184. ERES LA MUJER QUE AMO
DAMIÁN:
Espero con paciencia que ella procese todo lo que le he dicho.
Mi corazón salta tan rápido que tengo que llevar la mano a mi pecho para calmarme.
Cuando por fin levanta los ojos hacia mí, no los desvío.
Me quedo ahí, quieto, sosteniéndole la mirada como si fuera lo único importante que he hecho en mi vida.
Tengo que romper las barreras que nos separan.
—Sí, te vi. Vi a una hermosa chica que me miraba con amor, que me pedía que despertara y viviera por ella, que me llenaba de amor en las noches.
Eso fue lo que vi, una mujer que, a pesar de ser un hombre inválido, se desvivía por hacerme compañía, para que no me sintiera solo y abandonado —.
Ella aprieta los labios que le tiemblan—.
Vi a la chica que, a pesar de estar medio loco, permanecía a mi lado soportándome.
Eso fue lo que vi, Luci, la gran mujer que eres.
Y si te refieres a los granos que tenías, no me importan en absoluto, porque yo no miro tu exterior.
Miro lo bella que es tu alma. Y es verdad, me paseaba con todas esas modelos insípidas, que lo único que querían era mi dinero, porque andaba perdido en un mundo oscuro, y tú me sacaste de ese mundo, Luci.
Tú, no Elsie, mi difunta esposa, tú Luci.
En cuanto a la enfermedad que te aqueja, precisamente hoy me informaron que entró en la etapa final la vacuna, te curaré, lo haré.
Y aunque sigas enferma, no quiero separarme de ti, Luci, no quiero estar lejos de ti.
No responde de inmediato. Mira al lago otra vez, y yo entiendo que hay una historia detrás de ese silencio, que todavía no me ha contado y que la ha convencido de que el amor tiene fecha de vencimiento.
Alguien le enseñó eso y ella se lo grabó tan adentro que ahora lo carga como si fuera una verdad universal.
—Damián, sé que puedes estar aún confundido por lo que sientes por tu difunta esposa, que de alguna manera la relacionas conmigo —dice en voz baja—. Pero no soy ella, no lo soy.
—Sé que no eres ella; tú eres brillante, decidida, inteligente, madura.
No tienes miedo de enfrentarte, de arriesgarte.
Ella era todo lo contrario. No te confundo, Luci, eres todo lo que siempre quise en una mujer, no estoy confundido, no lo estoy.
Antes, cuando me desperté, no voy a negar que te confundí con ella, pero ahora no.
Tú eres una mujer completamente distinta a mi difunta esposa —recalco lo de difunta esposa, porque quiero que comprendas que eso es lo que es, una muerta, que no es una rival—.
Disfruto verte, amor, eres la viva imagen de la felicidad.
¿Cómo lo haces? No lo sé, o quizás sí, todo el mundo te ama a tu alrededor y tú lo mereces —sigo hablando ahora apasionadamente, observando cómo a Luci de a poco se le iluminan los ojos, por eso continúo—.
Me encanta observarte mientras duermes, me gusta ver cómo te apasionas con el trabajo, con aprender algo nuevo.
No te quedas con una duda, lo investigas hasta dar con la solución, eres apasionada con todo lo que haces.
Adoro tus besos, tu boca me sabe a miel, nunca en mi vida había sentido lo que siento contigo, Luci, ni siquiera con Celia.
No te miento, lo que siento por ti es diferente a todo lo que he sentido jamás; no me estoy engañando, te amo, Luci, te amo.
—¡No me digas eso, Damián, no es cierto!
—salta ella, abriendo de pronto los ojos muy grandes ante mi confesión, como si le asustara la verdad, o quizás es miedo lo que veo reflejado en sus ojos—.
Yo…, yo sé que puedes haber creado, como yo, una dependencia o costumbre por pasarnos todos estos meses juntos —habla nerviosamente, sin querer aceptar lo que le digo, tratando de encontrar una explicación plausible para mis palabras, le da miedo que sea verdad—.
Hasta dormimos en la misma cama, ahora nos besamos y acariciamos.
Sin embargo, estoy consciente de que no es real, que lo haces porque me crees tu esposa.
—¡No, Luci! No te confundo con mi difunta esposa; te beso, abrazo y acaricio porque me gustas, me he enamorado de ti —insisto, viendo que me va a ser muy difícil convencerla de que es a ella a quien amo—.
Luci, con Elsie apenas intimé, lo he hecho más contigo.
Salió embarazada una noche que llegué borracho y la hice mía.
Sí, me gustaba, quería protegerla; hasta me había decidido a intentar amarla y llevar una vida de casados con ella, ¿escuchaste lo que te dije?
Iba a intentar amarla, Luci, a ti te amo.
Se hace un silencio, en el que solo se escuchan nuestras respiraciones agitadas; el murmullo que provoca el aire al mover las hojas del flamboyán y el sonido del agua al chocar en forma de olas en la orilla.
Luci me mira atentamente, como si quisiera leer mi mente, sacude levemente la cabeza para luego soltar todo el aire y volver a tomarlo, para comenzar a hablar lo más calmadamente que puede.
—Damián, ahora mismo acabas de pasar por una terrible experiencia, y sientes que soy tu refugio, por haber estado ahí para ti —dice, sosteniendo su limpia y atribulada mirada en la mía.
Quiere convencerme de que aún permanezco confundido, aunque no sé en realidad si quiere hacer eso—.
No lo soy, Damián, no lo soy —y sin poder remediarlo, se le escapa un pequeño sollozo que trata de disimular—.
Soy…, soy…, soy nada más, la chica enferma, solitaria y aburrida, que se esconde dentro de su casa, detrás de su mamá y hermana —suelta rápido, desviando su mirada, tratando de esconder las lágrimas que pujan por salir de sus ojos.
No pasan desapercibidas para mí, que me lleno de esperanzas al verla así—.
Soy la chica que estuvo ahí para ti, cuando no tenías a nadie, es eso, no te engañes.
Tú no me conoces, no tienes idea de quién soy en realidad.
—Eres Elsie Lemert, que creció llamándose Lucila.
Tienes veintiún años, eres inteligente, alegre, entusiasta, y no te rindes por nada ni por nadie.
Adoras a tu hermana como ella a ti, y te desvives por ayudar a tu mamá, que aunque no te tuvo en su vientre, te ama de igual manera —digo con orgullo—. ¿Ves? No te confundo.
Ella no dice nada, puedo ver que hace un gran esfuerzo para no llorar. Hasta tiene el instinto de salir escapando de mí. Pero no se lo permito. Sigo hablando.
—Eres Luci, mi esposa, la mujer que me gusta, que se enamoró de mí cuando estaba tirado en aquella cama, y aún en esta silla de ruedas, sin esperar absolutamente nada de este amor.
La mujer que admiro por su valentía, su constancia, por su inteligencia, su fuerza para enfrentar la vida, por cómo luchas cada día por dar lo mejor de ti y no te rindes ante esa enfermedad ni ante nada —seguí enumerando todas las cosas buenas de ella—.
Esa es quien eres, Luci: energética, inteligente, fabulosa, honesta, positiva, suficiente, amorosa, cuidadosa y gentil.
Y puedo seguir enumerando las cualidades que tienes, pero no me alcanzaría el día.
—¡Pero yo nunca voy a vivir separada de mamá ni de Lili, no quiero hacerlo!
—exclama Luci desesperada ante la avalancha de cosas que le digo, sin saber qué otra excusa poner para rechazarme; siente que se le acaban—.
Como tampoco quiero hacerme la ilusión de que puedo llevar una vida normal, porque sé que no podré, Damián, no podré…