168. ABRIENDO EL CORAZÓN
ALESSANDRO:
Recuerdo esa época; parecía un animal receloso y asustado, mientras yo rebosaba alegría por tener al fin un hermano. Aunque no fuera de sangre, era uno que yo había escogido. Me esforzaba por demostrarle que era sincero con él.
—Nunca más quería volver a ser vulnerable.
Quería evitar que todo el mundo se sintiera con el derecho de hacer conmigo lo que le daba la gana.
Y gracias a ti, lo logré —ahora su expresión era sincera—.
La verdad, nunca supe dónde metieron los cadáveres de mis padres; los desaparecieron una noche.
Por eso entiendo el miedo que tienes ahora; no sé qué sería de mí si me dicen eso, que los han tenido todos estos años prisioneros, torturándolos.
No te preocupes, Ale; lo que sea, lo enfrentaremos juntos.
—Gracias, Rufo; muchas gracias —apreté su mano con sinceridad—. Si llegan a ser ellos, sería un gran golpe para mí. No sé si lo podré superar, ni mirarles a sus caras.
—Ale, aunque te hubieras hecho cargo de los dragones en ese entonces, nada de esto que tenemos en nuestras manos ahora —señaló el baúl que nos había entregado mi suegra—. A toda esta información me refiero, hubiera llegado a nosotros.
—No importa, Rufo; en algún momento tú y yo hubiéramos descubierto todo —digo con sinceridad.
—Ale, no te pongas así. No había manera de que lo supiéramos —insiste de nuevo, y sé que es verdad, pero no por eso deja de doler menos—. ¿Es que acaso sabíamos algo de Lilian? No, el abuelo nunca te dijo nada porque las creyó muertas.
Tengo que reconocer que tiene razón en eso que dice. El abuelo se había guardado eso para él. Ni cuando me enteré de las empresas en Escocia sospeché nada. Pensé que las había comprado y puesto a mi nombre; nunca me explicó nada.
—Bueno, sabes que el abuelo no es dado a dar explicaciones —y era cierto, todavía había muchas cosas que no sabía—. Con la enfermedad fue que empezó a decir lo que me ocultaba por miedo a olvidarlo.
—Por eso, es casi un milagro que Lilian haya aparecido en tu boda —estoy de acuerdo con él—.
Todavía sospecho que, aunque dicen que fueron Galatea, la ex prometida de Andrea, y la directora Eva, opino que alguien más que sabía quién era ella en realidad te la envió.
Es demasiada coincidencia, y sabes que yo no creo en las coincidencias.
—Rufo, yo tampoco creía en ellas —mi vida está llena de caos—. Pero, como ves, cada día que pasa, los hechos que suceden en mi vida me convencen de lo contrario.
—Sí, eso no puedo negarlo —sonrío; este amigo mío solo cree en la ciencia.
Pero veo que, como yo, que solo creía en lo que veía y escuchaba, está comenzando a ceder ante lo que nos sucede—.
Fue tremenda casualidad que agarraras ese emblema nada más porque lo habías visto en la cripta.
¿Quién sabía que abría esa pared que iba a dar a esa bóveda?
Jamás me hubiera imaginado que existía en ese lugar todo eso que dicen estos mapas.
—¿Qué quieres decir? —me acerco para mirar el mapa que comienza a extender en el buró—. ¿Existen más lugares?
—¡No tienes ni la menor idea, Ale! ¡Es una ciudad llena de trampas y de cosas que tenemos que descubrir!
—exclama emocionado—. Solo repasé las que están conectadas directamente a la cripta principal.
En verdad, si no llegas a tener curiosidad por esa marca que viste en la pared, que se asemeja a este emblema, creo que nos hubiera llevado mucho tiempo averiguar todo.
Eso sí fue una tremenda casualidad, como este baúl que guardaba la señora Libia.
Estoy sorprendido viendo las líneas de diferentes colores que me muestra en los mapas que sacó del baúl y que dicen ser de la cripta mortuoria sede de Los Dragones. Realmente había sido casualidad que tomara ese emblema; también de haber escuchado a aquellos dos.
—Esos dos mencionaron que el abuelo desaparecía en los otros museos; ¿crees que sepa de esto? —pregunto emocionado por este misterio a descubrir.
Niega con la cabeza; todas las informaciones estaban allí y habían estado en posesión de Kenet, no sabía por qué. Consideraba que, según las costumbres de las organizaciones, el Consiglieri era quien debía guardar todo. Eso era cierto; él tiene toda la información de nosotros.
—Que yo sepa, Kenet era el segundo al mando, pero no el Consiglieri —sigue diciendo—. ¿Por qué el dragón rojo las poseía? ¿Quién era el Consiglieri de tu papá, Ale?
—Pienso que era mamá —entrecierro los ojos pensativo—. Me parece que una vez escuché al abuelo hablando con el jefe de la seguridad de mis padres y le decía eso.
—¿Él no iba con sus padres en el yate? —me interrumpe Rufo.
—No lo sé; el abuelo nunca me ha hablado de eso —confieso; si me hubiera dicho todo, quizás ya lo hubiéramos investigado.
Ambos guardamos silencio pensativos. Teníamos que volver a investigar el accidente de mis padres. A lo mejor era verdad lo que sospechaba el abuelo. Él insiste en que tienen prisioneros a mis padres en algún lugar. Es algo que repite desde que tenemos uso de razón; no acepta que están muertos.
—A lo mejor el abuelo tiene razón —dice pensativo.
—No me digas eso, Rufo —mi corazón salta acelerado—. Dale, vamos ahora mismo a revisar todo aquello. ¿Quién opinas que sean esos dos que estaban hablando en la cripta? Los que hablaron de las trampas en la cripta y que iban a agarrar a Lili y Migue.
—No tengo ni la menor idea —respondió con seriedad—. Aunque de seguro lo descubriremos, como siempre, juntos.
La cripta era un gran misterio, llena de secretos guardados entre sus paredes centenarias, tejiendo una red invisible que nos atraparía sin remedio si no los reveláramos nosotros mismos.
—¿Cómo vamos a hacer para no caer en esas trampas? —pregunté con preocupación. Odiaba los lugares oscuros, sobre todo los que estaban debajo de la tierra.
En respuesta, Rufo recogió todos los mapas, que mostraban dónde estaban las trampas.
Si las seguíamos al pie de la letra, podríamos descifrar por dónde caminar sin activarlas.
Lo miré dudando; no entendía nada de eso que decían.
No quería quedarme encerrado debajo de la tierra; odio esos sitios húmedos y oscuros.
—No lo sé; vamos a ir ahora —señaló las cosas en el baúl—. Coge el emblema, la llave y vamos.
Tomamos todo lo que consideramos que nos va a hacer falta.
No me gusta para nada andar metido por debajo de la tierra; nunca me ha gustado.
Tengo realmente respeto por esos arqueólogos que les gusta investigar; yo soy de la superficie.
Pero esto es algo que debemos hacer Rufo y yo, nadie más.
No sabemos qué nos vamos a encontrar allá abajo.