193. AL FIN RECONCILIADOS
LILIAN:
Lo observo fijamente soltando un gran suspiro. Este mafioso a veces me desespera más de lo que quisiera. ¿Por qué iba a mentirle en una cosa tan fácil de comprobar? Él me atrae de nuevo a sus brazos y me besó con delicadeza en todo mi rostro.
—Lo sé, cariño. Pero entiéndeme, Lili, eras novia de Andy por muchos años, hasta estaban comprometidos —lo miro a la espera de la continuación—. A esa altura de una relación, todos han tenido sexo.
—Tienes razón, todo el mundo me lo decía —lo reconozco—. Pero yo le prometí a papá que llegaría virgen a mi boda, y no le permití a Andy nada. Lo hice darme su palabra de que sólo intimaríamos después de casados.
—Yo no sabía nada de eso, amor. No te conocía, no sabía cómo eras —me recuerda con vehemencia—. Y me vas a perdonar, cariño, pero de la forma alocada en que entraste en mi vida, no me daba cabida para creer que fuera de otra manera.
No puedo dejar de reírme con ganas. Es verdad lo que dice. Interrumpir su boda con un zapatazo no fue mi mejor entrada.
—De acuerdo, tienes razón en eso —cedo de nuevo.
—Deja de reír, que no es gracioso. Ese día estuviste a nada de morir —me regaña con seriedad—.
Por eso me asombré cuando me dijiste que eras virgen.
Aun así no te creí, fue grande mi sorpresa cuando lo comprobé la noche que por poco tuvimos sexo en Milán.
Porque de cuando te toqué en el baño borracho, no me acuerdo por la bebida del abuelo.
Me quedo seria recordando esa noche. Amanecí desnuda en sus brazos. Ambos estábamos tan borrachos, y nos bañamos juntos. Lo que me llena de dudas ahora después de lo que me dijo el ginecólogo.
—¿Piensas que lo hicimos ese día, y por mi himen complaciente nos confundimos? ¿Recuerdas cómo amanecimos? —me mira negando con la cabeza.
—Ese día en Milán, después de la fiesta, cuando te revisé, estabas muy apretada, y se notaba que jamás nadie te había introducido nada.
Y créeme, Lili, si yo llego a entrar antes, me hubiera dado cuenta, no soy un novato, sé la diferencia —no puedo dejar de notar lo engreído que es, pero lo dejo—.
Por eso me llené de felicidad al saber que sería el único hombre en tu vida.
Y precisamente ese es el principal motivo por el que me puse así, me desilusioné de eso y sentí que yo mismo me había confundido. ¿Me perdonas?
Lo abrazo de nuevo llena de felicidad al ver que se ha ablandado por completo. Mi mafioso se volvió un gatito dulce y eso me llena de felicidad. Sé que no soy una mujer fácil, así que estamos a mano.
—No me pidas más perdón, Ale. Ya te disculpé y te entendí, aunque no te niego que realmente me sentí muy molesta en ese momento que lo hiciste.
No podía entender por qué —digo sentándome y haciendo que se siente para mirarnos de frente—.
Nunca te mentí, no te di motivos para que desconfiaras de mí.
Anduvimos juntos todo el tiempo, dormía en tus brazos, me revisaste todas las veces que quisiste.
Tu lengua entró varias veces en esa cavidad.
¿Entonces? Yo soy inexperta, pero tú no, Ale.
Tú has estado con muchas mujeres, debías saber la diferencia.
—Es cierto, tienes razón —responde de nuevo—. Pero me cegaron los celos. No me detuve a pensar.
Eso es lo de menos, por eso lo entiendo.
Hasta yo me confundí por el modo en que lo hicimos.
Esperaba mucho dolor por las historias que había escuchado de la primera vez.
En cambio, apenas me molestó, y disfruté como nunca.
Lo que realmente me molestó fue el hecho de que no me hubiera preguntado como habíamos prometido, de que no lo hablara todo conmigo.
—Me molestó mucho tu desconfianza, Ale. Me dolió que me llevaras allí sin decirme nada.
Yo incluso creía que me habías llevado a ponerme un anticonceptivo.
Y aunque eso tampoco lo habíamos discutido, me alegré de que lo hubieras pensado por mí —le cuento ahora más en serio—.
¿Te das cuenta del grado en que confío en ti, Ale?
—Entiendo…
—No, no creo que entiendas, Alessandro. Mi desilusión y furia fueron porque no confiaste en mí, Ale.
Desconfiaste, eso fue lo que más me molestó.
Prometimos confiar ciegamente el uno en el otro para ser fuertes en este mundo de la mafia, que nadie pueda separarnos, y ¿qué fue lo que hiciste a la primera duda?
—lo hago mirarme a los ojos—. No hablarlo conmigo.
¿Entiendes que nos pueden separar muy fácil?
Yo confío en ti ciegamente, pueden decirme lo que quieran.
Aunque te vea con una mujer teniendo sexo, esperaré a que me expliques, porque decidí confiar en ti.
Alessandro al escucharme abre los ojos y guarda silencio con una mirada de incredulidad que no me sorprende. Lo miro con furia, pero respiro y me contengo. Esta conversación es demasiado importante para que nuestro matrimonio funcione.
—Ale, sé que en nuestra vida quizás te veas obligado a hacer eso. No quiero decir que vayas a hacerlo —veo cómo hace una mueca—. Lo digo en serio, no te rías. Si lo haces querré matarte, lo aclaro. ¡No te estoy dando permiso para que lo hagas! ¿Me escuchas?
—Pensé que eso hacías, linda —habla con una sonrisa pícara.
—¡No te atreverás, no es eso lo que quiero decir!
—le grito furiosa, pero al momento me contengo ante su mirada—.
Amor…, estoy convencida de que a veces la vida nos pone en situaciones imposibles.
Quizás te veas obligado a demostrar de qué está hecho el Capo di tutti i capi, el dragón negro, el número uno, ante tus hombres un día, pero…
Al instante se pone serio y me mira con una intensidad que me dice que sabe que tengo razón en lo que le digo y lo acepta.
Por eso continúo diciendo que, no obstante, si eso llegara a pasar, no dejaría que los otros se dieran cuenta de que me afecta.
No desconfiaré de él porque, aunque estuviera molesta y herida, sé que me ama a mí, a nadie más.
—Tú mismo me dijiste que no podíamos dar a entender que éramos la debilidad del otro —le recuerdo con seriedad—.
Aseguraste que debíamos esconder este gran amor que nos tenemos.
Por fin lo entendí y lo acepto. Así que, Ale, piénsalo bien: sólo si confiamos de esa manera en nosotros, esto va a funcionar.
Si crees no poder hacerlo, mejor nos rendimos ahora.
—No, no, vida mía, no digas eso. Jamás volveré a desconfiar de ti, lo juro.
Te doy mi palabra: entre nosotros solo confiaremos en lo que nos digamos, seremos totalmente honestos entre nosotros mismos —se apresura a decir, y eso me llena de felicidad, porque en verdad es como si estuviéramos, al fin, diciendo nuestros votos de amor, poniendo las bases de nuestro matrimonio—.
Tienes razón, esa es la única manera de permanecer juntos en esta vida que nos ha tocado vivir.
Confiaré en ti, vida mía, como tú lo haces en mí.
Me gusta lo que dice, aunque no lo crea del todo. Me ha demostrado que le afecta mucho todo lo que afecta su hombría. No puedo dejar de preguntarme: ¿lo lograremos?