183. LA CONFESIÓN DE DAMIÁN
DAMIÁN:
Ella se queda mirando el agua del lago que refleja las últimas luces del atardecer. ¿Será que sabe lo que quiero decirle? ¿Habrá notado cómo la miro, cómo tiemblo cada vez que la toco? Me paso la mano por el cabello, nervioso, tratando de encontrar las palabras correctas.
—Pues no me gustan las frutas ácidas, prefiero las dulces —responde ella, un poco aliviada, al parecer de que hable de eso.
—A mí tampoco me gustan —digo enseguida—. Tampoco me gusta comerlas hechas dulces, prefiero las naturales.
—Igual que yo. ¿Qué sabor de helado te gusta más? Espera, vamos a decirlo al mismo tiempo, uno, dos, ¡fresa! —decimos los dos y nos echamos a reír, luego nos quedamos en silencio un largo rato, tirando piedrecitas al lago.
—¿Quieres irte, verdad? ¿Regresar a tu casa? —al fin rompe el silencio Luci, y no se me escapa el pequeño temblor en su voz—. Te voy a extrañar mucho, en serio.
La miro emocionado al escuchar lo que confiesa. Luci sigue sin dejar de mirar obstinadamente al lago, como si rehuyera mi mirada. El flamboyán nos cubre con sus flores rojas, creando una especie de techo natural sobre nosotros. Es perfecto, romántico, como si el universo conspirara a mi favor.
—Yo también te voy a extrañar, tanto que no me he ido, por eso —contesto valientemente, decidido a decirle todo, a pedirle lo que llevo días tratando de hacer—.
Sé que no me vas a creer Luci, pero me gustas mucho como mujer, y te quiero.
No te vayas, por favor —le pido al ver cómo hace ademán de ponerse de pie y salir corriendo como siempre—.
Deja que te hable Luci, si después de que lo haga, deseas marcharte, no diré nada.
Por favor Luci, escúchame —ella vuelve a sentarse soltando un suspiro—.
Me encantas como mujer, no quiero separarme nunca de ti.
Me gustas mucho, y antes que lo digas, me gustas tú Luci, no mi difunta esposa —quiero dejarle claro eso, que no la confundo, que es ella la mujer que amo.
Ella se queda en silencio, mirándome con esos ojos que me vuelven loco.
El viento sopla suavemente, trayendo el aroma dulce de las flores del flamboyán mezclado con la humedad del lago.
A lo lejos, puedo escuchar las voces de los hombres de Alessandro haciendo su ronda de seguridad, recordándome que estamos en el corazón de la mafia italiana, donde el peligro siempre acecha. Al fin ella se decide a hablar.
—¿Cómo te voy a gustar así, toda desfigurada? —pregunta, todavía sin mirarme. Luego lo hace, me enfrenta con una mirada muy triste—. Pero te agradezco que lo hayas dicho, al menos una vez en mi vida, tendré el recuerdo de escuchar a un chico guapo decir que le gusto como mujer.
Sonríe tristemente, mirándome a los ojos con amor, me parece. Sé que una chica como ella, con esa enfermedad que tiene, sé que no cree nada de lo que le digo. Su inseguridad es muy grande, por eso continúo.
—Eres bella Luci, y mucho —le digo vehementemente, con la mirada fija en la de ella, que abre los ojos ante eso.
Va a girar la cabeza, pero no la dejo; le tomo la barbilla para que me mire directamente, para que vea la sinceridad de mis palabras, mientras le digo—.
A mí no me importan tus marcas, ni tu enfermedad.
Eres una bella persona; me pregunto cada día si podrías perdonar lo que le hice a tu hermana y mirarme de otra manera.
¿Crees que puedas mirarme como un hombre arrepentido que está locamente enamorado de ti?
¿Consideras que pueda llegar a gustarte, Luci?
Me quedo paralizado al ver cómo sus lágrimas ahora corren libremente por su rostro, y yo también siento que voy a llorar.
Esto es más difícil de lo que pensé, más intenso, más real.
Ella cierra los ojos, y puedo ver la batalla que se libra en su interior.
El miedo versus el amor. La lógica versus el corazón.
—No juegues Damián, no seas malo —responde ella, zafándose de mi agarre y con la vista de nuevo en el lago, mientras sigue hablando—.
Ya sabes que te dije que me gustabas, me lo dijiste el otro día que escuchabas todo lo que yo te decía.
Entonces lo oíste, como mismo sentiste que te besaba, me devolviste el beso, aunque yo creía que era mi imaginación, ¿lo hiciste verdad?
Cuando te di el primer beso, me sentiste.
Se ve tan hermosa así como me mira, ella realmente me está mirando fijamente. Y en ese momento, veo cómo la resistencia se desmorona, cómo el miedo la inunda. No espero ni un segundo más. Me inclino hacia ella y le tomo la mano.
—Sí, lo hice, lo hice amor —respondo feliz, recordando los besos tímidos de ella sobre los míos, el gran esfuerzo que tuve que hacer para devolverlo—.
Gracias por regalarme tu primer beso, linda.
Y no estoy jugando, todo lo que te he dicho es verdad, me gustas, no quiero separarme de ti, quiero hacerte feliz Luci.
—Damián, mírate y mírame a mí —habla mostrándome los brazos llenos de manchas negras que le deja su enfermedad—. Eres hermoso, un chico por el que todas las mujeres se mueren. Salías con las mujeres más bellas del planeta, te he visto en internet. ¿Cómo vas a querer a una mujer así como yo?
—No veo nada de malo en ti, Luci —contesto, reprochándome y arrepintiéndome de la vida loca que llevaba.
Ella suelta una risa corta, amarga, de esas que duelen más que el llanto. Se aparta un poco y mira sus propios brazos como si fueran el enemigo, como si le pertenecieran a otra persona.
—¿No? ¿Es que acaso se te olvida que me convierto en un monstruo cuando me entran las crisis? —Sonríe tristemente—. Me viste Damián, cuando despertaste, me viste.
Ahí está la verdad que lleva escondida desde el primer día, desde que empezó a venir a verme, desde que me hablaba creyendo que yo no escuchaba. Luci no tiene miedo de mí. Luci tiene miedo de quererme. Le aprieto la mano con más fuerza. Ella intenta soltarse pero no la dejo.
—Mírame —le pido.
—Ya te estoy mirando —susurra queriendo escapar.
—No, Luci. Mírame de verdad —exijo de nuevo—. Te estoy abriendo mi corazón, nunca te mentiría.
Tarda unos segundos. El viento mueve su hermoso cabello y el sol de la tarde le da en la cara de una manera que me parece absurdamente injusta, porque nadie tan hermoso debería estar tan convencido de que no lo es.
—Eso es muy bonito —murmura sin mirarme—, pero lo bonito no dura, Damián. Sé que voy a morir joven, solo es cuestión de tiempo. ¿Aun así quieres convencerme de que me amas?