¡Ups! ¡No me equivoqué! 187. CONVERSACIÓN CON EL ABUELO
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187. CONVERSACIÓN CON EL ABUELO

ALESSANDRO:

He revisado, junto a Rufo y el abuelo, las cosas de mis padres sin encontrar nada.

Luci escaneó el cuarto con ese pequeño robot, y no encontramos ningún lugar escondido.

Por lo que estamos sin saber qué hacer. Donato, aún no recobra la conciencia.

En la habitación de la cripta solo hay pantallas de cámaras de vigilancia, y Luci dice que la mayoría están obsoletas y no funcionan.

Hemos verificado muchos de esos laberintos, sin encontrar nada.

El lago que señala el mapa, con salida al mar, no lo hemos encontrado.

Rufo se la pasa estudiando todo lo que dejó Kenet, escrito en sus diarios.

Por él sabemos mucho ahora, casi toda la historia de la organización.

Abuelo está desesperado, hizo a Luci que pasara el robot por toda la casa en busca de algún sitio oculto que no supiéramos, sin resultado.

El Pelirrojo no quiso quedarse ingresado, solo aguantó un día, al otro salió, no para de comer y se ha recuperado de lo mejor, se ha incorporado al trabajo junto a Acher, que perdoné, porque Luci no quiere prescindir de él.

Las mujeres que encontramos estaban desaparecidas.

Nuestros amigos en la policía nos ayudaron a resolver el caso.

Ya sabemos quiénes de los dragones eran los que participaban en eso.

Resulta que llevaban a diferentes personajes importantes, les hacían videos para chantajearlos cuando realizaban las más atroces cosas a las víctimas.

Y que conste, no es que sea un santo, me encanta el sexo duro, todos esos aparatos los conozco y sé emplearlos muy bien.

Soy un dominante por naturaleza y lo practicaba en el sexo, excepto con Lili.

Aunque, creo que después que se le pase la rabieta esta, la dominaré por completo, para que no vuelva a hacerme esto.

Si he soportado hasta ahora, es porque en verdad me gusta el Alessandro que vuelvo a ser junto a ella, me recuerda mi juventud, y me hace realmente feliz.

Aunque fue mi culpa lo que pasó, esto que me está haciendo me está llevando a mis límites y no sé hasta cuándo mi paciencia aguante.

No puedo dejar que siga haciendo esto, ¡no señor!

En cuanto nos reunamos, y se solucione todo entre nosotros, le dejaré saber bien claro quién es el que manda.

Ni una más le soportaré, sin importarme quién tenga la culpa o no, es mi mujer, mi esposa.

Tiene que obedecerme, y lo hará por las buenas o las malas.

—Ale, ¿en qué piensas? —pregunta mi abuelo, entrando en el despacho, está envejecido desde que supimos lo de mis padres, y me está empezando a preocupar.

—En Lili —respondí pensativo.

—No puedes permitir que haga esto más, hijo —volvió a decir el abuelo.

Asentí, sabía que era verdad. Estaba pensando en eso ahora mismo. Miré a mi abuelo, se veía cansado. Me había empezado a preocupar.

—Tienes que descansar, ya verás que los encontraré, te lo prometo, no descansaré mi vida entera hasta dar con mis padres —insistí apretando su mano—. Los traeré de regreso, descansarán en la tumba de la familia.

—¿Crees que no existe la pequeña posibilidad de que estén vivos? —Su voz se rompió al preguntar.

—Honestamente no —contesté con sinceridad.

—Quizás se escondieron en ese gran laberinto. Tus padres pasaron muchos entrenamientos de supervivencia —hablaba esperanzado, con un deje de tristeza.

Lo miré con tristeza, desde la desaparición de mis padres no ha descansado ni perdido la esperanza de encontrarlos con vida.

No niego que también me gustaría verlos vivos, hablar con ellos, conocerlos.

Porque no tengo recuerdos de ellos. Pero sería terrible si hubieran estado todos estos años encerrados debajo de Roma.

—¿Cuántos años tendrían ahora, abuelo? —pregunté con curiosidad.

—Tú tienes treinta y tres, ellos se casaron a los veinte años y te tuvieron a los cinco años de su matrimonio —comenzó a sacar cuentas—. Recuerdo que estaban muy asustados, porque habían creado la organización de los dragones.

—¿No me querían? —Eso explicaría muchas cosas, pero no dije nada.

—Sí, sí, te adoraban —se apresuró a aclarar—.

Pero tenían miedo de dejarte solo como pasó.

Alessandrito me hizo prometerle que te cuidaría como a él.

Entonces ambos ahora tienen cincuenta y ocho años, son de la misma edad, con unos meses de diferencia.

Por eso tengo la esperanza de que sobrevivieron, son jóvenes y bien preparados.

—Ojalá, abuelo —contesto con reticencia—. Sin embargo, eso precisamente me asegura que están muertos. Porque, como dices, estaban muy bien preparados, hubieran hecho de todo por regresar a mí.

Se queda en silencio mirándome con los ojos enrojecidos. Lo abrazo con fuerza mientras le pido que se cuide. Es la única familia que tengo y no quiero perderlo, no aún.

—Los traeré de regreso si están allá abajo. Es mi misión ahora, suéltala tú, deja que yo me encargue —me pongo de pie, para estrecharlo entre mis brazos.

Sé que en estos momentos se ha encogido como si su alma se le estuviera muriendo. Y por primera vez en mi vida, escucho a mi abuelo llorar en mis brazos. Lo estrecho aún más fuerte, se ha roto. Ha llegado al límite.

—Ya, ya, abuelo, no te pongas así. Te di mi palabra, y sabes que yo siempre la cumplo. Vamos, ven, siéntate aquí —hago que se siente y le alcanzo un trago, lo bebe sin protestar—. ¿Querías decirme algo?

—Ale —toma el vaso de agua—. Creo que tengo una idea de dónde pueden estar las cosas de tus padres. Ellos tenían unos amigos que estudiaron juntos, y no estoy seguro, pero creo que estaban metidos en esto con ellos. En la organización de los dragones, me refiero.

—¿Quiénes son? —Lo miro lleno de curiosidad.

Me cuenta que murieron y que lo había olvidado. Acababa de encontrar en las cosas que guardaba en su cuarto. Levanta las manos y me entrega un sobre.

—Mira los nombres y quiénes son —continúa hablando—. Nunca pensé que fueran ellos, jamás hablaron de un hijo. A lo mejor me equivoco, porque los nombres no coinciden, aunque ese signo es de los dragones. No perdemos nada por averiguar si eran ellos. ¿No lo crees?

Leo toda la información que contiene el sobre, me sorprendo ante lo que leo. Estoy de acuerdo con él, pero primero debemos averiguar cada una de estas informaciones antes de decir nada, ambos lo sabemos.

—No obstante, lo averiguaré hoy mismo —aseguro de inmediato—. Cualquier indicio de dónde ellos escondieron las demás llaves, las estudiaremos. Y ahora vamos a comer, y por favor descansa, abuelo.

Salgo con él abrazado, parece más débil. Toda la vitalidad que tenía después de la operación se ha ido, su mirada recorre toda la casa, y me parte el alma ver cómo de nuevo sus ojos se cristalizan.

—¿Alessandro, qué tienes? —Escucho la voz de mi suegra. Me giro con mi abuelo, y veo que no es a mí a quien pregunta, es a mi abuelo. Él la mira y trata de recomponerse—. No disimules y dime qué tienes.