161. PODEMOS VERLOS Y ESCUCHARLOS
ALESSANDRO:
Rufo me miró intrigado. En el fondo, sabía que tenía razón, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Mi cabeza era un hervidero de pensamientos, pero no había tiempo para lidiar con ellos ahora.
—También sospecha que pueden ser mis padres los que tienen encerrados esos tipos —le conté enseguida—. Llevé escondida a Luci para poner una cámara oculta en la cripta.
—Hizo muy bien, mañana cuando lleguemos iremos a revisar todo —señaló enseguida al escucharme—. No creo que sean tus padres, pero quien sea que tienen encerrado, lo encontraremos y liberaremos.
Nos pasamos el día haciendo planes e investigando.
Por los autos supimos todo el tiempo dónde se encontraban Lili y Migue; se les ve tan felices.
También me percaté de que mi Lili a cada rato comprueba el teléfono, lo hace cada vez que le escribo y sonríe bellamente.
Por lo que me he hecho el firme propósito de escribirle constantemente.
Tengo que enamorar a mi esposa, hacer lo que no hice antes, decirle todo lo que siento.
Demostrarle y dejarle saber lo que significa para mí, lo que sufro por no estar a su lado.
Toda la tarde, mientras ellos paseaban, los veía en mi teléfono, y me hacía feliz ver cómo Lili, sin faltar una sola vez, cuando le escribía, leía mi mensaje y sonreía. Sin embargo, nunca me contestó, y eso me ponía triste; significa que sigue muy enojada. ¿Me perdonará algún día?
Después de dejar bien vigilados a nuestros enemigos, infiltrando un hombre entre ellos con la misión de averiguar para qué buscan pelirrojas, nos fuimos a ver cómo competían en la noche Lili y Migue, con nuestras respectivas máscaras.
Evitamos ir al inicio de la carrera; nos apostamos a media cuadra.
—¿Viste cómo te busca Migue? —le indiqué a Rufo al ver cómo giraba la cabeza, tratando de localizarlo.
—Te dije que me había reconocido —dijo con una sonrisa.
—Eso es lógico. No vayas a ir hoy a verlo, no dejes que nos descubra —le advertí enseguida—. No quiero que mi Lili sepa que incumplí con mi promesa de no venir hasta que ella me lo pidiera.
—No lo haré; me conformo con verlo de lejos —aseguró Rufo, aunque no le creí; igual que yo, quería correr hacia ellos—. Saber que está bien y feliz me tranquiliza. Realmente se ve muy bien con esos trajes.
—¿Quieres que le hagamos un equipo a Migue para que participe en las carreras profesionales? —ofrecí, pensando que estaría de acuerdo.
—¿Te volviste loco? ¡Ni se lo menciones! —explotó para mi sorpresa—. Esas carreras son un peligro. Prefiero que siga corriendo así; le compraré una pista para él solo, para que corra con sus amigos.
—Es bueno, Rufo —traté de convencerlo—. Es un excelente conductor. Creo que puede ganar muchos trofeos.
—Alessandro, te lo advierto: ¡no se te ocurra meterle esa idea a Migue en la cabeza!
No lo quiero perder. ¿Capisci? —Era la primera vez que Rufo me amenazaba así—.
Me costó mucho encontrar al amor de mi vida para perderlo en unas tontas carreras de autos.
Todos nuestros enemigos… ya viste que lo tienen en la mira.
¿Crees que no lo van a mandar a matar en cuanto sepan que corre profesionalmente?
Solté la risa sin poder contenerme mientras él se movía de un lado a otro, lanzándome miradas furtivas. Dejé de reír. Me acerqué para tranquilizarlo, asegurándole que solo bromeaba. No haría nada que pusiera en peligro su vida.
—Allá viene en tu auto; te está buscando. Dale la espalda —dije.
Era tarde. Migue pasó despacio por nuestro lado. Aunque giramos, creo que nos vio. Seguimos mezclados con el público, siempre rodeados de nuestra seguridad. Entonces distinguí a la rata de Rodrigo y a Franco, el esposo de Florencia.
Señalaban a mi Lili, ajena a todo, mientras reía con Estefan y Humberto, que le amarraban bien el casco.
—La descubrieron, Rufo —dije señalando a Rodrigo y Franco, que estaban junto al hombre que infiltramos—. Creo que tenemos que avisarles de ellos.
—No hace falta —contestó Rufo—. Ellos traen máscaras y no creo que la reconozcan. Nadie se va a imaginar que ella es tu esposa, codeándose con estos burdos chicos alocados. Además, no olvides que se van hoy.
Saqué mi teléfono para ver cómo Lili se montaba en el auto. Rufo hizo lo mismo con el de Migue. Los podíamos ver y escuchar claramente. Conversaban entre ellos y con los de seguridad. Fue una gran idea darle los autos con cámaras y micrófonos incorporados.
—Señora —se escucha a Humberto—, esos que ve allí son nuestros enemigos: Rodrigo y Franco, el esposo de Florencia. No se quite la máscara. Al terminar la carrera, no se bajen del auto. Estefan recogerá el dinero o pagará.
—Muy bien —aceptó Lilian, y no pude evitar sonreír, satisfecho por lo bien que obedecía—. Nos iremos hoy mismo en cuanto terminemos. Manda a unos chicos a pagar el hotel y recoger el equipaje.
—Sí, señora —no puedo dejar de sonreír. Lilian les había ordenado con una seguridad que me impresionaba.
—No olvides comprar líneas nuevas. No quiero que nos sigan por estas —siguió ordenando. Esa es mi mujer: la primera dama de la mafia italiana—. ¿Migue? ¿Listo? ¿Por qué estás tan desconcentrado?
—Me pareció ver a mi Rufo entre el público —contestó Miguel.
Lo sabía. La manera en que se paseaba despacio inspeccionando el público era porque estaba buscando a Rufo.
—¿Sigues con eso? —Lo increpó Lilian—. ¡No era Rufo, te dije!
—¡Sí era! —reaccionó Miguel—. Ese que me abrazó ayer era mi Rufo, y creo que está cerca.
—¡Ya basta, Migue! —Lilian alzó la voz un poco, tratando de sonar firme pero sin llegar a gritar—. Estás imaginando cosas. Concéntrate en la carrera. Nadie podría estar aquí viéndonos, ¿entendido? Si está aquí, de seguro te busca; tú y él no han peleado.
Esa mujer que intentaba mantener a raya el caos, tan segura y decidida entre el humo de los autos y el ruido ensordecedor de los motores, era mi esposa, aunque aún no lo aceptara del todo. Cada vez que la veía tomar las riendas de su entorno, mi pecho se apretaba de orgullo, pero también de miedo.
—¿Lo dejarás venir? —preguntó Miguel y mi corazón latió acelerado a la espera de su respuesta, deseando que dijera que sí.
—¿Crees que Rufo no le diga a mi Ale dónde estamos? —Miguel levantó las manos en señal de que no sabía—. Entonces, tampoco puede venir.
No me quería todavía con ella, no me había perdonado y eso hizo doler mi corazón mientras Rufo me lanzaba miradas comprensivas. Aunque le dolía que tampoco lo dejaran ir con ellos.
—¡Te odio! ¿Lo sabías? —protestó Miguel—. Extraño a mi papichuli.
Lilian soltó una carcajada al escucharlo. Era evidente que ellos se querían y comprendían como hermanos. Aunque no nos quisieran a su lado todavía, al menos hablaban de nosotros.
—¡Deja de llorar, que ya va a iniciar la carrera! —se detuvo con una expresión de tristeza y lo que dijo me llenó de esperanza—. Yo también extraño a mi mafioso ignorante, pero no lo dejaré venir hasta que me pague lo que me hizo.
—¡¿Qué diablos fue lo que te hizo para que estés así de rabiosa?! —insistió Miguel desesperado.