¡Ups! ¡No me equivoqué! 195. DISFRUTANDO DEL AMOR
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195. DISFRUTANDO DEL AMOR

LILIAN:

Alessandro se detiene sonriente al escucharme. Sé que le divierte mucho cuando le hablo imitando su manera de dirigirse a sus hombres. Pero no me suelta, aparta el cabello de mi rostro respirando agitado.

—Deja que te mire, Lili. No sabes cuánto te he extrañado, vida mía —lo dejo, al tiempo que lo abrazo por la cintura—. Extrañé tanto estas locuras tuyas. Me has cambiado, por favor, amore mío, si algún día vuelvo a fallarte, castígame de otra manera, no me prives de verte. Me estaba muriendo.

—Yo también te extrañé mucho, Ale. No sabía cómo pedirte que vinieras.

Quería castigarte, pero a la vez deseaba tanto que te me aparecieras delante —confieso al ver lo sincero que es conmigo.

Me gusta mucho esta intimidad—. Te digo lo mismo: si algún día vuelvo a hacer esto, no me hagas caso, ven detrás de mí, ¿de acuerdo?

O mejor, impide por todos los medios que me aleje de ti.

—De acuerdo, aunque estemos molestos, no nos separaremos jamás.

Estás preciosa, amor, preciosa y apetecible.

Me encanta ese color bronceado que agarraste —habla al tiempo que besa todo mi rostro, atrapa mis labios, besándome como solo él sabe hacer, transportándome como siempre digo "al cielo". Lo estrecho más a mi cuerpo.

—Gracias por venir, Ale —se separa para mirarme—. En serio, ya no aguantaba más no verte.

—¿Por eso venías regresando? —pregunta queriendo saber—. ¿Por qué no me lo dijiste anoche que te escribí tanto?

Ahí está la tristeza y el reproche en su voz. Hundo mi cabeza en su pecho avergonzada. Sé que debí responderle, pero no lo hice.

—Discúlpame —al fin digo—. Es que me encantan las cosas que me decías, temía que si te respondía dejaras de hacerlo.

—¿Es por eso que no me contestaste todo este tiempo? —sus ojos le brillan al escucharme.

—Sí, esa es la principal razón —contesto con sinceridad—. No porque te castigaba, sino porque me enamorabas.

—¿Te enamoraste, linda? ¿Cuánto? —pregunta volviendo a repartir besitos cortos por mi rostro, por mi cuello—. ¿Me vas a demostrar cuánto te enamoraste de mí? —pregunta zalamero.

—Mucho —río divertida y disfrutando de esta intimidad—. Me enamoraste de todas las maneras, no conocía que pudieras escribir tan lindo.

—Hay muchas cosas que no conoces de mí todavía, linda —ahí está su juego de conquistador de nuevo—. No me has contestado: ¿cómo me vas a demostrar cuán enamorada estás?

No respondo, le devuelvo sus besos y lo acaricio poco a poco, metiendo mis manos por debajo de su camisa.

Sonríe y besa mi cuello, baja despacio hasta mis senos.

Se mueve lentamente provocándome indecibles sensaciones.

Cierro mis ojos dejándome llevar poco a poco por el placer.

Siento su enorme erección palpitante en mi centro, y como sus manos han bajado e intenta quitar mis bragas, me asusto y lo empujo.

—Detente, Ale. No lo haremos ahora —digo con seriedad.

—¿Por qué no, cariño? —insiste sin dejar de acariciarme—. Vamos a terminar lo que empezamos. Te deseo tanto y mírate: te desnudaste para volverme loco, déjate, linda.

—No, tienes que ganártelo —me niego rotundamente—. Te perdoné, pero no te será fácil llevarme a la cama. No lo haremos hasta la boda.

—No empecemos con eso de nuevo, Lili. Ya estuve muchos meses esperando por ti, no estoy de acuerdo.

¡No me hagas hacer cosas que no quiero! —gruñe furioso, amenazante.

Pero no cederé. Aunque sea, tengo que hacer que espere hasta la noche.

Si me lo hace ahora, no voy a poder demostrarle lo que tengo preparado—.

¡Mírame cómo estoy, me duele, cariño! ¡Por favor, vamos a hacerlo ahora!

Habla mostrándome su enorme erección. ¡Madre de todos los santos, lo que me espera!

Cuando me agarre, adiós himen complaciente.

De seguro que no puedo caminar después. Definitivamente no debo dejar que me lo haga ahora o no me podré mover.

Porque ese dragón no me va a dejar salir de la cama en todo el día, de eso estoy segura.

Sobre todo después de haberlo provocado como acabo de hacer.

¡Lilian, ahora te aguantas! ¿Querías despertar a tu hombre?

Lo lograste, así que arréglátelas como puedas.

Pienso, alejándome de él, que me mira con ganas de comerme.

Veo que hace un gran esfuerzo para no saltarme arriba y violarme.

—¿No me dijiste que harías cualquier cosa que te pidiera?

—pregunto con un tono de voz suave, nada que lo provoque, porque si lo hago, no va a aguantar.

Lo veo resoplar y mirarme. Me cubro mi desnudez con la sábana y cambio el tono para uno más suplicante—.

Por favor, quiero que paseemos hoy, cariño.

Compláceme, te extrañé, quiero que veas muchas cosas.

Te estoy pidiendo que, por hoy, me complazcas en eso, Ale.

A menos que yo lo quiera, tú no puedes pedírmelo.

Ese es tu castigo por lo que me hiciste.

Se queda en silencio observándome. Veo cómo suelta todo su aire para tomar despacio otra bocanada. Levanta su mirada, viene, me abraza al tiempo que me dice:

—De acuerdo, haré eso, no te lo pediré yo. ¿Pero si puedo hacer que tú lo desees, verdad? —insiste zalamero.

Me llena de besos y poco a poco hace que caiga en la cama. Me coloca de nuevo debajo de su cuerpo, haciendo que sienta su erección, mientras recorre todo mi cuerpo con sus manos deseoso de mí. ¡Diantres, si sigue no podré resistirme más!

—No seas tramposo, baja que tengo hambre —río tratando de soltarme—. No sigas, ja, ja, ja, no vas a lograr nada con eso, ja, ja, ja. ¡Oh, por Dios, Ale, no me hagas eso que me vuelves loca!

—¿No quieres? —insiste de nuevo.

—Ale…, no sigas —trato de detenerlo.

—¿Seguro?

—Ale…

—¿Me detengo?

—Ale…

Los toques en la puerta hacen que por un momento se detenga.

Logro desprenderme. Que conste, me tomó toda mi fuerza de voluntad salir de debajo de su cuerpo caliente, cuando yo estoy que ardo.

Pero aunque sea, tengo que aguantar un día, volviéndolo loco sin poder hacerme el amor.

Que lo haya perdonado no quiere decir que no me cobre lo que me hizo, por un ratito, porque honestamente, quiero comérmelo.

—Hoy harás todo lo que yo quiera —le digo en el restaurante—. Ese es el primer regalo de reconciliación que quiero.

—Jefe… —trata de advertirle Humberto, pero los mando a callar.

—No hay problemas —contesta sonriente—. Rufo y yo haremos todo lo que ustedes quieran.

—¿Por qué me metes a mí? —protesta Rufo, que mira embelesado a Migue, que está de veras con el color que ha tomado del sol de la playa, muy cambiado—. Yo me he portado bien. ¿Verdad, cariño?

—Sí, es verdad —contesta Migue—, pero te tengo una sorpresa, así que iremos con ellos. ¿De acuerdo, amor?

—¿Una sorpresa? —pregunta Rufo y mira a Ale intrigado, pero él levanta los hombros en señal de que tampoco sabe.

—Sí, sé que te va a gustar muchísimo, amor. Te lo prometo —insiste Miguel.

—Acepta, Rufo, te vas a sorprender de verdad —dice Estefan sonriente.

—¡Ustedes! —digo señalando a Humberto, Estefan y el equipo élite, que se han acostumbrado a sentarse en mesas a mi alrededor—, no tienen permiso para ayudarlos ni advertirles nada. ¡Es una orden!

—¡Sí, jefa! —contestan todos al mismo tiempo.

—¿Viste, Ale? —río divertida y satisfecha.

—Estoy mirando, señora Minetti —contesta divertido—. Primera dama de la mafia italiana, ja, ja, ja. Bravo, bravísimo. Así se hace.