¡Ups! ¡No me equivoqué! 192. ENTRE EL AMOR Y LA FURIA
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192. ENTRE EL AMOR Y LA FURIA

ALESSANDRO:

Observo a Lilian cómo duerme abrazada a mi cuerpo, sonríe a cada rato, me besa y sigue durmiendo. No puedo ver su rostro, lo tiene hundido completamente en mi pecho. Me quedo quieto, respirando profundamente, tratando de alejar todos los pensamientos que hacen que me enfurezca.

¿Cómo se atrevió a desafiarme de esa manera? ¿Quién se cree que es para tratarme así?

Detente Alessandro, detente. No te des cuerda tú solo, que sabemos dónde te lleva eso. Espera que despierte a ver qué pasa, depende de la reacción de ella al verme, actuaré, esa es mi decisión, punto.

Lilian comienza a removerse, me tenso. Levanta su cabeza despacio, sin dejar de recorrer mi torso con sus manos. Abre los ojos, me mira, estoy expectante. Porque juro que si me arma una grande la esposaré, la tiraré en mi hombro y no pararé hasta mi casa como un hombre de las cavernas.

Todavía la mantengo abrazada, por un segundo se queda mirándome, pestañea varias veces como si no creyese lo que ve, esbozo una leve sonrisa. Y…

LILIAN:

Me siento tan bien, que no quiero abrir mis ojos.

Una respiración a mi lado, el olor y el calor inconfundible del cuerpo de mi esposo, hace que los abra.

Levanto mi cabeza despacio y lo veo, mirándome expectante.

Un escalofrío recorre mi columna vertebral, avisándome de un gran peligro.

Lo veo muy profundo en su mirada. Es como una fiera lista a saltar sobre su presa.

Sin embargo, es tan inmensa la alegría que me embarga.

Que me desprendo de su agarre, e ignorando todo lo que mi cuerpo trata de advertirme, le salto arriba cubriéndolo de besos.

No me responde, solo me deja hacer. Sin darle importancia a su reacción, y ser tanta mi alegría al verlo, que se me olvida que había decidido hacerme la molesta, para obligarlo a pedirme perdón, como en esos hermosos mensajes que me manda.

No sé por qué, me gustaría oírlos en su voz.

—¡Llegaste Ale, llegaste, al fin viniste por mí! —grito como una loca sin dejar de llenar su rostro de besos, sin que me responda, pero tampoco se opone.

—Creí que no querías que te buscara —responde sin demostrar ninguna emoción.

—¿Y te lo creíste? —pregunto, rozando sus labios con los míos, aunque me responde muy poco.

Parece que estuviera a la espera de otra cosa, lo puedo leer en su mirada.

He aprendido a conocerlo, sé que su otro yo animal, está muy cerca de salir, está a nada de estallar, por eso le digo mimosa.

Ahora subiéndome completamente encima de su cuerpo, teniendo especial cuidado en que nuestras pelvis coincidan.

—Tontino, quería que lo hicieras en cuanto me fui de tu lado —susurro mimosa en su oído, acariciándolo sin parar, moviendo de a poco mi cintura.

—No lo parece —dice fríamente, ahora sin devolverme las caricias—. Han pasado tres semanas y ni una sola vez contestaste mis mensajes.

Me levanto sobre mis brazos para mirarlo a los ojos.

No me gusta lo que veo, mi odioso Ale, casi está afuera, a punto de castigarme de mala manera.

El Capo di tutti capi, está por explotar.

Y mi interior tiembla asustada, recordando como es, mi mente funciona a mil diciéndome que tengo que someterme a este hombre o lo perderé.

—No sabía cómo decírtelo, quería que lo hicieras tú —susurro bajando mi mirada apenada.

Vuelvo a dejarme caer sobre su cuerpo, para continuar besándolo, acariciándolo y despertando su deseo, sé que, si lo logro, se relajará y podremos hablar más tranquilos. Tengo que ser muy inteligente con este hombre, puedo casi oler su furia y lo entiendo, me pasé con el castigo, no era para tanto.

—Yo esperaba con ansias que me perdonaras y me lo pidieras —cede un poco, ahora rodeando mi cintura con sus manos e impulsando su pelvis a mi encuentro, respiro aliviada—. Perdóname amor, jamás volveré a desconfiar de ti. No volveré a romper mi promesa de hablar todo contigo.

¡No me lo puedo creer, lo dijo! Me ha pedido perdón mientras susurra y comienza a besar mi cuello moviendo acompasadamente su pelvis a mi encuentro.

Todo el amor que tengo por este hombre, al escucharlo pidiéndome perdón, hace que lo abrace y lo devore con pasión. Sé que me lo ha pedido montones de veces, pero vamos, creo que me entienden. No es lo mismo leer un mensaje, que escuchar en su linda voz, que me lo pide.

Observo en su mirada, al amor, ganándole la batalla a la furia. Ha bajado mucho de peso, y tiene grandes ojeras. Me siento culpable de haberlo torturado de esa manera.

—Sussss…, no me pidas más perdón —le pido cerrándole la boca con un beso—, te entiendo por qué desconfiaste. Pero debiste hablar conmigo, yo hubiera ido a ver por qué.

—No debí hacerlo cariño, sin hablar contigo —me alegra tanto escucharlo decir eso que me emociono aún más—. Perdón por eso, hasta pude ser yo el que te robara tu virginidad las veces que creímos hacerlo y no nos acordamos. De veras no sé por qué me puse tan celoso.

Y ahí está mi Ale, del que me enamoré, ese lindo y cariñoso que me escribió tantas cosas hermosas, vuelvo a abrazarlo y a capturar sus labios, siendo esta vez correspondida por él intensamente. ¡Oh dios, cuánto extrañaba sus besos que me llevan al cielo!

—¿En serio linda? —pregunta al separarnos para respirar. Me hace girar para quedar él encima de mí—. No sé qué me entró ese día.

—¿Será acaso porque me quieres solo para ti, por eso te entró la locura? —pregunto melosa atrayéndolo, para que vuelva a besarme, lo hace, para luego mirarme a los ojos y hablar.

—Sí, lo confieso. Me hice la ilusión de que nada más yo te iba a tocar, que únicamente yo sería tu hombre, que nadie más había entrado en ti —habla más calmado, mirándome a los ojos, puedo ver que es sincero, ¡uy…, lo adoro!, lo vuelvo a besar y soy correspondida.

—Discúlpame cariño —continúa al separarnos—, es que me aguanté tanto por esperar por ti, que cuando no vi sangre en tu ropa, recordé que había entrado bien, y tú te movías como si no te doliera, me sentí fatal Lili. Perdóname, en realidad no me importa si eres virgen o no.

—No te creo —hago pucheros—. Mira todo el alboroto que hiciste por eso.

—Lo digo en serio —trato de parecer firme—. Fue una sorpresa para mí muy grande y hasta no te creía que lo eras cuando me lo dijiste.

—¿No me creíste? ¿Por qué? —Salgo de abajo de él enseguida—. A ti nunca te he mentido, Ale. ¿Acaso no confías en mí Alessandro?