¡Ups! ¡No me equivoqué! 186. TOMA DE UNA DECISIÓN
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186. TOMA DE UNA DECISIÓN

DAMIÁN:

Me quedo observando en silencio cómo se aleja, limpiándose las lágrimas, hasta que la veo correr con todas sus fuerzas, alejándose más y más sin que yo pueda seguirla.

Un carro de golf se detiene a mi lado. Levanto la mirada y veo al abuelo Minetti, que había llegado hace rato y se quedó escuchando la conversación entre nosotros.

—No dejes que eso te detenga, muchacho —me dice mirando por donde se había alejado Luci—. Si es verdad eso que dijiste, Damián, que quieres a Lucila de veras, ve por ella; pero si no es para toda la vida, déjala tranquila.

—Le juro que es verdad todo lo que dije, abuelo —aseguro con vehemencia—. Y la quiero para siempre. La quiero hacer mi esposa, no solo de papeles.

—Entonces deja que te ayude, ven, móntate —dice en lo que se baja del carrito de golf y me ayuda a mí a montar—.

¿Ves aquel sendero por donde se fue? Siempre va a parar a una fuente llena de rosas.

Ve, allá la vas a encontrar y hazla feliz, Damián.

No te voy a perdonar nunca si la haces sufrir.

Ella es la nieta que siempre quise tener, y ahora mataré por ella sin un segundo pensamiento.

¿Capisci? Toma, ese era el anillo de mi esposa; proponle matrimonio como todo un caballero.

¿Seguro que la amas de veras? ¿No continúas confundido?

—No estoy confundido, abuelo —afirmo con vehemencia—. Amo a Luci con todo mi corazón. Y se lo prometo, se lo prometo, no lo defraudaré; haré feliz a Luci. Y gracias, muchas gracias.

Echo a andar el pequeño auto y sigo el sendero por donde vi desaparecer a Luci.

A lo lejos, la veo sentada, abrazada de sus rodillas, llorando en el borde de una fuente que deja caer hermosamente el agua, rodeada de rosas rojas.

Detengo el auto a su lado y me bajo con tremenda dificultad.

Avanzo hasta sentarme detrás de ella. Salta asustada al sentir mis brazos rodeándola.

—Soy yo, amor, soy yo —me apresuro a aclarar—. ¿Creíste que no iba a venir detrás de ti después de que me dijiste que sí?

—¿Cuándo escuchaste eso? —Trata de alejarse pero no la dejo—. ¡Te dije bien claro que no!

—Ese "no" es un "sí" para mí. Dijiste claro que me amas, eso es un "sí", Luci, me amas —insistí con vehemencia—. Porque es lo que realmente quieres decir, dilo amor, dime que sí.

—Por favor, Damián, no me hagas esto —balbucea con un suspiro.

—Dilo, quiero escuchar que me aceptas, amor, vamos —y la giro para atrapar su rostro con mis manos y comienzo a besar sus ojos llenos de lágrimas, su rostro, sus labios sollozantes—. Dilo amor, que serás para siempre mía.

—Por favor, por favor, no lo hagas… —ruega Luci en un susurro, pero sin alejarse de mis caricias ni de mis besos, que sigo insistiendo mientras la beso con pasión, como nunca antes lo había hecho.

—Di que sí, necesito escuchar ese "sí", Luci —exijo de nuevo.

—No puedo hacerte eso. ¿Qué haces? —cuestiona al verme que la suelto.

—¿Quieres casarte conmigo, Luci? ¿Quieres ser mi esposa, el amor de mi vida, por todo lo que vayamos a vivir?

—pregunto con una rodilla en el piso, y el anillo extendido delante de Luci, que me mira sorprendida, derramando lágrimas—.

Mírame, Luci, soy un hombre que tiene como único propósito llenarte de alegría, aunque yo esté triste; llenarte de amor, aunque a mí me falte; hacerte reír y subirte el ánimo cuando lo necesites, aunque el mío esté por el piso; darte toda la esperanza del mundo, aunque yo a veces la pierdo.

Pero sobre todo, Luci, quiero darte mi amor, porque tú lo has despertado en mí.

Te amo, Luci, te amo a ti. Por favor, sé mi esposa —pregunto ansioso, alargando el hermoso anillo.

—¡Damián! ¿Por qué me haces esto? —Aunque pregunta, sé que casi la he convencido—. ¿No te das cuenta de lo que te haces?

Ni en sus más alocadas fantasías imaginó una declaración de amor como esa que le hice. Pero puedo ver que tiene miedo. Un gran miedo que no la deja hablar. Quiere decirme que sí; lo tiene ahí, en la punta de la lengua, pujando por salir, pero el miedo la retiene.

—No me has respondido, ¿quieres hacer a este pobre hombre, medio inválido, el más feliz de todos en el mundo? —insisto, comenzando a temer que ella siga negándose.

—¿Estás seguro de esto, Damián? ¿No te vas a arrepentir? —pregunta en un susurro esperanzado, lleno de miedo.

—Lo estoy —contesto firmemente, con un destello de esperanza ante su pregunta, por ello me apresuro a preguntarle—.

¿Y tú? ¿Te vas a arrepentir de luchar con un hombre como yo?

Que es caprichoso, que no quiere que trabajes, que no le gusta que te rías con otros, que es celoso hasta la muerte, y muchos defectos más que aún no descubres.

—Tengo miedo —murmura ella, bajando la mirada mientras se estruja las manos nerviosamente.

—No tengas miedo, vida mía —estoy muy feliz—. Nos amamos y superaremos todo juntos.

—Damián, yo…

—Luci, me duele mi rodilla, ¿es un "sí"? —digo al tiempo que hago una enorme expresión de dolor.

Ella corre a ayudarme a ponerme de pie, al tiempo que se echa a reír de la cara que he puesto de lástima. Se ríe al ver lo mal actor que soy y eso me llena de felicidad.

—Claro que sí; quiero ser todo eso que me pediste, tonto. Ven, deja que te ayude a ponerte de pie —me inclino para ayudarlo, pero él me toma la mano.

—Deja que te ponga el anillo; te queda un poco grande, pero lo arreglaremos. Ahora sí, ayúdame, no sé cuándo me voy a poder mover bien —mi cuerpo se siente extenuado—. Antes, ven, quiero besarte, amor.

—Espera —me detiene para poner condiciones—. No quiero que le digamos a nadie que somos pareja todavía; seremos novios a escondidas. Si no resulta, entonces nos separaremos como dos buenos amigos. Esa es mi condición de este "sí". ¿Aceptas?

—Yo acepto todo lo que quieras, pero ahora deja que te bese y ayúdame a sentarme o me voy a caer —le pido con una sonrisa.

Luci me ayuda a sentarme en el asiento del carrito de golf, me abraza y me besa feliz, muy fuerte. Tanto le aterra la idea de esta felicidad que vuelve a preguntarme.

—¿Estás seguro, Damián? —en un susurro temeroso.

—Más que seguro, vida mía, no temas —la abrazo muy fuerte—. Ya verás, va a funcionar. Mientras estemos juntos, todo estará bien. Te haré feliz, Luci; no tengas miedo de serlo, no dejes que esa enfermedad te robe lo que es vivir la vida.

—No sé si esto que te hago es correcto, pero yo también te quiero, Damián.

Te amo mucho —al fin lo dice con confianza—.

Prométeme algo. Si algún día, cuando te pongas bien, cuando vuelvas a ser el Damián que siempre fuiste y las hermosas mujeres anden detrás de ti, y encuentres a una que te haga feliz, me lo dirás. Yo te dejaré ir, ¿lo prometes?

—Lo prometo, pero eso no va a pasar porque yo también te quiero, Luci. Te quiero mucho —prometo con toda mi alma—. Seremos un matrimonio como debe ser. Tendremos hijos, ya verás. Te pondrás bien y seremos muy felices. Confía en mí.

—¿Crees que me pondré bien y podremos hacer todo eso que dices? —La estrecho más fuerte al sentir su miedo.