172. ENCONTRANDO A MIS HOMBRES
ALESSANDRO:
Levanta los hombros, concentrado en estudiar los mapas. Quiere seguir investigando todo y yo también, porque si están estas mujeres aquí abajo, en algún otro lugar deben estar otros prisioneros. Quizás es aquí donde meten a todos sus enemigos.
—No lo sé, quizás, eso lo analizaremos después —dice tomando los mapas—. Ahora sigamos en lo nuestro. Hay muchos pasadizos y todos con celdas. En serio, esto era una prisión. Creo que vamos a revisar uno o dos hoy, son muchos, Ale.
—Está bien, vamos a hacer eso. Resolveremos luego lo de las mujeres. No me gusta que Berthold haya aparecido —lo sigo despacio por el pasillo que tomó.
—Olvídalo, si es él, lo descubriremos. Vamos por ese pasillo que se ve que lo utilizan a cada rato; tiene muy marcados los lugares donde debemos colocar los pies —me indica uno que claramente muestra un trillo de pasos.
—¿No tendrán luces? —Esto no me gusta, pero ya quiero investigar todo.
—Parece que no, Ale, sígueme —Rufo toma un gran farol y yo hago otro tanto—. Pon tus pies exactamente donde los coloque yo. Están definidos muy bien los pasos.
Lo hacemos; avanzamos despacio, colocando nuestros pies donde se ven las marcas.
A veces debemos saltar para llegar a la próxima.
Avanzamos un gran trayecto hasta ir a dar con otra enorme estancia llena de celdas; esta vez son hombres atados con cadenas.
Los alumbramos y ambos nos quedamos de una pieza.
—¡Jefe, al fin nos encontró! —exclaman casi todos.
—¡Pelirrojo! ¿Qué haces aquí? —pregunto realmente asombrado y asustado a la vez al verlo en la primera celda. Está muy demacrado, barbudo, pero el dragón negro en su mano nos hace reconocerlo, y junto a él, a todos mis hombres desaparecidos—. ¿Y si tú estás aquí, quién es el que está en mi casa?
Esto no era de un día, sino de años. ¿Sería el espía que tanto hemos buscado?
Mi mente empezó a correr más rápido de lo que lo hacía mi respiración.
Sabía que en mi mundo los errores cuestan caros, pero esto era un nivel completamente distinto.
El Pelirrojo se tambaleó hacia los barrotes como pudo, arrastrando las cadenas mientras intentaba enfocarme.
—¡Jefe, al fin me encontró! Gracias, muchas gracias —dice cayendo de rodillas con lágrimas en los ojos. Se detiene de pronto y levanta la cabeza para preguntar—. ¿Qué quiso decir con eso, jefe?
Rufo y yo intercambiamos miradas de entendimiento. La furia comenzó a hervir en mi sangre. ¿Cómo era posible que hubieran engañado a todos en mi propia casa? ¿Cuánto había traicionado ese falso Pelirrojo? Me acerqué al hombre que me había servido por años con lealtad.
—En mi casa tengo un hombre igual a ti, haciéndose pasar por ti, todos estos años —respondo, sacando mi teléfono para avisarle a Damián, y de paso ya sé quién es el espía—. ¡Ese es el espía! Mi familia está en grave peligro. Tenemos que irnos, Rufo.
—Espere, señor —me detiene el Pelirrojo—. ¿Dice que es igual a mí, que hasta usted se confundió? Debe ser mi hermano gemelo, Acher. De seguro trata de averiguar qué pasó conmigo. Pero es incapaz de ir en contra de su familia; él es un buenazo.
Su declaración me taladró los oídos. Miro a Rufo, que es el encargado de investigar a todos nuestros hombres antes de entrar a mi casa, y niega con la cabeza. Se acercó un paso más hacia el grupo de hombres encadenados y levantó el farol para mirarlos bien a todos.
—¿Tienes un hermano gemelo? —pregunto de nuevo, sin poder creerlo.
—Un momento, Ale, eso déjalo para después —interviene Rufo—. Pelirrojo, ¿sabes cómo se abren estas celdas?
—No, ellas se abren, pero no sé cómo —contestó de inmediato—. Cuando vienen a torturarnos, se abren de un golpe todas. Por eso estamos encadenados.
—¿Desde cuándo estás aquí? —Miro el surco que han hecho las cadenas en sus tobillos, lo cual me dice que hace muchos años.
—Desde la noche del atentado de su esposa y su niño —responde y cae de rodillas de nuevo, siendo imitado por todos los demás—.
Perdón, jefe, perdón, debí evitarlo a toda costa.
Pero nos tendieron una encerrona; nos avisaron que usted había salido hacia aquí.
No sé cómo lo hicieron, pero el caso es que, cuando aparecimos, alguien nos guió hasta el sótano del museo, y lo otro que recuerdo fue aparecer aquí.
El recuerdo de esa noche me choca como un tornado. Por un momento, nuestras miradas se cruzaron, y en aquellos ojos vi todo el fuego que había contenido desde ese atentado en el que lo perdí todo.
—¿Sabes quién les hizo esto? —preguntó Rufo, manteniendo su sangre fría de siempre.
—El dragón de fuego —afirma de inmediato.
—¿Lo has visto? —Inquirí a continuación.
Paro; Rufo está concentrado en ver cómo los saca de allí. Comienza a mirar todas las paredes alrededor. Y me percato que eso es lo primero; debo sacar a mis hombres de aquí, han sufrido demasiado y no me han traicionado. Lo demás puede esperar.
—Ale, deja la preguntadera para después, vamos a ver si encontramos cómo abrir las rejas; tenemos que sacarlos de aquí —interrumpe Rufo—.
Deben abrirse con tu llave; tenemos que encontrar el lugar que lo acciona.
Está todo tan oscuro que no puedo distinguir mucho.
Aquí dice que está a cuatro pasos a la derecha de la entrada.
—Un momento, señor Rufino —interviene el Pelirrojo—. Creo que mejor nos dejan aquí y siguen avanzando, por aquel pasillo.
Nos detenemos y regresamos para verlo mejor. Su visión de cerca es todavía más aterradora. Pero me intriga que no quiere que lo saque de inmediato, que debía ser su prioridad.
—¿Por qué? No los dejaré aquí —le digo firmemente—, mira las llaves de las cadenas allí; deben ser esas. Me los llevaré a todos ustedes ahora.
—¿Por qué nos pides eso, Pelirrojo? —pregunta Rufo, que mantiene su serenidad de siempre.
Lo dejo hablando mientras voy por las llaves que tienen números y se las comienzo a repartir a mis hombres, o lo que queda de ellos. Son puro esqueleto y algunos de ellos no se pueden levantar.
—No sé quién puede ser, jefe, pero de allá escuchamos a cada rato gritos de tortura.
Y alguien les grita que, cuando usted los agarre, se las pagarán, que nunca sabrán por su boca lo que quieren, que el dragón negro es invencible y ella jamás lo traicionará —mi corazón salta acelerado al escuchar tal cosa—.
Y grita y grita sin parar. Es una mujer junto a un hombre.
—¿Una mujer? ¿Serán mis padres, Rufo? —Casi no puedo respirar por la velocidad en que salta mi corazón—. Vamos, vamos rápido. ¡Cielos, que no sean ellos!