¡Ups! ¡No me equivoqué! 181. DEJARÍAS TODO POR MÍ
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181. DEJARÍAS TODO POR MÍ

LILIAN:

Ese último mensaje me dejó preocupada. Cierro los ojos y veo a Alessandro, su mirada de hielo derritiéndose solo para mí, sus manos ásperas que pueden matar a un hombre sosteniéndome con tanta delicadeza. ¡Maldita sea, no puedo dejar que se vaya a no sé dónde!

—Señora Minetti, vamos —me saca Estefan de mis pensamientos—, llegaron a recogernos.

Nos montamos en los autos que nos llevan al hotel.

Es tarde y nos toma unas cuantas horas llegar, por lo que decidimos descansar.

Me despierto ante el sonido insistente de mi teléfono, lo abro, tengo muchos mensajes de Ale; se ve que no puede dormir.

Me voy a girar para seguir durmiendo después de haber puesto el teléfono en silencio, cuando un último mensaje llama mi atención.

"Lamento haber permitido que mis celos se apoderaran de mí. Cuídate mucho, cariño, no sabes cuánto te necesito. No puedo pensar, no puedo comer, no puedo entrenar, no puedo hacer nada sin ti. No sé si es una buena idea irme así a Rusia, pero tengo que ir detrás del enemigo. Te amo, Lili,

nunca lo olvides."

Me siento de un golpe en la cama. ¡Rusia! ¿Qué diablos va a ir a hacer a Rusia? Voy a contestarle cuando veo a Migue que entra asustado y viene corriendo con el teléfono en la mano.

—¡No puedes dejar que se vayan a Rusia, Lili! —está realmente asustado, al igual que yo—. ¡Por el amor de Dios, dile que vengan! Sabes que allá está ese dragón de fuego y todos sus enemigos; los van a matar.

—¿Crees que es verdad? —pregunté, a pesar de que sabía la respuesta.

—Sí, me lo dijo varias veces Rufo, y escuché a Alessandro diciéndole que preparara todo —me toma por ambas manos y me suplica—. Por favor, mi amiga, no quiero traicionarte, pero no puedo dejar que se vaya Rufo a correr ese peligro.

Lo miro fijamente, mi corazón latiendo como loco en mi pecho.

Los ojos de Migue están llenos de lágrimas, y yo me siento la peor persona del mundo.

¿Qué he hecho? Quería darle una lección a Alessandro, hacerle sentir un poco del dolor que me causó, pero nunca pensé que pondría su vida en peligro. ¡Nunca!

—Está bien, está bien —digo levantándome de un salto, sin pensar en nada más que en detenerlo. Mi mente de doctora se apaga, y mi corazón toma el control completo. Como siempre.

Vuelvo a leer todos los mensajes que me mandó esa noche.

Mi corazón rebosa de amor por ese hombre, loco, impulsivo, desconfiado, que me hizo esa barbaridad, pero que no quiero perder.

Tampoco se la pondré fácil. Vamos a ver si es verdad que lo deja todo por mí, como no se cansa de decirme.

Son las tres de la mañana aquí, lo que significa que en Italia son…

diablos, no sé cuántas horas de diferencia hay, pero me da igual.

Tomo el teléfono y le mando un mensaje directo.

—"¿Serías capaz de dejarlo todo por mí?" —pregunto.

—Sí —responde al momento.

—Ven a mí. Dejaré que me encuentres. Ven, esperaré por ti hasta que salga el sol. Si no estás, me iré y no me volverás a ver —lo amenazo sintiéndome divertida.

Vamos a ver de qué es capaz de hacer el Capo di tutti i capi de la mafia italiana. El dragón negro número UNO. Tiene todos los recursos; estoy segura de que mi hermana Luci lo va a ayudar a encontrarme.

—¡Pero no le dijiste dónde estamos, Lili! —protesta desesperado Migue.

—Migue, deja que pase un poquito de trabajo, estoy segura de que Luci ya sabe que estamos aquí —le recuerdo mientras hace pucheros—. Porque no creas que no sé que tiene tu nuevo número. Le mandaré un mensaje para que no se lo oculte.

—Eres mala, me muero por ver a mi Rufo —casi llora de la frustración—. Luci tiene mi número; la llamé ayer porque no podía encontrar a mi Rufo. Resulta que andaba con tu marido, no sé por dónde, y no tenía señal su teléfono. Le diré dónde estamos.

—Deja el lloriqueo y acuéstate aquí conmigo; si son buenos, antes del amanecer estarán aquí —tiro de él, haciendo espacio a mi lado—.

Si no están, nos iremos sin ellos; ya verás que darán con nosotros.

Ja, ja, ja, no te preocupes, cuando te despiertes, estarás en los brazos de tu Rufo. Acuéstate que hace frío.

—No, me iré a mi habitación —se niega, poniéndose de pie—. No quiero que tu dragón ni el mío se pongan celosos. Y le diré dónde estamos; muero por verlo.

Y con la misma, agarra y se va. Yo sonrío, sé que en estos momentos tanto mi Ale como Rufo deben estar volando al aeropuerto.

Cierro mis ojos pensando que yo también me he castigado; lo extraño tanto que tampoco puedo dejar de pensar en él un segundo, muero de ganas por verlo, abrazarlo, besarlo.

En serio, debí pedirle que me buscara antes.

Llega rápido, Ale, no te preocupes, no me iré hasta que llegues. Te extraño y deseo verte también mucho.

Ya no quiero estar lejos de él. Ya no quiero castigarlo.

Lo que quiero es verlo, tocarlo, gritarle de frente todo lo que me hizo sentir.

Y después, tal vez, solo tal vez, dejar que me abrace y me diga que nunca volverá a pasar.

Amo a Alessandro Minetti. A pesar de su desconfianza, de su mundo de violencia y sangre, de su manera de poner a prueba mi lealtad.

Lo amo. Y por eso mismo, no puedo dejarlo ir a la guerra solo.

Si Alessandro va a venir, voy a estar lista. Lista para gritarle, para besarlo, para abofetearlo si es necesario. Pero sobre todo, lista para dejarle muy claro que si vamos a hacer que este matrimonio funcione, va a ser bajo mis términos también.

Porque soy Lilian Minetti. Y aunque no sepa nada de la mafia, sé exactamente quién soy. Una mujer impulsiva, directa, que no piensa antes de actuar. Y eso, para bien o para mal, es exactamente lo que Alessandro Minetti necesita en su vida.

—Llega a tiempo, Alessandro Minetti, encuéntrame, por favor —susurro mientras cierro los ojos en mi cama con el corazón acelerado—. Por favor, por favor, Diosito, no lo dejes irse a Rusia.

Saco mi teléfono de nuevo y le mando un mensaje a mi hermana para que le dé la localización mía sin decirle que fui yo quien le dije que lo hiciera. ¡Quiero que me encuentre!