¡Ups! ¡No me equivoqué! 163. LA HISTORIA DE MIGUEL
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163. LA HISTORIA DE MIGUEL

ALESSANDRO:

Nos detenemos lejos, pero podemos escucharlos, hasta que se detienen delante de una casucha.

Se bajan, toman el maletín que les entrega Estefan y entran.

Se demoran como media hora; luego se retiran despidiéndose con abrazos y besos de una señora.

Logramos alcanzar a escuchar lo que hablan cuando montan en los autos.

—Nana, avísame cuando te operen; vendré a cuidarte —le dice Miguel sin dejar de abrazar a una anciana—. ¿Seguro no quieres irte conmigo? Mi Papichuli es tremendo doctor y tiene un hospital, podría operarte él.

—Ya te dije que no me gusta montar en avión, y cuando vea a ese que dices, lo creeré —protestaba la señora con una gran sonrisa mirando a Miguel—.

Ahora deja de correr de noche y cuídate.

La vez anterior, por poco te matan. Todavía a cada rato viene a averiguar por ti ese desgraciado.

Cuídate, Migueliño, y gracias por no olvidarme, hijo.

—Rufo, no te sientas traicionado —le dije con calma, cargado con la autoridad que me caracteriza—. De seguro Migue no sabía que ella estaba enferma; quizás ni tenían contacto.

Rufo asintió sin dejar de mirar a su pareja. Pude ver cómo fruncía el ceño tratando de escuchar todo, y supe que había tomado una decisión al ver el gran amor que le tenía Miguel a la señora.

—No lo haré; avísame cuando te operen o cualquier cosa —seguía hablando Miguel con mucho cariño y preocupación—. Ese teléfono que te di tiene el número de mi Papichuli, y su nombre es el de la tarjeta. Solo dile que eres mi única familia y verás que no te miento. Adiós, Nana.

—Adiós, que Dios te bendiga, hijo, y regresa pronto —la señora salió hasta la puerta detrás de ellos—. Muchas gracias, señora Lilian, cuídelo bien, es muy bueno.

—Lo haré, señora, y todo lo que le dijo es verdad. Si nos necesita, llámenos —contestó Lilian, y se marcharon.

Los vemos alejarse seguidos de toda la seguridad; en verdad forman un séquito impresionante. Mi Lili está en muy buenas manos; ojalá me llame pronto para reunirme con ella. Sería muy bueno compartir todas estas vivencias juntos.

—Vamos a visitar a esa señora, Ale —escucho a Rufo decir—. Si es la única familia de Migue, quiero asegurarme de que no la pierda. Vive en la miseria; eso no puedo permitirlo.

Asiento con la cabeza; eso es verdad. Debemos proteger a todos los nuestros, y eso incluye a la familia de nuestras parejas. Avanzamos hasta quedar frente a la casucha. Bajamos y tocamos la puerta. Nos abre la anciana, que nos mira recelosa, con el miedo reflejado en la cara.

—No se asuste, soy Rufino D'Fiore —se adelanta enseguida con una sonrisa—. Creo que Miguel le acaba de hablar de mí.

—¿Qué? —la anciana retrocede dos pasos—. ¿Usted es el Papichuli que mencionó Migueliño?

—Sí, ese soy yo —asiente Rufo y se inclina delante de ella—. ¿Podemos pasar? Él es el esposo de la señora Lilian, que anda con Miguel, Alessandro Minetti.

—¿Pueden mostrarme una identificación? —pregunta recelosa la señora.

—Cómo no, mire la mía aquí —Rufo le muestra su pasaporte y ella se queda observándolo incrédula.

—No se molesten, pero existen muchos maleantes; ¿por qué no vinieron con ellos?

Migueliño se cree que está en Italia —musitó la anciana, llevando una mano temblorosa a su boca mientras observaba la identificación de Rufo.

Seguía, llena de recelo, pasando de la foto al hombre sonriente que tenía frente a ella—.

¿En serio eres doctor? ¿Tienes un hospital?

Siguió mirándonos sin dejarnos entrar, como un gato que decide si arañar o acercarse.

Rufo, siempre diestro con las palabras, le dedicó una sonrisa deslumbrante y asintió con educación, aunque no pudo esconder el leve rubor en sus mejillas por el comentario.

Si no estuviera tan sumido en mis propios pensamientos, quizás me habría reído.

—Sí, a todo, señora —dijo al fin un poco impaciente Rufo—. ¿Puede ahora decirme qué relación tiene usted con Miguel, por favor? ¿Nos permitirá pasar?

—Siéntense, siéntense; ¿desean algo de beber? —Al fin se mostró amable.

Apenas cruzamos el umbral, la humildad del hogar nos golpeó.

Las paredes estaban agrietadas y el suelo crujía a cada paso.

Algunos muebles se veían gastados y antiguos, pero todo brillaba de limpio.

Estaba claro que, a pesar de las carencias, esta mujer hacía lo posible por mantener su dignidad intacta.

—Muchas gracias, señora, pero estamos bien —respondo, mirando alrededor la extrema pobreza—. ¿Es usted familia de Miguel?

—Pues verá, señor, él y yo no tenemos relación sanguínea —comienza a hablar la señora, que se sienta con gran dificultad—.

A Migueliño lo conocí en la calle. Esa noche llovía mucho y estaba acurrucado en un alero, temblando como un pajarito.

Como puede ver, yo no tengo nada. En aquel entonces mi esposo vivía; no era un buen hombre.

No estuvo de acuerdo cuando me vio aparecer con aquel chiquillo esquelético, me dijo que podía dejarlo esa noche, pero que al otro día debía marcharse.

Guardamos silencio, roto solo por el tic-tac de un viejo reloj de pared.

La mirada de la anciana se posó entonces en mí, ladeando un poco la cabeza.

No soy un hombre que se impresione fácilmente.

Me tensé solo un poco, pero respondí con la calma que siempre me rodea.

La anciana, al ver que no decía nada, siguió contando.

—Ya saben cómo son los matrimonios. Al mi esposo no quererlo, no podía hacer nada.

Con dolor en el alma, al otro día le pedí a Migueliño que se marchara.

En mi culpa, le había lavado y cocido su andrajosa ropa, y le hice un desayuno con lo poco que tenía.

También le dije dónde era que me colocaba a vender unos bollos que hacía en la plaza —era en verdad una historia triste—.

Después, él todos los días iba a verme y yo le guardaba un bollo.

A veces me llevaba dinero; él no tenía y me daba a mí.

Le cogí cariño, nunca tuve hijos; Migueliño había perdido a toda su familia, se encariñó conmigo también, me decía nana.

Rufo giró la cabeza levemente para esconder las lágrimas que asomaban a sus ojos. Clavé mi mirada en los de la anciana, intentando transmitirle sinceridad por primera vez en mucho tiempo.

—¿Y qué pasó con él después? —pregunté, queriendo que siguiera.

—Migueliño se pasaba el día haciendo mandados en la plaza a todos y jugando a lanzar cuchillos —al escuchar eso, intercambiamos una mirada—.

Un día, por desgracia, unos maleantes lo vieron.

Migue era muy bueno en eso y se lo llevaron.

Cuando lo volví a ver, lo habían dejado tirado delante del lugar en que solía vender; estaba casi muriéndose, le habían enterrado unos cuchillos en una competencia.

—¡Bastardos! —explotó Rufo—. ¿Quiénes fueron? ¡Dígame ahora mismo y me las cobraré! ¿Quiénes lo maltrataron?