¡Ups! ¡No me equivoqué! 167. CONVERSACIÓN ENTRE AMIGOS
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167. CONVERSACIÓN ENTRE AMIGOS

ALESSANDRO:

Me levanto de un salto al escuchar a Rufo; está recogiendo todo lo que tenía regado por el piso. Mientras separa una libreta negra y la enorme cantidad de mapas, pregunto:

—¿Cuándo llegaste?

—Hace más de una hora. Entré a decirte que ya tengo casi todo listo para operar a la señora María, y me encontré con todo esto —entiendo lo que dice, por eso no lo interrumpo—.

Debo esperar aún por algunos resultados.

Por eso vine a ayudarte; vi que mirabas a Lili y te quedaste dormido, te ves cansado, por eso te dejé dormir.

—Sí, lo último que vi fue que se detuvieron en un hotel —no me canso de mirar el video de ellos—. ¿Sabes por casualidad cuál es?

Rufo niega con la cabeza; estuvo atareado con la señora María en el hospital. Sin embargo, habló con Migue. Aunque no le gusta mentirle, por no delatarme lo hizo. Cuando le preguntó si habíamos estado en España, le dijo que no. No podía estar seguro de si se dio cuenta de que le mentía.

—Gracias, Rufo; después le puedes decir la verdad —sabía que eso le costaba mucho trabajo. Por eso cambio de tema—. ¿Viste los dragones en esa libreta negra? Por desgracia, eliminaron al dragón de fuego.

—Sí, lo vi, como también todas las llaves que abren... —me informa de inmediato—. También hay muchas informaciones más. Por lo visto, como siempre, solo miraste los dibujos. Creo haber descubierto muchos misterios.

Me río mientras lo ayudo a terminar de recoger todos los papeles esparcidos por el despacho. Me conoce bien; fue eso mismo lo que hice exactamente.

—¿Qué misterios descubriste? —Estoy muy curioso ahora mismo—. No entendí muchas cosas que explicaban. Bueno, solo las miré por arriba, moría por darme un baño y ver a mi Lili. ¿Quién crees que son los que tienen encerrados? ¿Mis padres?

Rufo no contestó de inmediato; levantó los hombros en señal de que no sabía. Pero creía que no eran mis padres de los que hablaban.

—¿Recuerdas la historia que cuentan la señora Libia y el abuelo? —preguntó de pronto.

—¿Cuál de ellas? —Me habían hecho tantas que no las recordaba todas.

Se giró hacia mí, recordando la historia de mi suegra de que iban a recoger a Lilian en Génova y murieron en un accidente.

Pudo leer que nunca pudieron recoger los cadáveres, según se habían quemado completos.

Eso era mentira; como doctor sabía que siempre quedaba algo de ellos, aunque fueran sus cenizas, se pueden analizar y saber si eran ellos.

También que Kenet lo había intentado, pero murió antes de asegurarse de ello.

—Tenía la esperanza de que fueran mis padres —suspiré, sentándome en un sillón—. Aunque en verdad, en mi mente rezaba para que no lo fueran. Porque sería terrible saber que han estado encerrados tantos años siendo torturados. Yo me sentiría realmente muy culpable de ello.

Rufino se giró de inmediato a verme con el rostro lleno de interrogación.

Suelto mi aire completamente. Desde mis dieciocho años, debía hacerme cargo de esa organización y me negué rotundamente; nunca me interesó ser un mafioso.

Estaba realmente furioso con mi abuelo y mis padres por haberse metido en esas organizaciones.

No teníamos necesidad de hacer negocios sucios; dinero era lo que nos sobraba.

—Sabes muy bien que me negué de todas las maneras; cedí cuando me encapriché en Celia, hice todo lo que me pidió mi abuelo, excepto dirigir la organización de los dragones —paso una mano por mi cabeza, como si pudiera borrar toda la culpa que me hace sentir mi negativa—.

Solo acepté cuando se enfermó abuelo, y porque me convencí de que era verdad; él había asumido ese cargo para buscar a mis padres. Por eso lo complací y asumí el cargo.

—Te entiendo, Ale; me pasó lo mismo con los míos.

Por mucho que les dije que no pidieran préstamos a aquellos hombres, que yo podía trabajar para pagar mis estudios —recuerda Rufo también con un suspiro—.

A pesar de mis esfuerzos, ellos se involucraron cada vez más con prestamistas, hasta que los asesinaron por no poder pagar y negarse a entregarme a mí, para que hiciera sus cuentas.

Era por lo que el tipo que mataste me golpeaba; quería que yo trabajara para su jefe.

—Lo siento, Rufo; lo siento mucho —lo digo con sinceridad—. Nunca hablas de eso; debe ser muy doloroso para ti.

—Lo es, Ale, lo es. Más porque la última conversación que tuve con ellos fue una discusión, donde les advertía que si lo seguían haciendo, me iba a ir y más nunca me verían —la voz de mi amigo se vuelve grave, lo que me demuestra el dolor que está sintiendo—.

Quería que dejaran de sentirse presionados por mi inteligencia; todos los maestros les decían que yo debía estudiar en un colegio mejor.

Eso fue lo que hizo que se endeudaran; me pusieron en una escuela particular.

¿Sabes lo culpable que me sentía, cómo odiaba ser inteligente?

—Has pasado como yo por el infierno, Rufo —reconozco, dándole una palmada en la espalda—. Creo que por eso me detuve ese día. Reconocí mi dolor en tu mirada y que no te importaba que te mataran.

Guardamos silencio por un momento; no conversábamos así muy a menudo, desnudando el alma. Ese día en que maté al primer hombre de mi vida, él quería que acabara con su sufrimiento. Prefería morir a servirle a los asesinos de sus padres. Él los había conocido, no como yo, que no recuerdo cómo eran.

—No sabes la rabia que me dio cuando me salvaste —siguió diciendo—. Sobre todo, cuando me desperté y supe que ahora estaba en deuda con el capo mayor de la mafia italiana. Me sentí maldito.

—¿En serio? Nunca me lo dijiste —lo miré con atención—. ¿Qué te hizo cambiar?

—Tú —dijo secamente.

—¿Yo? —Lo miré desconcertado.

Sonrió tristemente, luego me miró fijamente mientras me decía que yo le había brindado mi amistad sinceramente. Como yo, se había reconocido en mí. Lo pudo ver en mis ojos; no le escondí quién era, ni le exigí pagar lo que había hecho.

—Me dejaste libre, Ale; e incluso, insistías todo el tiempo en que viniera a vivir contigo como tu hermano —recordó sin dejar de sonreír—. Luego tu abuelo me mandó a estudiar, y nos hicimos inseparables; fue cuando decidí ayudarlos en todo.