176. UN POCO DE ROMANCE
ALESSANDRO:
Lo ha dicho todo como si fuera una ametralladora que me dispara. Antes de que pueda decir cualquier cosa, cuelga. Miro la pantalla sintiendo que hoy todo ha sido un duro golpe para mí.
—Era Lili —contesto a la mirada interrogante de Rufo.
—¿Te llamó ella? —preguntó sorprendido.
—Sí, para decirme que me odia y que tengo que esperar por ella hasta que decida volver —lo suelto todo—. Luego colgó. Sin embargo, estoy feliz, Rufo, feliz de escuchar su voz.
—Ya empezó a extrañarte y preocuparse por ti —Rufo sonrió—. Ale, verás cómo muy pronto te pide ir por ella.
—Ojalá, Rufo, ojalá; la necesito mucho en estos momentos —tomo aire abriendo la ventanilla del auto para ver cómo Roma pasa ante mis ojos—. ¿Me necesitas?
—No, ve a contarle todo al abuelo —me pide, aunque no sé si es buena idea darle esperanzas ahora. ¿Y si no están allá abajo?—. Habla con él, para ver si sabe algo de dónde tu mamá guardaba las cosas en la casa. En cuanto termine de ver a todos, regreso. También estoy cansado.
No digo nada, me dirijo a la casa para enfrentar a mi abuelo. Al llegar, salgo caminando despacio, con deseos de llamar a mi Lili y contarle todo. En cambio, me detengo y le escribo un largo mensaje.
"No sabes cuánto me haces falta en estos momentos, Lili; gracias por llamarme aunque sea para decirme que me odias.
Perdón por no saber quererte de la forma en que tú te mereces; perdón por ser la persona que encajaste en mi vida perfectamente desde el primer momento.
Eres eso que nunca busqué y que siempre necesité.
Coincidir contigo en esta vida está siendo lo único bueno que me ha pasado.
Lo tuyo y mío estaba escrito en el libro de la vida.
Te pertenezco, Lili, como tú también sabes que me perteneces, regresa, amor, o deja que vaya a ti.
Agradezco al universo que existes y espero con ansias que estos kilómetros que nos separan se conviertan muy pronto en milímetros entre tú y yo.
Que esas hermosas canciones que escuchas mientras me piensas sean las mismas que nos permitan bailar abrazados.
Y que pronto el pensarnos sea el vernos, el sentirnos, el amarnos.
Y aunque tarde, he comprendido que el amor está basado en la confianza.
Nuestras almas se encontraron y se reconocieron. No importa lo distantes que estemos, no estamos separados, porque nuestros corazones laten al mismo tiempo por los dos. Ni la distancia, el silencio, el no vernos hará que deje de amarte de todas las maneras conocidas y desconocidas."
"Te amo, Lili. Regresa, amor; te necesito."
Miro lo que escribí y envié sin pensarlo. Creo que la estoy presionando mucho, por eso le envío otro mensaje para que no se preocupe.
"No te preocupes por mí; no niego que si estuvieras aquí, como mi compañera en la vida y en la organización, me ayudarías a resolver muchas cosas. Sin embargo, quiero que cuando logres perdonarme, si lo logras, me pidas ir por ti o regreses, vida mía; aguantaré hasta que te decidas, amor.
Solo te escribo para decirte que te extraño, que me haces falta."
"Te dejo un abrazo cargado de deseos, uno que te demuestre lo mucho que te extraño y que ando muriendo por llenarte de besos. Dulces sueños, cariño. Te mando un beso dentro de un gran abrazo, para cuando lo necesites, lo tomes."
"Tu Ale."
Lo envío, y le hago señas a mis hombres de que me sigan.
Al entrar a mi casa, escucho varias voces airadas.
Corro a su interior y me gusta lo que veo.
Mi abuelo ríe feliz ante algo que le explica Luci de un extraño aparato, a todos en la casa que la miran asombrados y que está en el centro del salón.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunto; ellos dejan de reír al verme.
—No es nada, hijo —me contesta mi suegra—, es ese extraño aparato que compró Luci; lo acaban de traer. Habla y te escanea completo con una lucecita que asusta.
Lucila viene a mi encuentro de inmediato y se pone a explicar que lo compró para hacer lo que le pedí que hiciera, solo por eso.
—Lo estoy probando con ellos, y mamá se asustó porque la alumbró —miro a mi suegra que ríe nerviosamente.
—Creí que era otra cosa. Bueno, Luci, haz tu trabajo —tengo otras preocupaciones ahora que un juguete—. ¿Abuelo, podemos hablar a solas? ¿Luci, revisaste el despacho?
—Sí, fue lo primero que hice; no tenía nada —señala de inmediato—. Además, dice Ninetta que las estatuillas las trajeron el mismo día que nosotras nos mudamos, que pensó que era algo de Lili, pero como sabe que ni al abuelo ni a ti le gustan, las puso en las habitaciones vacías.
—¿Pudiste averiguar hacia dónde transmiten? —me detengo enseguida.
—Estoy en eso con este amiguito —sonríe señalando al pequeño robot frente a ella.
—Muy bien, sigue con eso. Abuelo, vamos —lo tomo por un brazo haciendo señales a James para que me deje.
Nos internamos en el despacho; con sumo cuidado le cuento todo lo que descubrí. Se emociona mucho cuando le digo lo que me dijera Donato.
—No lo puedo creer, hijo —se limpia las lágrimas de sus ojos—. ¿Y qué haces aquí? ¿Por qué no estás buscando a tus padres?
—Abuelo, aquello es una ciudad por debajo de Roma; tiene muchísimas trampas, y Donato no logró decirme dónde estaban —explico tomando una de sus manos, preocupado de que le suceda algo—.
Tienes que tener paciencia. Tuvimos que resolver primero lo de esas mujeres y de los hombres.
Además, vine a ver si tú sabes dónde mamá escondía todas las llaves.
Niega con la cabeza tratando de recomponerse. Nunca ha visto las llaves que menciono. Los lugares secretos que conoce se los enseñó Donato, pero él tampoco sabía nada de lo que quiero saber. Guardo silencio pensativo hasta que recuerdo algo.
—Abuelo, ¿dónde están las cosas de mamá y papá? —no recuerdo nunca haber visto nada de ellos—. ¿Su habitación, cuál era?
—Está al lado de la mía —contesta de inmediato.
—¿Dónde, abuelo? —en verdad, en la planta baja solo existe su habitación.
—Hijo, como tu abuela lloraba mucho y no quería salir de ahí, un día la sellé. Eliminé la puerta y cerré la pared con todo lo de ellos dentro —me cuenta para mi asombro—. Lo había olvidado, Ale, disculpa.
En ese momento nos interrumpen las voces de los que están con el nuevo juguete de Lucila.
—¡Ese aparato está mal, Luci, ahí no hay ninguna habitación! —escuchamos a Melanie reírse con Luci.
—Sí, hay una, Melanie, mírala allí; se ve claro —insiste ella que confía ciegamente en la tecnología.
—Me crié aquí y nunca he visto otra habitación —responde Melanie—. Solo la del abuelo existe en la primera planta; eso que ves forma parte de ella. Debe ser su closet.