, con una idea en mente.
—Qué esperas, Ale, ¿vamos? —me acerco más a él acariciando su pecho—. Yo también te tengo sorpresas, no he estado perdiendo el tiempo en estos días. Vamos, eres mi copiloto.
—Deja que conduzca yo, Lili —me pide con un tono mandón.
Le tiro los brazos al cuello, subiendo mi rostro pidiendo que me bese. Lo hace, me atrapa por mi cintura y me incrusta contra su cuerpo deseoso, devorándome la boca. Lo separo solo un poco y susurro encima de sus labios.
—¿Confías en mí, amor? —le lanzo el reto.
—Sí —contesta firmemente.
—Entonces monta —le exijo, separándome de él, dando un salto y sentándome detrás del timón.
Lo hace receloso. Ya todo mi cuerpo de seguridad está listo. Salimos a todo dar del hotel, rumbo a una pista de autos. Alessandro y Rufino se miran en silencio sin decir nada.
—No te asustes, Ale. Quédate tranquilo ahí y deja que te demuestre lo que he estado desarrollando todo este tiempo —le pido con una sonrisa.
No dice nada, intercambia una mirada con Rufino que sigue de copiloto en el auto de Migue.
Todos nos pusimos en formación: Migue y yo uno al lado del otro.
Tengo dos autos delante, uno a cada lado de nosotros, y los demás detrás.
A mi señal salimos al mismo tiempo, todos a una enorme velocidad. Estamos muy bien sincronizados.
Migue pasa al frente, los que van de guía les abren el camino.
Lo sigo ciegamente, no tengo que mirar a dónde voy, solo el auto blanco.
Sus luces de pronto pestañean, acelero. Le paso a gran velocidad.
Al momento cuatro autos me cubren, y otros cuatro lo cubren a él.
Nos intercalamos, frenamos, giramos, atacamos, evitamos.
Todo a extrema velocidad, sin dejar de comunicarnos entre nosotros todo el tiempo.
Hacemos por media hora las más increíbles acrobacias, siempre escapando o atacando.
Alessandro solo me observa sin poder creerlo, no pierde nada de cómo estamos coordinados mis hombres y yo. Cuando al fin nos detenemos tiene una amplia sonrisa en su boca.
—¡Increíble, Lili, increíble! —exclama emocionado, para luego decir con un deje de melancolía que no se me escapa—. Cómo me hubiera gustado ser quien te enseñara todo eso. Tenemos que repetirlo integrándonos Rufo y yo en esa estrategia de defensa y escape.
—Lo haremos, cariño. Dejamos sus puestos y tiempos —respondo besándolo.
—¿En serio? —sonríe feliz al escucharme, y me besa él, atrayéndome hacia él por la nuca.
—Sí, la creamos entre todos —le cuento emocionada—. Humberto y Estefan con los chicos son muy buenos. Acoplaron lo que sabían mientras me protegían en las carreras clandestinas de autos que hicimos de España hasta aquí.
—Eso es algo que tengo que verificar —dice muy serio.
—Luego, cuando regresemos, pídele a Luci que te las enseñe.
Las mandé a grabar para que me vieras. Quiero hacerlo contigo.
¿Qué te parece el gran auto que me gané la primera noche que competí?
—pregunto sin dejar de mirarlo—. Me encanta, no sé por qué, hacía que me sintiera cerca de ti.
Es casi igual al que me regalaste, ¿verdad?
No dice nada, se queda mirándome fijo. Abre la boca para hablar, pero no lo dejo, porque sin decir nada veo que Migue tenía razón.
Eran ellos que se aseguraron de darnos los mejores autos que existen, y amo cada día más a este hombre que me cuidó e incluso dejó que siguiera en mi locura, aun cuando lo había dejado.
Detengo el auto, zafo el cinturón de seguridad.
De un salto me siento sobre sus piernas, lo abrazo y beso con ansias locas de comérmelo allí mismo.
—Lili, regresemos al hotel, amor… —lo escucho pedirme mientras me impulsa contra su erección. Me detengo y regreso a mi asiento, porque quiero terminar de enseñarle mi sorpresa.
—Ahora no podemos. Vamos, esta es la mayor sorpresa que te tengo. Luego te complaceré en todo lo que quieras —y enfilo hacia la avioneta.
—¿Qué hacemos aquí, cariño? ¿Y tu miedo a volar? —pregunta con preocupación.
No le respondo, solo me río y corro hacia mis hombres seguida por él. Todos los chicos ya están listos dentro de la avioneta. Miran burlonamente a Alessandro que me observa sorprendido y dudoso.
—¿Lili? —me llama de nuevo.
—Ven, ya verás —tiro de él por la mano—. Aquí inicia mi segunda sorpresa para ti, amor.
No dice nada, sólo observa los semblantes sonrientes de todos. Nos subimos en la avioneta y nos ponemos todos paracaídas. Rufino y Alessandro nos miran asombrados, como si no pudieran creer lo que estamos haciendo.
—¿Saben lanzarse en paracaídas? —les pregunto al verlos con esas caras. Asienten con la cabeza.
—¿Lilian, en serio te sientes bien? —me pregunta Rufo preocupado. Su vena de doctor está activada.
Lo entiendo como doctora que soy. Me vio sufrir con mis ataques de pánico y sabe muy bien que es un trauma que no se supera fácilmente. Sin embargo, yo lo hice después de que Humberto me obligó a saltar con él en paracaídas. No puedo explicarlo, pero así fue.
—Me siento muy bien, obsérvame —salgo corriendo y me lanzo seguida por todos los demás. Ellos son los últimos.
—¡Lili…! —escucho el grito de Ale y lo veo lanzarse detrás de mí en picada. Me alcanza, lo miro y sonrío.
—¡Ahora! —grito y tiro para que se abra el paracaídas ante los ojos abiertos y sorprendidos de Ale, que me sigue.
Juego a ir a su encuentro evitando que se enreden los paracaídas. Él me sigue el juego y viene casi hasta ponerse a mi lado. Al llegar a la tierra, Alessandro viene corriendo y me abraza fuerte. Me carga feliz, sin aún poder creerlo, me llena de besos.
—¡Lili, no lo puedo creer! —me revisa con la mirada lleno de incredulidad—. ¿Cómo lo lograste, cariño?
—No lo sé. Humberto se vio obligado a lanzarse conmigo del avión en Rusia.
Desde ese momento me gustó tanto la sensación de liberación, la adrenalina que es similar a cuando corro en los autos, que se me olvidó el miedo a volar.
Ahora lo disfruto, me encanta la sensación, me hace feliz —explico dejándome abrazar.
—Tenías que haber vivido eso conmigo, cariño —dice con pena—. Estoy celoso y triste de perderme eso. Quiero enseñarte todo yo, Lili. Permite que lo haga, así nos vamos a ir conociendo más y más. Te amo, ¿lo sabes, verdad?