177. LA HABITACIÓN DE LOS PADRES
ALESSANDRO:
El abuelo y yo nos acercamos al lugar donde discuten y que vemos que el robot tiene iluminado con un rayo de luz azul.
—Te equivocas, Melanie, el aparato ese tiene razón; ahí detrás está la habitación matrimonial de los padres de Alessandro —le aclara el abuelo—. Ale, si quieres, mandamos a abrirla ahora mismo.
—Es tarde, abuelo; mañana a primera hora lo haré —me niego porque me siento extenuado—. Voy a ver si tomo un baño; además, necesito a Rufo. ¿Luci, cómo te sientes? Necesito que mañana me acompañes a un lugar para ver algunas computadoras.
—De acuerdo, Ale, me siento bien —responde enseguida emocionada.
Miro alrededor, sintiendo que falta algo o alguien, y es cuando me percato de que Damián no está.
Luci me dice que está trabajando en sus empresas, en su oficina, en la segunda planta.
Me despido y subo a ver a Damián. Está enfrascado en algo, discute con Renat en francés. Al verme, se despide enseguida.
—¿Interrumpo? —pregunto acercándome despacio.
—No, no, Alessandro. Precisamente me hace falta tu opinión en algo —se gira y me extiende la mano, que estrecho con fuerza—. Verás, Alessandro, quiero pedirte un favor.
—El que sea, te lo haré —me alegro de que al fin comience a confiar en mí.
—¿Puedes ayudarme a trasladar todas mis empresas para Italia? —Lo miro asombrado, sin entender por qué quiere hacer eso—. Quiero mudarme a este país; allá no me queda nada. Aquí, los tengo a ustedes.
No dije nada de inmediato. Solo lo observé en silencio. Acepté ayudarlo, aunque eso nos llevaría algo de tiempo, pero podíamos lograrlo.
—¿Estás seguro de eso? —Lo miré fijamente, queriendo leerlo. Asintió diciendo que solo le quedaba asegurarse de algo—. Muy bien, analiza todo, y si realmente eso es lo que quieres, te ayudaré. Ya sabes que puedes seguir viviendo aquí la vida entera.
—¿En serio? —podía ver la duda en su mirada—. ¿Me dejarías vivir contigo por siempre?
—Esta es tu casa, Damián —aseguré con firmeza dándole una palmada en la espalda—. Eso no ha cambiado; eres como un hermano para mí. Puedes vivir conmigo si te place; espacio hay más que suficiente.
Damián no contestó de inmediato; pude ver cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, y luego me dio un abrazo emocionado mientras me decía que lo pensaría.
—¿Para qué querías verme? —preguntó, recordando el motivo por el que había venido a verlo, que casi olvido.
—Mañana voy a llevar a Luci a ver algunas computadoras en mi organización. ¿Está bien contigo? ¿Puedes atender todo tú solo? —le informé, porque estaba muy posesivo con ella—. ¿Quieres venir también?
—De acuerdo; me aburro aquí dentro, me haría bien salir —luego sonrió, informando que Renat y el hombre que había dejado se encargaban muy bien de todo.
Lo miré fijamente; habíamos sido amigos desde nuestra niñez, y a pesar de lo sucedido entre nosotros, nunca nos traicionamos ni nos atacamos.
—Eres de la familia, confiaré de nuevo en ti como antes, Damián —dije con suma seriedad—. No me defraudes, no vuelvas a ocultarme cosas que me hagan dañarte sin yo saberlo.
—No lo volveré a hacer, Ale; te lo juro —hicimos el saludo que teníamos de siempre mientras nos sonreíamos.
—Buenas noches, mi amigo —camino hacia la puerta—. Mañana, después de que vea algo aquí en la casa, nos vamos.
No pude dormir en toda la noche; me la pasé escribiéndole a Lili.
Sé que estaba dormida; sin embargo, no podía dejar de hacerlo.
Por fin, a las cinco de la mañana, bajé; para mi asombro, mi abuelo había puesto al esposo de Ninetta a abrir la habitación de mis padres.
Rufo también se levantó temprano por el ruido que hacían al derribar la pared.
—Toma, Ale, esa es la llave —me dice mi abuelo con su mano temblorosa. Sé que está desesperado por ir a buscar a mi padre, al igual que yo.
La tomo y abro la puerta, expectante. Al entrar, todo está lleno de telarañas y polvo. Un fuerte olor a humedad me abofetea. Los demás se asoman detrás de mí con curiosidad.
—Ninetta, ¿creen que la puedan limpiar sin mover nada? —pregunto, sin dejar de tratar de encontrar un detalle en esta habitación que me recuerde a mis padres.
Ninetta de inmediato asiente, mientras llama a su hija Melanie para ponerse en acción.
Le indico que no tienen que esmerarse; solo necesito que limpien lo suficiente para poder buscar en ella.
Salgo tomando a mi abuelo, que está muy nervioso, y me dirijo con él al comedor a tomar un café.
Todos nos siguen en silencio. Bebemos nuestros cafés de manera nerviosa, con el pensamiento puesto en mis padres.
—Donato no creo que despierte por ahora, Ale; está muy mal —rompe el silencio Rufo—. Y Mili creo que está trastornada. Al parecer, tuvo varios hijos. Se pasa todo el tiempo pidiendo que le regresen a sus hijos. Creo que esos desgraciados la violaban, la embarazaban y le quitaban sus hijos.
—Tienen que cogerlos a todos —interviene el abuelo furioso—. Los haremos sufrir lo mismo que hicieron a nuestros seres queridos.
Por un momento veo en sus ojos la fuerza y vitalidad que tenía cuando estaba sano. Cuando era el capo mayor de la mafia italiana. Le aprieto la mano, asegurándole que no tendría clemencia con ninguno.
—Ya Rufo tiene un plan —sigo diciendo; él me mira intrigado—. Utilizaremos a sus segundos para que nos los entreguen. Les daremos el poder a ellos para que los traicionen y me sean fieles a mí.
—Tengan cuidado, es un plan muy arriesgado —nos avisa de inmediato—. ¿Alguna señal de quién pueda ser el dragón de fuego?
—No. A lo mejor en las cosas de mamá lo dice —tomo un gran sorbo de café negro, sin azúcar, para poder funcionar—. Tampoco sabemos quién es el dragón blanco. ¿Sabes tú quién es?
Mi abuelo negó con la cabeza mientras tomaba su jugo con movimientos pausados. Su mirada se perdió en un punto lejano, tratando de encontrar respuestas entre el intrincado mundo de sus memorias.
—No lo sé, Ale. Tus padres guardaban muchos secretos.
Pero estoy seguro de que encontrarás todas las respuestas —se detuvo, girando la cabeza hacia donde trabajaban las sirvientas, en la habitación de mis padres—.
Tu madre era una persona muy organizada, demasiado, diría yo.
Estoy seguro de que todas las respuestas que buscas puede que las encuentres ahí.
El ambiente era asfixiante con la incertidumbre que nos embargaba, junto a la sensación constante de estar siempre un paso atrás. ¡Ojalá sea verdad! ¿Cuántos secretos pueden esconder esas cuatro paredes?