178. TODAVÍA DE VIAJE
LILIAN:
Después de la terrible experiencia del avión y el tren, he decidido viajar en auto.
Llevamos varios días en los que no he descansado.
Corremos todas las noches apostando grandes cantidades de dinero.
Los autos que ganamos en nuestra primera noche de competencia son lo mejor de lo mejor.
A eso debo agregar que Migue realmente es muy bueno, gana todo el tiempo y yo también la mayoría de las veces, pero nunca he apostado mi auto, me gusta mucho.
Los chicos se han integrado a nuestra locura, y para cuidarme, compiten a la par de nosotros ganando la mayoría de las veces; han desarrollado una increíble estrategia para protegerme que me encanta.
Incluso, cuando no competimos y nos trasladamos, la ponemos en práctica.
—No han vuelto a venir —dice Migue al regresar de otra exitosa carrera de autos al hotel, dejándose caer apesadumbrado en un sillón a mi lado.
—¿A quién te refieres? —me hago la desentendida—. ¿Sigues imaginando que los que competimos la primera vez eran Rufo y Ale?
—No me creas si no quieres, pero ese hombre que me abrazó era mi Rufo, ¿me oíste? —me grita molesto—. Lo conozco con los ojos cerrados, ¡ese era mi Rufo!
—¿Y si era él, por qué se fue? —me sonrío al ver lo furioso que está—. ¿Por qué no te lo dijo? Tú no le has hecho nada.
—¡No lo sé, no lo sé! ¡A lo mejor el energúmeno ese que tienes por esposo se lo prohibió! —grita enojado; sé que muere por verlo, aunque se aguanta por mí.
—No eran ellos, ¿crees que no iba a reconocer a mi esposo, aunque llevara una máscara? —lo miro muy preocupada por su actitud—. Tú tienes tantos deseos de verlo que ya te imaginas cosas. Dale, vamos a dormir; mañana vamos a practicar paracaidismo.
—Está bien, me iré a llamarlo; muero por verlo —y se marcha protestando.
¿Sería mi Ale y Rufo de verdad? Estaba muy feliz por haber ganado tan buen auto que apenas me fijé en él.
Aunque ahora que lo pienso, cuando levantó su mano para decirme adiós, su anillo se parecía al de Ale, y hasta caminaba como él.
Y en el tren, aunque estaba aterrada, creo que los que estaban sobre el techo luchando eran ellos.
No estoy segura, no, seguro que no. Los chicos no los han mencionado ni una sola vez.
Vamos, Lilian, no te pongas como Migue, viendo a tu esposo en cada hombre. Mejor me voy a dormir.
Al otro día, no sé por qué, me la paso extrañando de una manera desenfrenada a mi Ale. Es como si presintiera que le pasa algo malo. Salgo a la terraza, me siento a tomar una copa de vino, mientras leo los hermosos mensajes que me escribe. ¿Estará bien? ¿Habré exagerado en mi castigo?
—Lili…, Lili… —escucho a Migue llamarme— te llama Rufo.
—¿A mí? —me pregunto qué querrá el director conmigo.
Migue me entrega el teléfono. De inmediato le pregunto con miedo de escuchar una mala noticia sobre mi Ale. O tal vez pensando que sea él quien llama; no quiero hablar con él, pero al mismo tiempo estoy deseando hacerlo.
—Lili, ¿puedes decirme el trabalenguas que siempre dices en el laboratorio? —me asombro al escuchar lo que me pide Rufo.
—¿El trabalenguas? ¿Para qué, Rufo? —es muy extraño que me pida eso—. Papá me dijo que nunca se lo dijera a nadie, solo al número dos. No sé qué quiso decir con eso.
—Lilian, yo soy el número dos. Tengo las cosas del baúl de tu papá; dímelo, ahora es urgente —me asombra con la energía que me habla.
Pero me percato de que es verdad, mi padre dejó eso para el UNO, que es Ale, lo que lo hace a él el DOS. Respiro, recordando el trabalenguas, lista para decirlo, pero me detiene.
—Espera Lili…, Alessandro, trae el teléfono —mi corazón se acelera de solo saber que Ale está a su lado. ¿Qué estarán haciendo?—. Ahora, Lilian, dilo.
Otra vez me detiene la voz de Alessandro cuando lo escucho pedirle a Rufo que se vaya a otro lugar para que nadie lo escuche. El sonido de su voz me llena, me hace feliz. Espero mientras escucho los pasos de Rufo.
—Lilian, ¿estás ahí? ¿Me escuchas bien ahora? —pregunta de nuevo. Le aseguro que sí, entrando también a mi habitación.
—Muy bien, contaré; inicia bien alto y claro sin interrumpirte —me indica—. Uno, dos, tres.
Dragón, dragón, tragón
Y comienza el triatlón
Tres, tres, treinta y tres
Dio la vuelta al revés
Tragón, dragón, dragón
Nada, monta, corre bien
Tres, tres, treinta y tres,
Y regresa otra vez.
Dragón, dragón, tragón.
No olvides el trescientos tres
Dando la vuelta otra vez.
Rojo, blanco, negro es
El que comienza otra vez.
—Bravo, Lilian —escucho a Rufo.
Lo escucho correr hacia Alessandro. No cuelgo; espero un rato más porque quiero terminar de decirle lo otro.
—Rufo… Rufo… ¿Funcionó, Rufo? Debo decirte algo más —pero en lugar de la voz de Rufo, escucho a mi Ale.
—Amor, funcionó; abrió el teléfono —me dice con una voz extraña, emocionada, pero al mismo tiempo como si quisiera llorar.
—¿Ale? ¡Pon a Rufo ahora! No quiero hablar contigo —le grito, y para mi sorpresa lo escucho decirme.
—Te amo, Lili. Me haces mucha falta, sobre todo hoy. No cuelgues; ya te pongo a Rufo —su voz suena tan triste que se me oprime el corazón, y en un impulso le pregunto:
—¿Ale, estás bien?
No contesta; en su lugar es Rufo el que habla.
Suspiro, y paso a contar que mi padre siempre me decía que no debía decir a nadie un secreto muy importante.
Solo a la persona que me buscara para que le dijera el trabalenguas.
Y que ahora pienso que te pertenece; se trata de la muerte de unos comerciantes por esconder algo muy importante de los jefes, creo.
—Y que tú debes ir a buscar. Lo que ahora no recuerdo es el lugar al que debes ir. Te lo diré cuando regrese, porque no me acuerdo bien; aunque no te preocupes, lo tengo escrito entre mis cosas —termino y cuelgo ante su silencio.
Me quedo muy preocupada, con un sentimiento de que a mi Ale le está pasando algo muy grande y me lo están escondiendo.
Lo puedo sentir por la actitud de Rufo también; no lo sé, es como un presentimiento.
¿Qué tendrían el baúl y el cofre que les dejó mi papá?
Ambos parecían muy ansiosos; sobre todo, la voz de Ale se rompía al hablar.
—¿Qué te pasa, Lili? ¿Qué quería mi Rufo? —pregunta Migue al entrar.
—Que le dijera un trabalenguas que me enseñó papá de niña. Parece que encontraron algo en el baúl que les dio mamá —no puedo quitarme la extraña sensación de que están en serios problemas—. Oye, Migue, ¿Rufo te dijo algo?
—¿Algo de qué, y en qué momento? —hace una mueca—. Llamó para hablar contigo; a mí no me dijo nada.