174. DESCUBRIENDO COSAS
ALESSANDRO:
No me contradice; al ver que Donato respira mejor, se aleja un poco sacando su teléfono para comprobar si coge señal aquí abajo.
Lo sabía, era imposible, no hay. Me indica que cierre la reja de nuevo.
Al ver la mirada que le dedico, indica que ellos están muy mal.
Nosotros no podemos dejar que salgan solos y caigan en las trampas.
Por suerte, Rufo anda con esa chaqueta que guarda no sé cuántas cosas médicas y le inyecta algo a Donato; luego le toma la presión y asiente.
—Creo que aguantará, es más debilidad que otra cosa. Acostémoslos en las camas y regresaremos en cuanto desactivemos todo. No se muevan de aquí, Donato, ¿me escuchas? Regresaremos por ustedes —le dice Rufo; él asiente levemente—. No hagas ningún esfuerzo, quédate acostado ahí.
Donato asiente levemente moviendo la boca, sin que salga nada de ella, mirándome fijo, mientras sigue señalando hacia delante con su mano; luego cierra los ojos.
Después de dejarlos en las camas, ambos se han dormido.
Están muy débiles; me temo que aguantaron hasta que me vieron y todas sus energías se les acabaron.
Salimos hasta nuestros hombres, ya se han soltado de las cadenas, encontramos la cerradura y abro.
Los ayudamos a salir hasta la cripta principal.
Enseguida se lanzan a comer todo lo que encuentran y a tomar agua.
Aunque están demacrados, están mejor que la pareja.
—Pelirrojo, ¿cómo te sientes? —se pone de pie mientras se viste con la ropa que le damos. Aunque está muy delgado, se ve que se ejercitaba—. ¿Crees que aguantes a ir a donde están el que era el jefe de seguridad de mi padre y mi nana?
—¿Están vivos? ¿Eran ellos los que gritaban? —preguntó intrigado—. Y sí, si me ayuda, puedo ir a estar con ellos.
Puedo llamar a uno de mis hombres, pero esto es demasiado grande y no quiero alertar a los que están detrás de esto. Llevo al Pelirrojo que acompañe a Donato y Mellia mientras Rufo se dedica a llamar a Migue. Cuando regreso, niega con la cabeza, pero justo en ese momento le responde.
—Disculpa, Rufo, me estaba bañando —lo escuchamos por el altavoz.
—Migue, necesito hablar urgente con Lilian —le pide de inmediato, sin saludarlo apenas.
—¿Lili? Espera, está allá afuera. Lili… Lili… te llama Rufo —lo escuchamos llamarla y, como ella se acerca, mi corazón se acelera al escuchar su voz.
—Dime, Rufo —mi corazón se acelera; la necesito tanto.
—Lili, ¿puedes decirme el trabalenguas que siempre dices en el laboratorio? —pregunta directamente Rufo.
Se hace un silencio al escuchar eso. Lilian de seguro lo encuentra todo muy sospechoso, y sé que tiene motivos.
—¿El trabalenguas? ¿Para qué, Rufo? —inquiere con seriedad—. Papá me dijo que nunca se lo dijera a nadie, solo al número dos. No sé qué quiso decir con eso.
—Lilian, ¡yo soy el maldito número dos! —nunca había visto perder a Rufo la paciencia con ella, pero no digo nada—. Tengo las cosas del baúl de tu papá; dímelo ahora, es urgente.
—¡Cierto! —exclama al recordar ese detalle—. Muy bien, aquí voy.
—Espera, Lili, Alessandro, trae el teléfono —me pide Rufo; le alargo el teléfono negro prendido. Él busca algo, luego lo coloca delante del suyo—. Ahora, Lilian, dilo.
—¡No aquí, Rufo! Vete allá adentro, no quiero que nadie lo escuche. Espera, Lili, no lo digas —le grito, pero no me contesta, y eso me hace doler el alma.
Rufo hace lo que le pido; se adentra por el pasillo dejándome solo con mis temores más grandes.
¿Y si mis padres están encerrados así como ellos en un lugar oculto de este laberinto?
¿Estarán vivos o…? Abuelo tenía razón en sospechar.
Detengo mis pensamientos al ver regresar a Rufo con el semblante feliz.
—¡Era ese, Ale! ¡Abrió, abrió! —exclama, entregándome el teléfono, mientras se inclina en mi oído y me susurra—. Mira esa palabra en la pantalla, lleva el teléfono a tu boca y dilo. Vete allá adentro tú solo. Tienes que grabar tu voz.
Me emociono al ver que estamos desentrañando cosas. Corro a hacer lo que me pide, y para mi asombro, al pronunciar la palabra, la pantalla pestañea varias veces, y el rostro sonriente de mis padres aparece en ella.
—Rufo… Rufo… —escucho la voz de mi Lili. Volteo y veo el teléfono de Rufo en el piso; al parecer se le cayó. Lo tomo para escucharla preguntar—. ¿Funcionó, Rufo? Debo decirte algo más.
—Amor, funcionó, abrió el teléfono —le digo emocionado de escucharla—. Muchas gracias, no sabes lo importante que es esto.
—¿Ale? Pon a Rufo ahora, no quiero hablar contigo —dice de mal humor.
—Te amo, Lili. Me haces mucha falta, sobre todo hoy —le digo, aunque no me quiera escuchar—. No cuelgues, ya te pongo a Rufo.
Camino con tristeza hacia donde dejé a mi amigo junto a todos los demás que están acostados en el piso mientras miran todo a su alrededor. Sigo con el teléfono en mi oído escuchando la respiración de Lilian.
—¿Ale, estás bien? —pregunta, pero no le respondo.
Rufo viene a mi encuentro; se da cuenta de que estoy al desplomarme. Esto es demasiado para mí. Me da una palmada en el hombro.
—Dime, Lilian —se hace un silencio en que él escucha. Su rostro cambia ante lo que le dice ella; me acerco interesado—. Gracias, Lilian. Ahora te dejo, estamos ocupados. Sí, estamos bien. Cuídense y regresen pronto.
Miro a Rufo, que se ha quedado mirando el teléfono con la misma expresión de desconcierto que tengo yo. Al mirarme, se recompone. Sabe que quiero saber, pero me dice que no es importante ahora.
—Ale, vamos a ver cómo hacemos para sacar a todos de aquí —se detiene pensativo, planeando—. Primero, iremos a ver dónde es que debemos desconectar todo. Nos hacía falta Luci. Entiendo de computadoras, pero no soy un experto.
—¿Llamo a Damián para que vengan? —sugiero de inmediato.
—No —se niega mientras busca a su alrededor—. Creo que lo encontré, ¿qué es ese sonido?
Las voces de nuestros hombres nos llaman mientras un estremecimiento recorre el lugar. Regresamos de inmediato a la cripta principal, donde se encuentran mirando hacia la pared del frente; se ha deslizado y aparece toda una habitación llena de computadoras.
—Ahora sí, necesitamos a Luci —digo al introducirme en ella.
—Espérate, Ale; aprieta aquel botón rojo que ves allí —me indica un gran botón en una esquina. No pregunto; quiero aprender rápido para revisar este maldito lugar y encontrar a mis padres, vivos o muertos.