¡Ups! ¡No me equivoqué! 165. DE REGRESO A ROMA
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165. DE REGRESO A ROMA

ALESSANDRO:

Respiro aliviado al escuchar su informe. Es bueno que no sepan que esa pelirroja que ven corriendo autos sea mi esposa, pero muy pronto lo sabrán.

—Todo listo, Ale, vámonos —entra en ese momento Rufo—. Señora María Luisa, ¿lista?

—No, hijo, pero sé que no me dejarás negarme —ella inspiró profundamente. La incredulidad seguía marcada en su rostro, pero también pude notar la rendición. Sabía que no teníamos intención de retroceder.

—Con esa inyección que le puse para el dolor, dormirá todo el viaje; confíe en mí. La cuidaré como a mi propia madre —Rufo le tomó las manos con suavidad y una gran sonrisa.

—Bueno, hijo, si tú lo dices, vamos. Supongo que no hay forma de negarse a ustedes dos, ¿verdad? —comentó María Luisa mientras se ponía de pie con lentitud.

—No, signora —respondimos Rufo y yo al unísono.

El vuelo lo realizamos sin contratiempos. La señora María no se durmió, tampoco le aterró volar, todo lo contrario. Rufo la llevó directo al hospital, la ingresó, mandando a efectuar un exhaustivo chequeo general. Mientras, yo me reuní con el abuelo en mi casa.

—¿Pudiste averiguar algo, abuelo, con la cámara que pusiste en la cripta? —Quería saber qué estaba sucediendo con ellos.

El abuelo niega con la cabeza y me da la información. Los hombres de los dragones entran siempre con una máscara. Lo que sí se dieron cuenta es que lo hacían por otra puerta, que no es la que usamos nosotros.

—Me he cansado de tratar de ver cómo lo hace, pero la pared parece lisa en esa esquina —sigue explicando mientras miro el video—. Y es cierto lo que me dijiste, detrás del cuadro hay una puerta, pero tampoco sé cómo se abre.

—No te preocupes, iré con Rufo a ver —trato de calmar a mi abuelo.

—¿No arreglaste las cosas con Lili? —me miró fijamente, preocupado.

Niego con la cabeza, cerrando los ojos, recordando su hermosa imagen. Su pelo rojo al aire, sus lindos ojos verdes tan brillantes, tan llenos de felicidad por esa libertad que tanto anhela.

—Es difícil que me perdone lo que le hice —murmuro, más para mí que para él—. Y preferí dejarla con el equipo; la cuidan bien. Que se le pase la molestia sola, en lo que nosotros resolvemos todo por acá.

—¿Qué le hiciste, Ale? —quiere saber de nuevo. Bajo la cabeza, abochornado.

Arrastro las manos por mi cara, queriendo quitarme de encima el cansancio que me lleva aplastando desde aquella noche en la que Lili se alejó de mí por lo que le hice. Todavía no puedo descifrar cómo me siento al respecto, pero sé que le dolió.

—No puedo decirte, abuelo. Solo puedo decirte que la ofendí mucho —respondo, más seco y corto de lo que planeaba, pero no sé qué más decirle.

El dolor del arrepentimiento se agrieta en mi pecho, como haciendo más y más profunda mi herida.

Él frunce el ceño, pero es tan sabio que no me obliga a hablar más.

—Busca la manera de arreglarlo, Alessandro —exige mi abuelo—. Tienes un mes para presentarla a la organización. Ahora no hay excusas.

Estoy consciente de que Lili no me perdonará tan fácilmente, pero necesito dejarla que se enfríe.

Aunque sus acciones sean como flechas directas al corazón, es mejor eso que perderla.

Porque, si algo sé, es que Lilian cambió para siempre mi mundo.

Ahora me tocará a mí convencerla de que nuestra historia no ha llegado a su fin. Aunque tenga que arriesgarlo todo.

—Lo haré, abuelo, lo haré —claro que tengo que hacer que mi esposa me perdone, no puedo perderla—. ¿Algo más que quieras decirme? ¿El espía de la casa?

Me siento en uno de los sillones de cuero frente a su escritorio. Desde allí, tengo la vista de la biblioteca que mi abuelo ha convertido en su refugio y su trinchera. Los estantes oscurecidos por los años están impregnados del olor del tabaco que nunca abandona esta casa.

—Nada, Ale, hemos prohibido la entrada a la casa —me cuenta, visiblemente frustrado—. Luci ha revisado sus computadoras, y nada. ¿Estás seguro de que es aquí, en la casa?

—No, abuelo, no estoy seguro —reconozco de inmediato—. Pero ella es la única que todo el tiempo sabe dónde está Lili. ¿Verificaron este despacho?

—¿El despacho? —mira alrededor buscando—. No, ¿crees que sea aquí?

El abuelo se recuesta en su silla con un largo suspiro. Me fijo en cómo la luz ilumina brevemente sus manos arrugadas, todavía firmes ahora que se está recuperando. Esas arrugas guardan la fuerza de sus años en la cumbre de este imperio.

—No lo sé, abuelo, no lo sé. Hay que revisar la casa completa. Estoy casi seguro de que hay un espía en la casa —insisto. Es la única manera en que esas informaciones pudieron salir.

—Ya le dije a Luci que pusiera cámaras por todas partes. Tenemos que averiguar quién es —está de acuerdo conmigo—. Hijo, estaba desesperado porque regresaras, por eso lo que me dijiste de los que tienen encerrados. ¿Crees que sean tus padres?

—No sé, abuelo —no quiero seguir aumentando sus esperanzas—. Rufo dice que no deben ser ellos, que han pasado muchos años.

Antes de que mi abuelo responda, la puerta se abre en ese momento, haciendo que giremos la cabeza, solo para ver entrar a mi suegra casi corriendo.

—¡Alessandro! —la señora Libia viene, me abraza y me besa—. ¿Dónde dejaste a esos dos? ¿Con Rufo?

—No, señora Libia —suelto todo mi aire con tristeza—. Ellos están haciendo turismo por España, y Rufo fue al hospital.

—¿Turismo? —preguntó, claramente dudando de mi versión.

—Sí, turismo —respondí con la mandíbula tensa. No estaba de humor para darle explicaciones de sobra ni para lidiar con sus interrogatorios disfrazados—. Esa muchacha me va a matar del susto. ¿Qué es eso de hacer turismo sin ti? ¿Cuándo viene?

Mi suegra se sentó en uno de los sillones, visiblemente frustrada con su hija, cruzando las piernas con la furia que chisporroteaba en sus ojos. Su mirada saltaba de mi abuelo a mí, evaluándonos como si esperara ver algo más allá de nuestras palabras.

—No sé decirle, señora —respondí, compartiendo su misma frustración.

—Deja de decirme señora —exigió de pronto la señora Libia—. Dime mi suegra; a partir de hoy quiero que me digas así.

—Muy bien, mi suegra —acepté sin querer seguir su interrogatorio.

No es que no quisiera decirle así, pero después de todo, ella es la madre de mi esposa.

Ha demostrado ser una mujer fuerte, implacable en su forma de amar y proteger a su familia.

Pero lo que había pasado con Lili no podía decirle, y la posible traición en mi propia casa no podía decirle a menos que fuera estrictamente necesario.

Ella se echó a reír, complacida por haberle dicho lo que quería. Estaba realmente feliz por esa pequeña palabra.

—Eso es, muchacho. Soy tu suegra, tu segunda madre —se puso de pie—. Ahora me voy, abuelo; vine por usted. Ya las flores se abrieron.

—¿Me necesitas, hijo? —preguntó enseguida mi abuelo.