170. DESCUBRIENDO NUEVAS COSAS
ALESSANDRO:
Rufo asintió con gravedad, revisando una vez más las anotaciones en la libreta, buscando la confirmación de que no estaba mandándome directo al matadero.
Mientras tanto, yo observaba ese hueco en la pared como si fuera un abismo dispuesto a tragarse mi brazo entero.
Tomé aire y me armé de valor; esto no podía ser peor que todo lo que ya había enfrentado.
—No, aquí dice que nada más los dragones principales lo sabían —eso me llena de tranquilidad—. Tus padres, Kenet y el dragón blanco. Y ya oíste que ellos lo están buscando, así que no deben saber nada de esto.
—Es verdad —miraba el hueco donde debía meter mi mano—. Se ve que esto nadie lo ha tocado hace mucho tiempo. Muy bien, ya lo hice.
Al terminar de hacer lo que me pide Rufo, nos asombramos al ver cómo toda una pared se desliza por delante de donde estaba la puerta, tapando todo.
Queda exactamente como si siempre hubiera estado allí, no deja ninguna señal que indique lo contrario.
Miro a Rufo, que sigue concentrado leyendo la libreta negra.
Giro mi cabeza para cerciorarme de que la otra puerta que nos trajo aquí sigue abierta; respiro aliviado al ver que sí.
—¿Y ahora cómo abriremos? —Esto, aunque a él lo emociona, a mí me da escalofríos—. Las cerraduras quedaron detrás de esa pared.
—Vamos a regresar a la cripta principal a ver qué pasa —dice Rufo y echa a andar.
Lo sigo; no me gusta esto que hacemos. Él está entusiasmado; todo lo que ponga a prueba su gran ingenio, le fascina.
Todo lo contrario a mí, que me gustan las cosas claras.
Desandamos el camino, y al salir repetimos lo mismo.
Y vuelve a suceder: una pared se desliza por delante de la puerta, sellándolo todo, como si jamás hubiese existido nada allí.
Solo la presencia de un polvillo en el ambiente que de a poco se disipa la delata.
—Al menos ahora sí estamos seguros de que nadie entrará o saldrá por ahí —digo, girando para ver a Rufo—. ¿Qué sigue ahora?
—Quita el cuadro —me señala—. Cuida de esa marca que tiene ahí. Es la evidencia de que alguien lo mueve.
—¿Por qué? —tenía que tomar el control de este lugar—. No pienso dejar que sigan entrando y saliendo como les dé la gana a partir de hoy; sellaré todo con mi llave, para que no puedan abrir.
—No sabemos todavía si están en posesión de las llaves dos, tres y la mía, que tampoco conocemos, qué puertas abren y cierran —indica Rufo y sé que tiene razón—.
Aparta el cuadro con cuidado; también nos servirá para descubrir quiénes son los que conocen este secreto, y si ese que escuchamos es en verdad el dragón de fuego, lo atraparemos.
Asentí con la cabeza, pero la idea de que estén entrando gentes sin nuestro conocimiento, que nos pueden atacar en cualquier momento, no es de mi agrado. Muevo el cuadro con cuidado de no dañar la marca.
—Vaya, eso sí es una puerta —no puedo dejar de exclamar—. Parece la de una bóveda de banco. No está sellada, Rufo.
—¿Qué quieres decir? —vino de inmediato a mi encuentro.
Le muestro que está abierta; nada más está juntada.
La inspecciona con minuciosidad, diciendo que eso solo puede significar una cosa: ellos no tienen la llave.
Pero eso nos lleva a otra conclusión, ¿cómo pudieron abrir?
Era algo que ninguno de los dos sabía. Puede que se mantuviera abierta para todos.
No parecía tener, por lo que decía en la libreta negra, mucho valor.
Más bien, era como un campo de entrenamiento.
—¿En serio? —miro la explicación y es verdad.
—Sí, prueba a cerrarla; mira la marca ahí a la derecha —me indica Rufo.
—¿No es mejor si vamos a revisar todo y luego probamos a cerrarla? No quiero quedarme encerrado, si la tenían abierta, dejémosla así —volví a advertirle, y era cierto.
—No, Ale, hazme caso —insiste Rufo—. Mira, aquí lo dice: ese emblema que tienes es el principal, abre y cierra todas las puertas, te dije.
Vamos a probar todas las entradas y salidas que encontremos; es importante saber cómo funciona todo.
Haz lo mismo que hiciste antes, coloca tu anillo para ver dónde se abre la cerradura de tu emblema.
—¿Estás seguro? —todo esto me parece un laberinto.
—Léelo tú mismo —es verdad, lo dice claro, con el dibujo y todo—. Es el principal ese.
No espero más, introduzco mi anillo en el hueco y, justo debajo, se abre la marca del mío. Coloco el emblema y lo giro a la derecha, como hice con los demás.
—No pasa nada, Rufo —saco la mano y voy a su lado.
—Um…, espera un momento, no hagas más nada. Deja que termine de leer todas las indicaciones —se acerca a la luz para leer mejor.
Empujo suavemente la puerta y me asomo. Es un largo pasillo oscuro y tenebroso.
No me gusta para nada. Nunca fui dado a los lugares oscuros; no sé por qué no me gustan.
Observo que, cuando mi vista se acostumbra a la oscuridad, hay una pequeña palanca a la izquierda.
La voy a tocar, pero el grito de Rufo me detiene.
—¡No lo hagas, Ale! ¡Saca la cabeza de ahí, es una guillotina!
—¡Diantres! ¿En serio? —salté asustado, alejándome de la puerta con el firme propósito de no volver a tocar nada sin que Rufo averigüe primero qué es.
Rufo camina hacia mí con el ceño fruncido; sigue reclamándome porque estuve a punto de cortarme la cabeza con la guillotina.
—¡Rayos! —me sacudí con el pensamiento—. ¿No crees que es mejor esperar que venga Lili y nos diga eso que abre el teléfono? Así desactivamos todas las trampas y podemos investigar sin miedo.
Niega de inmediato. Me recuerda que los que tienen encerradas a esas personas se van a dar cuenta de lo que hicimos e irían a matarlos.
Debíamos saber si sabían entrar por otras partes de este extraño laberinto.
Ellos llevaban años recorriendo todo y podían conocer todas las trampas y cómo funcionan.
Incluso quizás hasta abrieron nuevas rutas.
—¡Ya lo encontré! —exclamó de pronto—. Es lo contrario de lo que hiciste hasta ahora. En vez de girar hacia la derecha, gira a la izquierda una vez, otra a la derecha y dos vueltas completas a la izquierda. Entonces vas a sentir que sale algo; tienes que tirar de eso.
—Muy bien, aquí vamos —introduje mi mano decidido—. Izquierda una, dos derechas.
—Dos, no, una —me aclara Rufo.
—Empiezo de nuevo. Una izquierda… una derecha y dos izquierdas. Ya, saltó algo. Tiré de él, ¿y ahora qué? —lo miro a la espera de sus instrucciones.
—Espera…, saca la mano, el emblema y salta hacia atrás rápido —eso me suena a trampa. No me muevo mientras me aseguro.
—¿Salto? —pregunto para asegurarme de que escuché bien—. ¿Seguro? No quiero perder una mano.