¡Ups! ¡No me equivoqué! 196. JUNTOS EN FAMILIA
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196. JUNTOS EN FAMILIA

LILIAN:

Me mira orgulloso y deseoso. Está loco por meterme mano, sus ojos no pueden separarse de la entrada de mis senos que asoman por mi blusa. La escogí a propósito así, para hacerlo sufrir. No sé por qué, desde que lo conocí, me encanta provocarlo, llevarlo a sus límites de aguante.

Aunque hoy hay algo en su mirada que aún no logro descifrar. También en la de Rufo, es como si se comunicaran entre ellos. He agarrado dos veces a Rufo negando con la cabeza, y a Ale levantando su ceja derecha. ¿Qué se traerán entre manos?

—¿Adónde van? —pregunta Rufo al ver que Migue se pone de pie y le ha hecho señas a algunos de los hombres para que lo sigan. Ellos tienen mi orden de obedecerlo como si fuera yo.

—¿Qué fue eso? —pregunta Alessandro—. ¿Por qué ellos le hacen caso a Migue?

—Porque como tú enseñaste a todos a seguir las órdenes de Rufo, yo lo hice con Migue. Él es mi segundo en todo —aclaro de inmediato.

—Ja, ja, ja —ríen ambos al mismo tiempo—. Humberto y Estefan, ¿qué han estado haciendo con mi esposa?

—Lo que ella nos ordenó, jefe, solo eso —responden ambos levantando las manos y retirándose a prepararlo todo a una señal de mi cabeza.

—Gracias, Ale —lo abrazo feliz. Todavía no me creo que ha venido.

—¿Por qué me agradeces? —pregunta pasando un brazo por mis hombros.

—Por cumplir con lo que me dijiste. Los pusiste a ellos a mi entera disposición y no me traicionaron, ninguno me delató contigo —y es verdad, son leales a mí—. Escogiste excelentes hombres para mi cuidado.

Lo abrazo y beso feliz, sin importarme que estamos en el restaurante a la vista de todos.

Él me recibe, me devuelve el abrazo y el beso.

¡Dios, cómo extrañé a este hombre! Sabía que lo hacía, pero ahora que lo tengo junto a mí es que en realidad entiendo cuánto deseaba verlo.

Y me encanta ver que él también, que lo que me decía en sus mensajes todo es verdad. Lo leo en su mirada.

—No tienes que agradecerme —contesta después de besarme—. Eres lo más preciado que tengo en mi vida y te mereces lo mejor de lo mejor.

—¡Uyyy! ¡Te adoro, te adoro! —vuelvo a llenarlo de besos, que hacen que se ponga colorado, pero no me rechaza.

—Aunque, amor —dice muy serio—, vamos a tener que cambiar algo en eso.

—¿A qué te refieres? —pregunto recelosa.

—Quiero que también me hagan caso a mí —ya sabía yo—. Me sentí muy mal de que no lo hicieran, aunque yo mismo les ordené hacerlo.

—Déjalo así, Alessandro —interviene Rufo—. Lilian tiene que tener su equipo que la cuide y siga ciegamente sin esperar por nadie más. Solamente si está en grave peligro podrán romper eso. ¿Estás de acuerdo, Lilian? Creo que con tus impulsos debemos tomar esa medida.

—Está bien, director —acepto porque sé que tienen razón—. Estoy de acuerdo en que respondan a ustedes, es lo justo. No creo que eso que les hiciste jurar, Ale, fue sabio.

—¿En serio? —se asombra al escucharme.

Asiento con la cabeza mientras les explico que somos una sola familia. Mis hombres de seguridad deben responderles a ellos también, como los suyos me responderán a mí.

—Como le dijiste el día del ataque a la casa al Pelirrojo, que mi palabra era la tuya.

Por eso cámbiales esa orden que les diste.

Yo lo intenté —le cuento para su satisfacción—.

Pero todos me contestaron que tú eres el máximo jefe, y que solo seguían tus órdenes, que hacían lo que les habías hecho jurar, que te son fieles hasta la muerte.

Ambos sueltan una carcajada mirando a sus hombres, satisfechos de lo bien entrenados que están.

—¡Esos condenados sí que son fieles! —suelta con arrogancia—. Está bien, le cambiaremos ese juramento. Porque ahora ellos te siguen a ti por mandato mío, así que tienes que darles a entender que tú aceptaste.

—De acuerdo, lo haremos más tarde cuando estén todos —acepto de inmediato. Siento más confianza así—. Aunque, con tu permiso, Rufo, deben incluir a Migue en eso. Lo traeré siempre conmigo en todo. Él impide que yo haga locuras.

—¿Qué quieres decir con "en todo"? —pregunta receloso enseguida Rufino—. Migue no sabe nada de esta vida, solo corre bien los autos. No me gusta que corra peligros innecesarios.

—¿En serio piensas eso? —le pregunto realmente sorprendida de ver cómo el amor ha transformado al genio científico—. Síganme, ya los autos están listos. Ustedes serán nuestros copilotos.

—Yo solo soy copiloto de Rufo —afirma Alessandro.

—Y yo de Alessandro, no confío en nadie más —dice Rufo.

—¿Ni siquiera en aquel hermoso chico que te hace señas? —le digo señalando a Migue.

Está montado en el Ferrari blanco que ganamos en la primera carrera, con el cabello libre y sin camisa, enseñando el enorme tatuaje que se hizo igual al de Rufo, que lo mira sin poder creerlo.

—Rufo, si yo fuera del otro lado, no dejaba escapar a Migue. Está muy guapo —exclama Alessandro sin dejar de observarlo, que le sonríe encantadoramente a Rufo.

No responde, se pone de pie y camina como si fuera la primera vez que lo ve, con una sonrisa radiante. Sí que el amor cambia a las personas. Llega y como un autómata se sienta a su lado sin dejar de observarlo.

—¿Te gusta, cariño? —pregunta Migue, girando un poco para mostrar el tatuaje en su espalda.

—¿En serio, Migue? ¿Serás mío la vida entera? —pregunta Rufo emocionado.

—¿No quieres? —puedo ver el nerviosismo de mi amigo—. Sé que este tatuaje debiste hacérmelo tú, pero te amo tanto, Rufo, que aunque me dejes, quiero seguir siendo tuyo el resto de mi vida.

—¡Jamás te dejaré, cariño, jamás! Te dije que eres mío, y nunca digo algo que no sienta.

Estás hermoso, me encanta esta sorpresa.

Toma —le alarga un anillo de compromiso en una hermosa cajita—.

Había planeado pedirte que nos casáramos en la noche, con una cena romántica.

Quería que aceptaras ser mío para toda la vida, pero tú ya me dijiste que sí, no tiene sentido esperar.

—¡A no, cariño, si quiero que me lo pidas así, guarda, guarda el anillo! —protesta de inmediato—. Me lo pondrás en esa cena que dices. A mí me encantan esas cosas románticas, no seas malo.

—¿Te gustan las cosas románticas, cariño? ¿Por qué no me lo dijiste? —no puedo dejar de escuchar la conversación de esos dos—. Muero por regalarte a cada rato cosas, no lo he hecho porque pensé que me ibas a tomar por un empalagoso.

—¡Cariño! No te reprimas, haz todas las cosas lindas que les gustan a los enamorados. A mí me encantan —lo vuelve a besar contento.

—¿Entonces hacemos esa cena en la noche? —pregunta Rufo sonriente.

—Sí, no sabes lo feliz que me vas a hacer. Lo importante es que no tienes que estar nervioso, ya sabes que es un sí. Soy tuyo y tú eres mío —le devuelve el anillo mientras lo abraza y besa, al tiempo que le abrocha el cinturón de seguridad—. Ahora, amor, ¿confías en mí?