¡Ups! ¡No me equivoqué! 171. SECRETOS ATERRADORES
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171. SECRETOS ATERRADORES

ALESSANDRO:

Insiste en que haga lo que dice la libreta negra y que me aleje de la puerta con decisión.

Realizo todo como dice Rufo. Al momento, un ruido metálico se escucha; del techo baja una especie de rejilla de metal, al tiempo que la puerta se cierra herméticamente y se escuchan unos cerrojos.

Para finalizar, de nuestra izquierda sale, como las veces anteriores, una pared y sella el lugar de la puerta.

—Ahora sí, se cerró. ¿Y ahora qué? —Todo esto me asombra y al mismo tiempo me hace temer. Lo miro mientras me dice que realice todo al revés—. ¿Al revés?

—Sí, una derecha, una izquierda, y dos derechas; y en vez de tirar, empuja lo que sale y se abrirá —me señala las indicaciones en la libreta y me da una palmada en la espalda, alejándose.

—¿Dónde lo hago, Rufo? No veo la marca del emblema, solo ese hueco —le muestro; esto no me gusta nada.

—Mete la mano por él y encontrarás el mismo hueco —lo dice tan seguro que me molesta un poco. ¿Y si es una trampa y me cortan la mano?

—¿Tengo que entrar mi mano? ¿No habrá ninguna guillotina que me la corte? —pregunto lo que estoy pensando.

Suelta la carcajada burlándose de mí. Nunca he sido un cobarde; es la primera vez que me ve tan temeroso y eso le divierte. Le lanzo un gancho al estómago que elude sin dejar de reír.

—Ale, no la hay. Al menos, aquí no la muestra —muestra la libreta negra—. Nada más saca la mano rápido cuando lo hagas.

—No me gusta, no me gusta —protesto, pero no me queda de otra. Es preferible perder mi mano yo que él—. Ya lo coloqué, entonces una derecha, una izquierda, dos derechas, empujo y saco mi mano.

Hago todo lo que indica con cuidado. Para mi alivio, otra vez la pared se desliza, hasta desaparecer en la esquina; la rejilla metálica sube, la puerta se abre y el pasillo se ilumina. Respiro aliviado de ver que no sucedió nada malo.

—No tenías que tener miedo —insiste burlonamente.

—¿Quién tenía miedo? —Lo golpeo juguetonamente—. Lo que no me gusta. ¿Hay alguna otra trampa?

Niega con la cabeza y se introduce; lo sigo receloso.

Luego tira de la palanca, que cierra la puerta, y es cierto; un metal gigante en forma de guillotina baja, sellando.

Sigo a Rufo, que camina mirando el mapa.

El pasillo es torcido y da unas cuantas vueltas hasta ir a parar a una estancia con múltiples celdas de prisioneros.

—¿Qué diablos es esto? —pregunto con incredulidad.

—Al parecer, como observas, es una prisión —responde con sarcasmo—. Avancemos por aquel pasillo; toma uno de esos focos.

Encendemos los faroles que encontramos; se ve que aquí, a cada rato, al parecer vienen a reunirse.

Hay botellas de bebidas por todo el lugar.

Avanzamos y unos quejidos comienzan a escucharse; seguimos el sonido hasta ir a parar a otra estancia con celdas.

Nos quedamos atónitos al ver lo que hay dentro de ellas.

Esposadas en unas camas, en diferentes celdas, mujeres desnudas y, al parecer, drogadas.

Sin excepción, todas se aterrorizan al vernos entrar.

Se hacen un ovillo en sus camas y se abrazan entre ellas.

Muchas están marcadas, llenas de golpes y heridas.

Las hay de todos tipos y colores, la mayoría jóvenes.

—¡Dios santo! —no puedo creer lo que veo—. ¿Esto qué cosa es, Rufo?

—Al parecer, como puedes ver, un prostíbulo particular —habla tan fríamente como es su costumbre, inspeccionando todo—. Sí que tenemos que depurar a los dragones.

—¿Qué hacemos ahora? No podemos dejarlas así; tampoco podemos cargar con ellas, son muchas —me encuentro desconcertado; no esperaba encontrarme una escena como esta.

Seguimos mirando todo a nuestro alrededor.

Sugiero encontrar primero las llaves de las celdas mientras sigo observando todo.

Luego, mandar a buscar un transporte para llevarlas a un hospital, pero en la noche.

No debemos alertar a la policía ni a nadie; este laberinto es nuestro y no debemos darlo a conocer.

—Dedicaré toda un ala del hospital para eso, en la parte de psiquiatría —dice Rufo mientras examina a las mujeres—. No podemos dejar que esto salga a la luz, Ale, o nos destruirán.

—Estoy de acuerdo, tenemos que saber quiénes eran los que hacían esto —digo con firmeza; somos de la mafia, pero no tan estúpidos.

—Va a ser fácil; mira cuántos videos hay allí —señala un estante en la esquina—. Ahora vamos a seguir, Ale; no creo que sean ellas a los que se referían los que hablaron de los prisioneros.

Estoy de acuerdo con él; decían que los interrogaban y estas mujeres son utilizadas como prostitutas. Ahora estoy de acuerdo en investigar este lugar. Pero me detengo al escuchar que suena mi teléfono; es un milagro que tenga señal aquí abajo.

—De seguro tienen algo para que sea así. Contesta —se aleja revisando todo en lo que contesto la llamada.

—Sí, Marino —es mi segundo al mando de mis hombres cuando no está Humberto.

Me informa que hay dos dragones aquí queriendo entrar en la cripta. De inmediato me niego, exigiendo que le digan que estoy reunido, pero insisten en que tienen algo importante que hablar conmigo y que tiene que ser ahora.

—Jefe, dicen que tiene que ser ahora. Es de urgencia —insiste Marino.

—Pon uno al teléfono —le pido furioso.

—Hola, jefe, es Berthold —tenía que ser él—. Necesito hablarle con urgencia, es sobre el dragón de fuego.

—¿Y ese quién es? —me hago el que no sé nada.

—¿No lo conoce? —Puedo escuchar su asombro—. ¿Por qué me dijeron que usted lo andaba buscando? Hasta una recompensa hay, ¿no es usted?

—¿Para qué quiero más dragones? Con los que tengo, me es suficiente —grito al teléfono, molesto—. ¿Sabes quién es? ¿Para eso es que quieres verme?

—No, jefe, no sé quién es; solo vine a brindarle mi apoyo —me percato por el tono de su voz que miente.

Guardo silencio un momento mientras pienso. Es evidente que me tienen vigilado. Por eso le pregunto cómo supo que estaba aquí; niega de inmediato, alegando que lo supuso porque vio a mis hombres haciendo guardia afuera.

—¿Puedo pasar, jefe? —pregunta a continuación.

—No, estoy reunido y es verdaderamente importante —niego categóricamente—. Te llamaré cuando termine, para ponernos de acuerdo en encontrarnos.

—Pero, jefe…

—No puedo hoy, estoy muy ocupado —este hombrecito es un peón de alguien más y solo quiere ver qué hacemos—. Hasta luego, Berthold.

Cuelgo y miro a Rufo, que está concentrado en mirar el mapa. Voy a su encuentro y en verdad no sé cómo logra leer ese complejo de rayas y signos que tiene el mapa. Hay una señal que me llama la atención.

—¿Crees que esto sea de Berthold? —le pregunto señalando el lugar—. Es muy sospechoso que haya aparecido precisamente ahora. ¿Tendrá algo que le avise que alguien entra aquí?