173. ESPECTROS DEL PASADO
ALESSANDRO:
Sin esperar a escuchar más, salgo corriendo hacia dónde me indicara el Pelirrojo, con mi corazón latiendo aceleradamente.
El miedo a que sea verdad que todos estos años mis padres pudieran estar encerrados aquí me nubla el entendimiento.
Rufo corre y me detiene por un brazo porque estuve a punto de caer en una trampa.
—Espera, Ale, deja que yo vaya delante —me pide colocándome detrás de él.
—¿Serán ellos? —Apoyo una mano en el hombro de mi amigo porque siento que mis piernas no me sostienen.
—Ahora lo sabremos —contesta Rufo con el ceño fruncido, sin alejarse de mí—. Ale, pon tus pies donde pongo los míos. Concéntrate en esto ahora, hay muchas trampas.
Aspiro profundamente, haciendo un gran esfuerzo por controlarme.
Avanzamos lentamente porque es verdad lo que dice, hay incontables trampas.
Debemos, en muchas ocasiones, saltar o sujetarnos del techo y avanzar así.
¿A qué mente macabra se le ocurrió este lugar?
Al fin podemos seguir caminando normal. Rodeamos una estancia donde comenzamos a escuchar los gritos e insultos que dice sin parar la voz de una mujer.
Al fin, llegamos, levantamos nuestros focos y no puedo creer lo que ven mis ojos.
A veces, ni las peores pesadillas son ni remotamente el reflejo de lo que nos pasa en la vida real.
Y lo que yo estoy observando en estos momentos va más allá de las peores imágenes de una terrible escena que pueda reflejar la mejor de las películas de terror.
—Rufo, ¿estás viendo lo mismo que yo? —Tenía que preguntar, es tan macabro que hasta dudo de lo que mis ojos están mirando.
—Yo también lo veo, Ale, son reales —contesta con la misma expresión de espanto que yo.
Bajo el haz de luz de nuestros focos, aparecen dos esqueletos humanos andantes.
Sí, como les cuento, son solo piel y huesos.
La mujer, al vernos, comienza a lanzar todo lo que tiene a su alcance, mientras nos dice los más increíbles improperios.
Es muy blanca, al igual que su largo y sucio cabello; dentro de las cavidades que van los ojos, muy atrás, se ven dos bolas que tal parece se van a caer en cualquier momento de color carmelita.
La luz de Rufo, que está paralizado como yo, alcanza ahora al esqueleto de un hombre, que hace el intento de ponerse de pie en la celda contigua.
También con el cabello blanco sucio, una enorme barba y moretones por todo su esquelético cuerpo.
Se agarra de las rejas hasta que logra alzarse; tiene, al igual que mis hombres, una cadena en sus tobillos.
—¿Qué quieren ahora? —pregunta con un hilo de voz—. Dejen al menos que muramos en paz. Nunca les diremos nada, ¡nada!
—Ja, ja, ja… ¡Cretinos! Ja, ja, ja, pensaron que nos romperíamos tan fácil.
¡Imbéciles! ¡Tráiganme a mis hijos, tráiganme a mis hijos!
—grita lanzando cosas contra la reja, la mujer, con expresión de locura—.
¡Cuando el dragón negro se entere de esto, acabará con ustedes, ya lo verán, los matará a todos! ¡Ja, ja, ja…!
Retrocedo dos pasos ante la escena. Pero al escuchar que me mencionan, intercambio una mirada con Rufo sin saber qué hacer.
—Esos no pueden ser mis padres, no pueden —balbuceo, congelado, sin poder apartar mis ojos de ellos. Rufo, al darse cuenta de lo que me sucede, gira su luz sobre mí. Ellos abren los ojos y se agarran de las rejas.
—¿Los conocen? —pregunta Rufo—. ¿Conocen quién es?
—¡Alessandro! ¡Al fin vino por nosotros! ¡Lo sabía, lo sabía! —grita la mujer, agarrada a los hierros, dejándose caer llorando—. El dragón negro nunca abandona a sus fieles, ja, ja, ja, sniff, sniff, sniff, ja, ja, ja…
El viejo en la otra celda logra arrastrarse hasta la reja con los ojos entrecerrados. Se pone de pie con gran esfuerzo sin dejar de mirarme.
—¿Eres el niño Alessandrito? —pregunta con recelo—. ¿Eres en verdad Alessandro Minetti, hijo?
—Sí, lo es. ¿Quiénes son ustedes? —lo interroga Rufo, porque yo no quiero creer que sean mis padres. No los recuerdo, y mucho menos en esa imagen—. ¿Cómo conocen a Alessandro?
El hombre se deja caer de rodillas ante mí mientras la mujer no deja de reír y llorar al mismo tiempo, tirada en el suelo.
—Mi nombre es Donato. Yo era el jefe de la seguridad de sus padres.
Gracias por encontrarnos, no podía morir sin decirle…
—se detiene con lágrimas en los ojos. Su cuerpo tiembla, se ve que está haciendo un gran esfuerzo—.
Gracias, Alessandrito, gracias. Ella es Mellia, tu institutriz y mejor amiga de tu mamá. ¿No la recuerdas?
—Ella… ¿ella es Mili? —logro al fin articular palabras. La recuerdo, era una bella chica—. ¿Qué pasó?
—Creo que antes debo contarte algo más importante, hijo —siguió hablando con una voz ronca—. Debo, con mis últimas fuerzas, decirte lo que descubrí.
—No, no, señor Donato —lo interrumpo, corriendo a agacharme frente a él—. Vamos a sacarlos de aquí, los llevaremos al hospital. Se recuperarán.
Donato niega con la cabeza, aferrado a las rejas. Le aprieto las manos con fuerza, tratando de infundirle valor y confianza en que haré lo que digo.
—Hijo, deja que te diga algo muy valioso antes —ruega mientras me mira fijamente con seriedad—. Es el motivo que me ha mantenido con vida todos estos años. Se trata de tus padres.
—¿Mis padres? —El corazón vuelve a acelerarse al escucharlo.
—Sí, los encontré, hijo, los encontré —mi sorpresa es tan grande que no logro articular una palabra—. Están, están…
Pero antes de terminar, le ataca una fuerte tos que no lo deja hablar, señala con su mano hacia un lugar en la oscuridad, mientras mueve la boca de donde no sale un sonido.
—¡Le está dando un infarto, Ale! —Rufo corre a mi lado, introduce las manos por los barrotes y trata de darle los primeros auxilios—. Debemos encontrar dónde está esa abertura que abre las rejas.
Ambos comenzamos a buscar alrededor de la entrada con desesperación, hasta que al fin veo el símbolo; meto el emblema y el sonido metálico de las puertas al abrirse nos hace salir corriendo.
Rufo continúa dándole los primeros auxilios a Donato, mientras yo sostengo la luz desesperado.
Tiene que decirme dónde están mis padres, no puede morir.
Al fin, lo veo tomar una bocanada de aire y respiro aliviado.
—Tenemos que llevarlo al hospital ya —me indica Rufo.
—Rufo, no puedo irme sin ir a ver lo que dijo, no puedo, Rufo —me niego a no buscar a mis padres—. ¿Y si es verdad que mis padres están igual que ellos? ¿Seguro no puede esperar un rato?
—Ya sé, vete a buscar al Pelirrojo, lo dejaremos con ellos.
No podemos trasladarlos nosotros solos —me indica mientras sigue atendiendo a Donato—.
Tú tienes razón, Ale, debemos localizar a Lilian, que nos diga ese trabalenguas, para poder desactivar todo y sacarlos de aquí.
Por donde vinimos no podemos cargar con ellos. Es humanamente imposible.
—¡Tiene que ser ahora, Rufo! —No sé cómo puede pensar en todas esas cosas sabiendo que mis padres pueden estar en esa misma situación—. Llama a Migue y pregúntale tú, contigo ella va a hablar.