¡Ups! ¡No me equivoqué! 175. TOMANDO MEDIDAS
60%

175. TOMANDO MEDIDAS

ALESSANDRO:

Aprieto donde me indica Rufo. Todas las pantallas comienzan a abrirse una a una, mostrando diferentes lugares que no tenemos idea de cuáles pueden ser, pero es en ese laberinto.

La habitación se queda en silencio al ver la inmensidad del lugar.

Necesitaremos muchos días para recorrerlo completo.

Resoplo mientras miro cada una de las estancias tratando de ver a mis padres, sin resultado.

—Ale, sé que estás desesperado por ir a ver si son tus padres.

No obstante, opino que debemos llevar a todos al hospital primero, ya oscureció —la voz de Rufo me saca de mi investigación mientras señala una imagen en una de las pantallas—.

Mira, hay una entrada que se abre por aquel lado; pueden entrar autos sin que nadie vea a quién montamos.

Hagámoslo y regresemos a buscar a tus padres si es verdad.

A lo mejor Donato despierta y te dice todo.

Sé que tiene razón, y en estos momentos debo seguir todas sus orientaciones.

Soy demasiado emocional, y este lugar no se trata de entrar por la fuerza sin pensar; se necesita la astucia e inteligencia de alguien como Rufo, que sigue haciendo cosas que le indica la libreta negra.

Logra desactivar todas las trampas de los pasillos que conducen hasta donde está la pareja.

Aunque muero por ir a revisar todo el maldito laberinto, lo que dice Rufo es razonable.

Todos están en una situación deplorable.

Llamo al gemelo del Pelirrojo y lo hago venir con una gran rastra con un contenedor, que introduce por debajo del Museo en un parqueo que abro con mi emblema.

Y, para nuestro alivio, se ve que nadie ha descubierto, no hay señales de que haya sido visitado en años.

Dejo de últimos a la pareja que cuida el Pelirrojo; llamo a Acher.

—Acher, acompáñame —le ordeno de inmediato.

—Primero debo confesarle algo, jefe, y pedirle perdón. Yo… Yo… —trata de arrodillarse, pero se lo impido mirándolo fijamente.

—¿Me vas a hablar de tu hermano gemelo y que te hiciste pasar por él todos estos años? —abre los ojos al escuchar mi pregunta—. Lo encontré, vamos para que me ayudes a sacarlo.

—¿Lo encontró, jefe? ¿Encontró a mi hermano gemelo aquí abajo? —el brillo de alegría en sus ojos se nubla cuando agrega—. ¿Está vivo?

—Sí, demacrado, pero vivo. Sígueme; después vamos a arreglar el hecho de que me engañaste.

Debiste venir a mí con la verdad. No me agradan las personas que no son honestas —gruño molesto, pero ahora mismo lo necesito—.

Tengo especial aprecio por tu hermano y sus hombres.

Si hubieras hablado, los habría buscado antes.

Por no hablarme claro, ellos sufrieron todos estos años.

Se queda en silencio, mientras me sigue emocionado, con lágrimas en los ojos que trata de disimular.

Lo miro de reojo, y se ve agotado, a la vez que feliz.

Es verdad lo que me dijo Rufo; ahora el pasillo es liso e iluminado.

Al llegar, Acher se abraza de su hermano llorando.

Los dejo un instante; sé lo que significa perder a un ser querido y encontrarlo.

—Vamos, chicos, debemos cargar con ellos —intervengo mientras ordeno—. Yo tomaré a la señorita Mili, tú, Acher, lleva a Donato.

Lo hacemos así, mientras cubro su desnudez con mi camisa.

Acher hace lo mismo con Donato. Los montamos a todos en el enorme contenedor.

Lo conduce Acher, seguido de sus hombres.

Rufo y yo cerramos todo y salimos por la puerta principal donde dejamos a nuestros hombres.

Para nuestra sorpresa, vemos a varios dragones afuera.

—Buenas noches, jefe —me saludan todos; puedo ver que están nerviosos—. Necesitamos reunirnos con usted de urgencia. ¿Podemos pasar a la cripta?

—Lo siento, amigos, en estos momentos tengo que irme corriendo al hospital; algo le pasó a mi abuelo —miento descaradamente—, la cripta permanecerá cerrada hasta nuevo aviso.

—Jefe, pero es de vital importancia lo que debemos decirle —se adelanta uno con el dragón amarillo, muy corpulento.

Lo observo detenidamente porque se interpone delante de mí, como si quisiera impedir que me marche. Avanzo amenazante mientras mi mano vuela en busca de mi arma, haciendo que retroceda, y al final se aparta para dejarme pasar.

—Ale —me llama Rufo—, cierra bien con tu emblema.

Miro a mis hombres que me cubren al momento para que nadie más pueda ver lo que hago.

Presiono con mi anillo; se abre debajo la marca de mi emblema, cierro la puerta y regreso todo a su lugar.

El sordo sonido metálico de los cerrojos hace que los dragones presentes se miren entre ellos.

Ahora estoy convencido de que todos están comprometidos en la desaparición de mis padres.

—¿Qué es eso tan importante que quieren discutir conmigo? —pregunto al girarme, siempre rodeado de mis hombres, que también ahora rodean amenazadoramente a los dragones—. Acompáñenme hasta el auto y los escucho. Tienen cinco minutos.

—Es un asunto que no se puede discutir en la calle —dice uno a mi lado—. Debemos hacerlo en la cripta sin que otros oídos, que no sean los suyos y los del Consiglieri, lo escuchen.

—¿Se desató una guerra mundial? —me detengo para enfrentarlos—. ¿Hay algún desastre natural que nos amenace? ¿Alguno de los miembros de la organización está en peligro de muerte?

Se detienen al enfrentarles, intercambian miradas entre ellos. Mis hombres están en alerta; al fin, uno de ellos niega con la cabeza, diciendo que se trata de algo íntimo de nuestra organización.

—Entonces, si no es lo que pregunté, puede esperar. Hasta mañana —me monto en mi auto junto a Rufo y los dejo mirándonos fríamente.

—Esos son nuestros verdaderos enemigos, Ale —me indica en cuanto cierra la puerta—. Debemos eliminar a todos; contactaré con todos sus segundos. De seguro estarán de acuerdo en subir en jerarquía.

Me quedo pensativo; admiro tanto a mi amigo que siempre piensa tres pasos por delante. Estoy de acuerdo con lo que ha dicho. Lo haremos en cuanto arregle todo lo del hospital.

—Nadie puede saber de esto, Rufo. Manda a buscar a nuestra gente, que investiguen de dónde salieron todas esas mujeres —sigo ordenando pensativo, esto es más grande de lo que pensábamos—.

Pero, sobre todo, mira a ver si puedes hacer que Donato recobre el conocimiento y nos diga lo que descubrió de mis padres.

—Está sonando tu teléfono, Ale —me indica; lo tomo. Es un número desconocido, fuera de Italia.

Mi corazón salta emocionado; no sé por qué espero que sea Lilian. Tomo aire tratando de tranquilizarme y hacer que mi voz suene normal.

—Alessandro Minetti al habla.

—¿Sabes que te odio, verdad? —es la pregunta que escucho en su voz—. Solo quiero saber si estás bien. ¿Qué tienes? ¿Por qué tu voz se oye así? ¿Qué es, Ale, que te tiene así? Soy yo; ¿estás así por mí? No voy a caer en tus trucos. Espera por mí, hasta que yo decida volver; tú te lo buscaste.