¡Ups! ¡No me equivoqué! 160. NUEVOS ENEMIGOS
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160. NUEVOS ENEMIGOS

ALESSANDRO

No podíamos permitir ningún margen de error.

Ahí no estaría en riesgo solo Lilian. Estaría en juego todo por lo que había trabajado durante años.

Sin embargo, por más que intentara tranquilizar mis pensamientos, había una sola imagen cosida en mi mente: sus ojos desafiándome, esa boca que no dejaba de contestarme, siempre atravesada, siempre rebelde.

—¡Claro que lo abracé! —dijo Rufo bajo mi mirada—. Lo extraño mucho. Lo siento, tenía esa enorme necesidad. Y si no me llegas a tomar del brazo y alejarme, lo hubiese besado.

—Lo sé, por eso lo hice —reí, moviendo la cabeza.

Avanzamos despacio, saliendo del lugar en que se efectúan las carreras clandestinas, cuando vemos a alguien que nos resulta conocido. Nos detenemos de inmediato. Ninguno de los dos se esperaba esto.

—¿Ese es quien estoy pensando, Rufo? ¿Qué hace aquí? —le señalo al hombre.

—Es Rodrigo, por eso no podíamos encontrar a esa rata resbaladiza en Roma. Manda a que los sigan a ver qué hacen —me pide Rufo enseguida. Le hago señas con la cabeza a dos de los míos, que asienten y se van.

—No nos iremos hoy, Ale. Tenemos que quitarles a esos de encima a Migue y Lili. Estoy seguro de que, si no saben que están aquí, se van a enterar pronto.

Enfilamos para mi casa; llego y cito a todos mis hombres enseguida. Hacemos un plan de acción. Por suerte, los autos que les dejamos a los chicos tienen cámaras, y nos enteramos de cuáles son sus planes.

—¿Escuchaste sus planes? —le pregunto a Rufo nada más entrar al comedor por la mañana.

—Buenos días, Alessandro. Sí, escuché todo —responde enseguida—. Es un buen plan. Si no fuera porque debemos ir a resolver las cosas, los acompañaría. A mí también me vendrían bien unas vacaciones; no me acuerdo de la última vez que lo hice.

—En cuanto Lili me perdone, lo haremos. Nos desapareceremos —también necesito esas vacaciones—. Ahora déjame contarte lo que averiguaron los que mandamos tras Rodrigo.

Los ojos de Rufo se clavaron en los míos, ansiosos por escuchar lo que tenía que decirle. Apoyó los codos en la mesa mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante. Una taza de café humeante en sus manos le temblaba apenas, casi imperceptiblemente.

—Está bien, espera que me tome el café para despertarme, apenas puedo dormir sin Migue —soltó un gran suspiro—. ¿Andan detrás de nuestras chicas?

—No, al parecer no se han enterado de que están aquí —entrecierro los ojos recordando la expresión de Rodrigo—. Pero sí pude enterarme de que están buscando mujeres pelirrojas.

Rufo asintió y miró por la ventana. El ruido de un par de motocicletas pasando rasgó el aire. A la distancia, el cielo comenzaba a teñirse de la paleta gris y rojiza del amanecer.

—Pelirrojas, ¿y eso para qué? —aunque conocíamos el plan de sustituir a Lilian, ya habíamos superado ese paso.

—No lo sé, pero no me gusta, Rufo, no me gusta —temía que la secuestraran, no podía esconderlo.

—A mí tampoco, ¿y qué vamos a hacer? —preguntó, girando para verme.

Di un largo sorbo a mi café, mirando también el paisaje a lo lejos. Aunque no me gustara, tenía que tomar una decisión. No podía seguir corriendo detrás de Lilian y dejar todo lo demás fuera.

—Los dejaré vigilados y regresaremos. Supe que el llamado "dragón rojo" se cree que me llevé a Lilian a Italia, la estrategia en el aeropuerto resultó —seguí conversando pensativo—.

Ese capo nuevo que conocí es muy eficiente.

Hizo parecer que nos íbamos en nuestro avión con ellos y regó unos rumores al respecto.

—Ya me habían hablado de él —contesta Rufo—. Opino que le vamos a poder dar buen uso en el control de esta área y la cacería del "dragón de fuego". ¿Cómo sabes que regresó a Roma?

Le cuento que mi cuñada está alerta. Ella no ha dejado de vigilar a todos y me lo informó. Se percató de que aparecieron muchos con ese tatuaje en Roma y uno con la máscara. Ya había alertado a todos nuestros hombres confiables, aunque no le dije nada a los dragones.

—Muy bien, lo tenemos que cazar y acabar de dar con el paradero del dragón blanco —estuvo de acuerdo Rufo, volviendo a ser mi consigliere—.

No nos iremos hoy, los chicos van a competir en la noche y luego se van en la madrugada.

Iremos a verlos, tenemos que ver cómo hacemos para mantenernos en contacto, no creo que carguen con los autos para todas partes.

Pienso que Rufo tiene razón. Es verdad, teníamos que seguir vigilando a todos. Tampoco ordené que se deshagan de ellos. Los había escuchado diciendo que los iban a enviar para Italia.

—¿Entonces? ¿Cómo vamos a hacer para seguirlos? —preguntó un poco nervioso Rufo de nuevo—. Sabemos que Humberto y Estefan, en cuestión de desaparecer, son los mejores. Los entrenamos nosotros, pero ellos han desarrollado su habilidad a la máxima potencia, junto con todo el cuerpo élite.

—No te preocupes, ya Luci les cogió el teléfono a todos, ella nos mantendrá al día de lo que pase —esa chica me estaba haciendo un gran favor.

—¿Lo crees? —podía ver la desconfianza en él—. Es la hermana de Lilian; opino que le es fiel a ella y no nos dirá dónde están. Además, ya viste que ellos cambian de teléfono en cada ciudad.

Rufo guardó silencio, pero no sin antes lanzarme una mirada tensa. Sabía que estaba irritado, que querría actuar inmediatamente, pero entendía algo de lo que pocos eran conscientes: nada me enfurecía más que sentir que estaba perdiendo el control. Y en este momento, todo pendía de un hilo delgado.

—Rufo, ya verás que sí sabremos dónde se encuentran, deja de preocuparte.

Migue no es tan desvalido como tú lo ves, es una fiera en el asfalto, ¿lo viste?

—sonreí al recordarlo conduciendo—. No pudiste acercártele, estoy seguro de que los chicos lo van a entrenar muy bien, como a mi Lili.

Deja que hagan lo que les gusta, no los seguiremos, no siempre.

Me gustó competir con ellos, ¿viste la estrategia de los de seguridad para cuidarlos?

Estaba realmente impresionado de lo bien que se coordinaban entre ellos. Había hecho bien en poner a Humberto y a Estefan con el cuerpo élite a cuidar de ellos. En verdad, eran lo mejor de lo mejor.

—Hiciste bien en ponerlos a cuidar de ellos —concordó Rufo—. Tengo que pensar en algo así para Migue.

—No hace falta, no te das cuenta de que mi Lili y él no se separan —le recordé de inmediato—. Además, dudo mucho que ella lo deje salir desprotegido. Me llamó el abuelo hace un rato.

—¿Qué quería? —quiso saber de inmediato.