¡Ups! ¡No me equivoqué! 164. UNA MUJER EXCEPCIONAL
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164. UNA MUJER EXCEPCIONAL

ALESSANDRO:

Coloqué una mano en el hombro de Rufo para tranquilizarlo al ver cómo la señora lo miraba asustada.

Él me entendió y se disculpó. La anciana sonrió con tristeza y alegría al ver cómo amaba a Miguel.

Sus ojos se llenaron de lágrimas ante el recuerdo.

Luego, su mirada se ablandó un poco al mirarnos, pero no dejó de observarnos, queriendo leer nuestras emociones ante su historia.

—Ese día, al verlo así, lo llevé al médico con lo poco que tenía.

Mi esposo me dio una paliza por gastarlo en él y me abandonó.

Yo me quedé con Migueliño, que estuvo muy mal; nos botaron de la casa porque no tenía para pagar el alquiler.

Rodamos los dos por la calle todo un año —seguía contando la anciana con tristeza—.

Tratábamos de trabajar en lo que encontrábamos, pero, como ve, la paliza que me dio mi esposo me lastimó muy mal.

No puedo moverme mucho ni hacer peso. Migueliño no me abandonó, cargó conmigo, hacía cualquier cosa con tal de buscar dónde pernoctar y comer.

De a poco entendíamos la terrible vida que había llevado Miguel. Rufo apretaba los puños para contener sus emociones. Este hombre, que había sido un bloque de hielo desde que lo conocí, solo lo había visto romperse así cuando perdí a mi esposa e hijo, pero no como ahora.

—Miguel aprendió muchos oficios, hasta que empezó a correr autos; se volvió excelente en eso, no les miento —una gran sonrisa asomó en sus labios, mezclada con orgullo—.

Venían de todas partes a buscarlo para que corriera por ellos y empezó a ganar dinero.

Lo primero que hizo fue alquilar una pequeña casita para ambos y llevarme al doctor.

Luego ganó en una carrera mucho dinero, estaba feliz; decía que me iba a llevar a operar a la mejor clínica y comprar una buena casa, pero desapareció.

Yo lo busqué por todas partes, hasta que me dijeron que lo habían asesinado.

Lloré mucho, ¿sabe? Es como mi hijo, por eso, cuando me llegó una carta de Italia, me puse muy feliz.

Su historia me sorprendió. Había valor bajo esa fragilidad aparente. No me extrañaba que Miguel le tuviera tanto cariño; esta mujer era una leona protegiendo a los suyos. Rufo rompió el momento al ponerse de pie, queriendo aguantar sus emociones.

—Me la trajo a los pocos meses, la dueña de donde vivía cuando él desapareció.

Me explicaba todo lo que había sucedido y por qué huyó a Italia.

Me rogaba que fuera a vivir con él, pero yo le temo a los aviones.

Todos estos años me ha mandado dinero, pero yo solo tomo lo necesario; lo otro lo tengo guardado para devolvérselo.

Y ahora se apareció con esa bella amiga.

Aparte de no querer el dinero que guardé, me han dejado toda esa cantidad —dijo, señalando un maletín lleno de billetes, que reconozco enseguida como el que le dio Estefan a Lili—.

Esa es la historia de Migueliño, señor. Como ve, él y yo no somos familia de sangre en realidad, no tiene que hacerse cargo de mí.

—Es más que eso, señora —me apresuré a intervenir—. ¿Cuál es su nombre y de qué se tiene que operar?

—Mi nombre es María Luisa del Castillo, señor —me miró intrigada—. ¿Cómo saben que tengo que operarme?

—No se preocupe de cómo lo sabemos —Rufo había recobrado la calma, le sonrió tomando una de sus manos—. Dígame a mí, que soy doctor, ¿qué enfermedad es la que tiene?

—¿De veras es doctor y el compañero de Migueliño? —volvió a preguntar ella con incredulidad.

—Sí, señora, soy un cirujano —aseguró Rufo con la misma sonrisa de amabilidad.

—Gracias a Dios, que es verdad —la anciana le tomó las manos a Rufo con lágrimas en los ojos—.

Sabe, él es un chico muy bueno. En cuanto a lo que tengo, no es muy serio, creo.

Debo operarme de la columna. Si ve, no puedo apenas doblarme; tengo desgaste en algunas vértebras y algo como sobrehueso que soldó mal con la golpiza.

Rufo entrecerró los ojos al escuchar su diagnóstico. Podía ver cómo su mente ya se encontraba trabajando, evaluando las posibles soluciones. En su rostro, esa expresión de dureza que era habitual en él se transformó en la concentración plena de un hombre que sabía cómo salvar vidas.

—Voy a necesitar más detalles sobre su caso, signora María Luisa, pero le puedo asegurar que esa operación no será un problema —habló Rufo con voz calmada mientras sacaba una pequeña libreta del bolsillo interior de su chaqueta y comenzaba a anotar algo—.

Esto tiene que solucionarse pronto, no hay ningún motivo para que viva con ese dolor.

Es una operación de gran envergadura, señora.

Recoja todo lo que necesite, que se irá con nosotros ahora; le aseguro que no se enterará de que montará en avión, la dormiré.

Rufo lo había dicho muy serio, mientras ella lo miraba asombrada. La anciana soltó una risa nerviosa muy breve, pero cargada de amargura, encogiéndose de hombros suavemente, queriendo no hacer algo que le parecía inevitable.

—No puedo hacer eso, señor Rufino —sigue negándose—. Le aseguro que me aterran los aviones, nunca he montado uno.

—¿Y cómo sabe que le aterran, si no lo ha hecho? —insistió Rufo con firmeza—. Se irá con nosotros; la operaré yo mismo. Usted, al parecer, es como la madre de Migue, por tanto, pasa a ser la mía también. Me aseguraré de que lo siga siendo por muchos años.

—Pero, señor…

En ese momento, Rufo ladeó la cabeza y le dedicó una mirada intensa, de esas que podían romper hasta la voluntad más férrea.

—Solo necesita su pasaporte, le compraré de todo lo demás —se inclinó un poco para ella con una sonrisa—. No tiene a nadie en el mundo, solo a Miguel, así que se irá ahora con nosotros.

—Pero, señor Rufino, usted verá… —la anciana retrocedía ante Rufo, percatándose de que no iba a ceder.

—Vamos, señora, solo son unas pocas horas hasta Roma, y le aseguro que se asombrará de ver dónde vive Miguel —intervengo tratando de darle confianza y no demorarnos más—.

Todo estará bien, señora. Usted es familia, no tiene por qué seguir viviendo sola aquí.

Lo que hizo por Miguel, se merece esto y mucho más.

Ella me mira con duda, pero no puedo esperar a que diga que sí.

Sin más, salgo, llamo a mis hombres y los mando a recoger todo lo que ella quiere llevar, que sigue protestando asustada.

La montamos en el auto, y nos fuimos al hotel.

Rufo la lleva a su habitación para que se cambie de ropa con una que le había preguntado. Luego nos reunimos con el espía.

—Señor, ellos no saben que Lilian es su señora. Están buscando mujeres que se le parezcan —me explica en voz baja.

—¿Qué se parezcan a Lilian? —asiente ante mi pregunta—. ¿Pudiste saber con qué objetivo?

—No, señor —cierro los ojos deseando entender lo que está sucediendo.

—Sigue con ellos —ordeno al fin—. Toma este dinero y síguelos. Mantennos informados.

Luego que mi hombre se marcha, me quedo pensativo. La amenaza sobre Lilian sigue latente, y sobre mi posición del UNO en los dragones también. ¿Qué estará tramando ahora?