169. INVESTIGANDO LA CRIPTA
ALESSANDRO:
No pasó mucho tiempo antes de que nuestros pasos nos llevaran de vuelta al lugar donde teníamos que comenzar.
La cripta rezumaba un aire pesado. Caminábamos en silencio, con las linternas titilando en nuestras manos como luciérnagas erráticas, tratando de iluminar la oscuridad que parecía devorarnos con cada paso.
Dejamos a los guardias vigilando todo, para que no dejaran entrar a nadie.
—Ale —giró la cabeza hacia él—. ¿Ves ese hueco ahí al lado de la puerta? Fíjate bien, en su interior tiene la imagen de ese emblema en tu mano; mételo y cierra la puerta, solo gira una vez a la derecha. Nadie podrá entrar.
Aunque un poco receloso, hago lo que me indica Rufo. Escuchamos unos cerrojos abrirse, luego vemos que del techo sale una reja metálica que cierra herméticamente la puerta. Meto de nuevo la llave y le doy a la izquierda, y para mi tranquilidad, se abre. Miro a Rufo, que sonríe.
—¿Qué? —Lo increpo sin vergüenza, es mi amigo—. No quiero quedarme encerrado.
—Está bien —no le hace mucho caso a mis temores—. ¿Dónde dices que se ve que entran aquí?
—Esta es la esquina que dice el abuelo que se abre —señalo la esquina opuesta. Busco el signo del emblema y lo encuentro enseguida; lo coloco y giro. Una pequeña puerta se abre—. Se abrió, Rufo. Vamos a ver a dónde va.
—Espera, hay muchas trampas —me detiene por un brazo—. No hagas nada antes de revisar cada detalle. Está bien, no hay trampas, vamos.
Nos introducimos; es una pequeña estancia que deja ver perfectamente todo lo que pasa en la sala principal. Avanzamos al salir por otra pequeña puerta que se abre también con el emblema, por un estrecho y angosto pasillo que va a dar al almacén del museo en el sótano, justo detrás de un cuadro.
—Ya sabemos por dónde entran y salen —estoy satisfecho de haberlo descubierto, quiero salir—. Regresemos, miraremos detrás del cuadro.
—Espera, Ale, mira el signo tuyo aquí —señala hacia un lugar.
—¿El mío? ¿Qué quieres decir? —camino hacia él.
—El de tu dragón, Ale, míralo aquí, es diferente a aquel otro —observo lo que me enseña con interés—. Coloca tu anillo a ver qué pasa.
A este hombre se le ha despertado el espíritu de investigación, y para ser honesto, a mí no me gusta mucho. Él sigue leyendo los mapas, sin darle importancia a mi temor.
—Rufo, no me quiero quedar encerrado —le advertí con seriedad—. ¿Estás seguro de que no pasará nada si coloco mi anillo ahí?
—Ale, deja la cobardía, vamos; que serás de todo menos cobarde —Rufo me miraba con seriedad.
Lo miré molesto, no es que fuera un cobarde, pero la idea de quedarme encerrado allá abajo no me gustaba para nada. No le habíamos dicho a nadie lo que íbamos a hacer.
—No te rías —espeté caminando hacia el lugar—. Sabes muy bien que no me gustan los lugares oscuros.
—No sé cuándo vas a superar ese trauma —me regañó—. Te dije que tenías que seguir viendo al psicólogo. ¡Deja el miedo y hazlo!
—No quiero a ese viejo doctor metido en mi cabeza —protesté mientras hacía lo que me había pedido—. Está bien, ya lo hice, no pasa nada.
Rufo mira la pared desconcertado mientras vuelve a leer el libro negro y mira los mapas. Luego me pide que presione un poco más.
—¿Viste? —sonríe al ver que se abrió otro agujero con el signo exacto de mi emblema debajo. No entendía nada—. ¿No te has dado cuenta de que el signo, ese que tienes, no coincide exactamente con todas las aberturas?
Asentí, era cierto, me había dado cuenta de ello. Pero las abría, y eso era lo importante. Este hombre lo hacía todo más complicado con su manía de que todo se hiciera excelente.
—Las abre porque el tuyo es el número uno —no entendía nada.
Me mostró la página que estaba leyendo—.
Según esta libreta negra, existen cuatro signos de esos.
El principal, el Uno, que abre todo; el Dos, que abre ciertas cosas; el Tres, que abre menos cosas; uno del guardián, que solo abre estas dos puertas.
Y por último, existe otro que, en unión de ese tuyo, abre la bóveda principal.
¡Guao! Estaba realmente sorprendido por todo lo que había descubierto Rufo y lo que todo este tiempo había tenido guardado la señora Libia. Ahora sí estaba interesado en lo que me decía. Quise saber enseguida dónde estaban las otras llaves que mencionaba.
—Aquí dice que estaban en posesión del Consiglieri, que era tu mamá. Vaya, ahora lo sabemos con seguridad, era ella —me señala dónde lo dice emocionado—. La única que estaba afuera era la del guardián.
—¿Mamá las tenía? —Eso era algo que ni yo conocía—. El abuelo no debe saber nada de eso; me lo hubiera dado.
Rufo estaba de acuerdo conmigo. Se quedó pensativo mientras buscaba en la libreta negra, diciendo que a lo mejor estaban en su habitación, entre sus cosas, en la casa. Lo miré sin entender; jamás había visto esa habitación que mencionaba.
—¡Nunca la he visto! —aseguré de inmediato—. Yo creo que mis abuelos la eliminaron. Le preguntaré al abuelo si guardaron sus cosas.
Se quedó con los ojos entrecerrados; él tampoco la había visto. Estaba seguro de que mi madre debió guardar todo en algún lugar de la casa. De repente, comenzó a decir:
—Ahora comprendo por qué le atraparon la mujer a James. Querían estas llaves. Lo averiguaremos a nuestro regreso. Ahora introduce el emblema y, en vez de girarlo a la derecha, hazlo dos veces a la izquierda y una a la derecha.
—¿Para qué, Rufo? ¿Estás seguro? —No me gustaba para nada meter mi mano en un hueco extraño en la pared—. Esto cada vez me llena de recelos.
—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó con decisión—. Aquí dice que si lo haces, se sella y solo se puede abrir con la llave maestra que debe ser esta otra.
Miraba todo con recelo; era cierto lo que decía, el dibujo en la libreta coincidía con la que tenía en mi mano. Las demás que supuestamente debía tener él por ser mi Consiglieri.
—Pero no las tengo; también dice que la contraseña está en ese teléfono negro —siguió explicando con claridad—. Con ella, según lo que dice aquí, se abre todo y se anulan las trampas.
—¿No es mejor dejarla así, para atrapar al dragón de fuego? —pregunté al ver que tenía razón.
—Ale, está claro que ellos tienen un emblema; ¿y si nos dejan encerrados o nos atacan? —Era un buen punto—. Prefiero atraparlo de otra manera. Haz lo que te digo, no quiero correr riesgos innecesarios.
—Tienes razón en eso, Rufo —estuve de acuerdo—. ¿Así que le doy dos izquierdas y una derecha? ¿Estás seguro de que ellos no saben esto?