¡Ups! ¡No me equivoqué! 185. INTENTANDO CONVENCERLA
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185. INTENTANDO CONVENCERLA

LUCILA:

Hablo con la voz rajada, al punto de echarme a llorar, porque quiero aceptarme, quiero ahora mismo abrazarlo y no soltarlo, ser egoísta por una vez en mi vida. Las lágrimas ruedan por mis mejillas, giro la cabeza para que no me vea, mientras sigo hablando.

—No quiero hacerte sufrir más de lo que has hecho en tu vida, primero con la muerte de tu gran amor Celia, luego con Elsie y tu hijo, también con tu papá —me limpio el rostro a manotazos poniéndome de pie—.

Por eso vamos a ser buenos amigos toda la vida.

Además, tu vida está en Francia, todo lo tuyo está allá.

He dicho todo lo que creo que son razones de peso, más que suficientes para que no insista más. Sin embargo, no se rinde, por lo visto ha decidido romper todas las barreras que trato de levantar, y me asombro cuando lo escucho decirme.

—Puedo venderlo o trasladarlo todo para aquí, Luci, eso no es excusa.

No tengo a nadie allá, puedo venir a vivir aquí.

Le pediré a Minetti que me deje vivir con él para que no te separes de ellas, trabajaré para él si es necesario —y al parecer lo dice de corazón—.

Trasladaré todo para Italia, no necesito regresar a Francia, allá no me queda nada, solo tristeza y soledad.

Acéptame, Luci, acéptame como tu hombre, por favor. Si lo haces, nunca me iré de aquí.

—Damián, ¿te escuchas? —pregunto en un hilo de voz—. ¿Cómo puedes renunciar a tu vida por mí?

Me giro para observarlo, luego de haber limpiado mis lágrimas.

No lo puedo creer; realmente Damián me ha sorprendido, y aunque no tengo ninguna experiencia en las relaciones, sé que esta es una conversación decisiva.

¿Podré aceptarlo? Pienso por un momento, no, no, eso sería ser demasiado egoísta, me digo a mí misma, aunque le presto atención a lo que me dice con tanta firmeza que casi creo que a lo mejor puede ser posible. ¿Quién sabe?

—Luci, toda mi vida he estado tan solo. Primero, murió mi mamá —comienza a hablar, decidido a poner toda su vida sobre la mesa.

Tal parece que de esta conversación depende su existencia y quiere convencerme; algo muy dentro le dice que soy la mujer que ha estado esperando toda su vida—.

Me criaron mi nana e Ignacio, mi guardaespaldas, porque papá únicamente trabajaba; lo veía muy poco.

Creo que por eso me enamoré y amé con delirio a Celia.

Iba a su casa mucho y me quedaba temporadas allá, crecí con ella, que me trataba con adoración.

Y no te niego, la amé más que a mí mismo.

Y ahora he comprendido por qué: era a la única persona que tenía para amar y que me amaba de vuelta; lo descubrí después de perderla por tonto, cometí el peor de mis errores, no la pude recuperar.

Suelta un suspiro mirando ahora lánguidamente el horizonte, más allá del lago. No lo interrumpo, por lo visto hoy quiere soltar lo que ha tenido guardado en su pecho.

—Estoy cansado, realmente cansado de vivir solo, de no tener a nadie en mi vida que me ame —dice con un suspiro—.

Estos meses aquí con ustedes me han hecho ver todo lo que no he tenido nunca.

Pero sobre todo tú, Luci, me has hecho amarte tanto que no pensé que volvería a hacerlo después de Celia, sin ni siquiera proponérmelo.

Te amo, Luci. Por favor, no me alejes de ti; quiero tenerlo todo contigo.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, apenas dándome cuenta. Miro la expresión de cansancio y tristeza de él, y quiero ir a abrazarlo, a decirle que no está solo; sin embargo, me aguanto.

—¿Lo preguntas? —sonríe tristemente, y a la vez sus ojos comienzan a brillar—.

Tengo una madre; la señora Libia me trata como a su verdadero hijo.

Siempre atenta, me abraza y me besa sin miedo.

Me dice que me ama y trata de complacerme en todo.

Lili viene y es la hermana que siempre quise tener, me hace reír con sus locuras; es inteligente como tú, pero más impulsiva.

Me hace feliz, entiendo por qué quise robarla de Minetti —dice moviendo la cabeza negativamente, como si se reprochara haber hecho eso, para luego mirarme fijamente—.

Pero sobre todo, tengo a la esposa que añoré encontrar; comprensiva, adorable, que no le importa quién soy, ni quiere nada de mí.

Luci, nada más te desvives por complacerme y hacer que me sienta bien.

Me hace feliz sentirme importante para ti; me amas por quien soy, no por lo que tengo y que me necesitas tanto como yo a ti.

En serio, Luci, te amo, te amo profundamente; no como amiga, no como hermana; te quiero como mujer.

—Damián…

—Es verdad, Luci, no puedo seguir escondiéndolo.

Me excito cada vez que te pegas a mí en la cama; quiero hacerte el amor, quiero consumar nuestro matrimonio, que seas de verdad mi esposa —me confiesa mientras me sonrojo—.

Por favor, Luci, piénsalo; a mí no me importa que tengas esa enfermedad.

Tampoco si te queda un día o una eternidad; quiero pasarme el resto de la vida a tu lado.

—Pero Damián, yo… yo… —no me sale ninguna palabra. Ya no puedo negarme.

Damián me toma las manos antes de tener tiempo de retirarlas y no me las suelta. Tampoco tiro de ellas con fuerza. Quiero tanto decir que sí, dejar que me ame, pero sería demasiado egoísta.

—Luci, no pienses en el mañana, piensa en el hoy.

¿No te das cuenta de que ninguno de nosotros sabe realmente cuánto va a vivir?

—dice, deslizándose de la silla y sentándose a mi lado, tomándome las manos—.

Piensa en los días que tenemos ahora, mírate.

Ese tratamiento que te puso Rufo funcionó, apenas tienes marcas.

Es verdad, no puedo negarlo. Pero desde que tengo uso de razón, siempre que inicio un nuevo tratamiento mejor, pero cuando creo que voy a poder llevar una vida normal, todo vuelve a iniciar y sé que cuando esa enfermedad llegue a mi cerebro será el fin.

—No creas que no me fijo en ti; sí lo hago.

Y mírame a mí, soy un inválido, no sé si volveré a caminar bien otra vez.

De los dos, yo estoy en mayor desventaja.

Vamos, Luci, di que sí, que serás de verdad mi esposa —insiste con vehemencia Damián sin soltar mis manos—.

¿Por qué tenemos que desperdiciar el tiempo que tenemos ahora, suponiendo en lo que quizás pase en el mañana?

¿Y si no pasa? ¿Y si te curas? ¿O si yo no vuelvo a ser quien era?

O puede ser que no tengamos ese mañana tan lejano como creemos.

Si solo nos quedan estos días, ¿por qué no ser felices juntos, Luci? Por favor, sé mi esposa, dime que sí.

No lo miro, tengo mi vista fija en el lago. Las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas incontrolablemente. Quiero tanto aceptar. Me giro hacia Damián.

—¿Crees en verdad que no quiero decirte que sí?

—pregunto llena de rabia y desesperación—.

¡Muero por ser tu esposa! ¡Por que me ames, que me hagas tuya!

¡Eres mi primer y único amor, Damián! ¿Lo sabes, verdad?

Y siempre lo serás; te amaré por el resto de mi vida.

Pero no puedo ser egoísta, no puedo condenarte a esta vida mía.

¿Sabes lo que me cuesta no besarte a cada rato?

—¿Por qué no lo haces? —Sonríe al ver que le he confesado mi amor—. Yo también lo deseo con toda mi alma.

—¡No puedo, Damián; no puedo hacerte eso que me pides! Te amo demasiado para condenarte a la vida que llevo. Lo siento, lo siento mucho —al terminar, me marcho llorando hacia los campos de golf. ¿Por qué no puedo aceptarlo?