¡Ups! ¡No me equivoqué! 159. LA CARRERA DE AUTOS
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159. LA CARRERA DE AUTOS

LILIAN:

Rufo se quedó en silencio pensativo. Me conoce demasiado bien para ver que no creo lo que acaba de decir, aunque no diga nada.

—Cuando Lilian y yo investigamos juntos en el laboratorio, ella siempre repetía un trabalenguas que no he alcanzado a escuchar bien; pero estoy seguro de que dice varias veces la palabra dragón —me confesó para mi sorpresa.

No sé qué pensar, no pasé mucho tiempo con ella. En verdad, tampoco estábamos metidos con los dragones, por eso nada de eso nos interesaba. Quizás lo escuché y no guardé la información en mi mente.

—No lo sé, Rufo, al menos démosle una semana para que se relaje —dije, todavía dudando de que Lilian supiera el trabalenguas.

—Puedo ir yo —propuso, pero me negué.

Mejor regresar a Roma. Le daré el tiempo que necesite para que se le pase la molestia, mientras él y yo arreglaremos todo. No podemos abandonar todo y seguir detrás de ellos. Soy el Capo de todos los capos y tengo a mucha gente bajo mi mando, sin contar con las empresas.

—Regresemos, tenemos que descubrir quién es el espía, de ello depende la seguridad de ellos —no podía ceder en eso, todos estábamos en peligro—.

Creo que es allá en la casa donde está, no en el cuerpo élite, fue lo que dijo el hombre.

Tengo que encontrar cómo avisarle a Luci sin que nadie se entere.

Aunque…, si te quieres quedar con Migue, lo entiendo.

Me detuve para mirarlo. Yo era el Capo mayor, y él, el segundo. Podía prescindir de él unas semanas. Lilian tenía problemas conmigo, no con él. Y yo estaría más tranquilo si estuviera con ellos. Por eso le di la opción de decidir.

—Está bien, considero que tienes razón, vámonos.

Regresemos y resolvamos todo antes de que ellos vengan —aceptó con seriedad.

También tenía a sus pacientes; era demasiado responsable—.

Al final, sin que ellos lo sepan, puse en pie de alarma a todos nuestros hombres para que los cuiden.

No les perderemos la pista y quizás vayamos a ver qué hacen personalmente.

—Te lo prometo, Rufo, es más… —me detuve con un pensamiento—. Vamos a España a ver si están bien, y luego regresamos a Italia.

—¡Me gusta eso, Ale! Entonces vamos, el avión está listo —exclamó entusiasmado como un niño pequeño.

Sí que mi hermano se enamoró de veras esta vez.

Sonrío al verlo, comprendiendo a la perfección su alegría, porque aunque no la muestro, me llena de regocijo ir a ver, aunque sea de lejos, a mi Lili.

Me preocupa su estado emocional después de haberse lanzado en paracaídas.

¡Locos! ¿Cómo pudieron obligarla a hacer eso?

Y para completar, la hice saltar en una cesta colgante de un helicóptero.

¿Cómo estará? Sí, es mejor ir a ver cómo se encuentra personalmente.

Es la única manera de poder irme tranquilo a Roma.

Llegamos a Madrid, nos hospedamos en mi casa, no se lo decimos a nadie para que no le avisen al cuerpo élite, que para mi sorpresa, no vinieron a mi casa, están quedándose en un hotelito en el centro como turistas.

Nos enteramos de que van a competir en la noche en carreras clandestinas.

Cogemos nuestros mejores autos y vamos con máscaras, apostaremos en contra de ellos.

—Allá vienen, Ale —indica Rufo eufórico. Migue y Lili, vestidos con ropa de carreras de autos profesionales, se ven muy hermosos, mi corazón salta y quiero ir a su encuentro, pero me aguanto—. ¿Seguro correremos en contra de ellos?

—Sí, pídele al organizador que queremos competir con el mayor postor. Tenemos que darles estos autos sin que sospechen nada —le ordeno, sin poder quitar mis ojos de Lilian, es tan hermosa.

Rufo llama al chico que se acerca y nos mira desconfiado, le dice lo que ofrecemos y nos vuelve a observar; va y habla con Migue, que asiente.

—Dice que sí, ellos también compiten por los autos —sonríe, girando a ver a Migue, que también es muy apuesto—. El que gane se lleva el del contrario.

—De acuerdo —digo, y Rufo sonríe. Es la oportunidad de darles los autos.

Rufo va a competir contra Migue y yo contra Lili.

Mis hombres nos observan de lejos, sé que nos han reconocido, pero no dicen nada.

Se montan todos en autos de carreras también, y para mi asombro, los llevan rodeados todo el tiempo sin impedir que corran.

La carrera se desarrolla en las calles de Madrid, por entre el tráfico; es excitante y peligroso al mismo tiempo.

Nos empleamos a fondo, sé que puedo ganarle a Lili, pero en la última curva, disminuyo, haciendo que se me atraviese un auto y ella gana.

La veo reír feliz, salta abrazada a Migue, que también está radiante; tengo que sostener a Rufo para que no vaya a abrazarlo y descubrirnos. Vienen por fin a nuestro encuentro.

—Lo sentimos, amigos, sus preciosos autos nos pertenecen —señala Lili, feliz, ofreciéndome su mano.

Dudo un momento, mirando su mano extendida, pero al fin se la estrecho suavemente, sintiendo como mi corazón late acelerado.

No respondo, solo la miro disfrutando de ver cómo lo inspecciona.

Le alargo la llave y me alejo sin decir nada, aguantando las enormes ganas de estrecharla en mis brazos y no dejarla escapar jamás.

Rufo hace lo mismo, aunque en el último momento no se aguanta; se adelanta, ofreciéndole la llave a Migue y lo estrecha en un fuerte abrazo, que él no le devuelve, pero sí se queda observándolo. Tiro de él por un brazo y nos vamos.

—¡Oigan, oigan, esperen! ¿Quieren ir a tomar unas cervezas con nosotros? Puede que les devolvamos sus autos —nos grita Lili.

Le digo adiós con mi mano sin girar mi cabeza para verla, porque si lo hago, iré a abrazarla, besarla y no dejar que se vaya jamás. Nos montamos en otro auto y nos alejamos, dejándolos felices y seguros en los mejores autos que existen para eso.

—Pudimos ir, Ale —susurra Rufo a mi lado, no queriendo dejar que Migue se vaya.

—No, Rufo, ¿no los viste? Se sienten libres.

Deja que disfruten de esa libertad, que suelten todo el estrés que tienen; después del rescate de hoy, me la imaginé más traumatizada —los miro con un suspiro profundo—.

Esa carrera y la felicidad de la victoria les vino bien a los dos.

Ya viste que Migue no tenía el brazo vendado, está bien, déjalos a ellos en lo suyo y nosotros vamos a lo nuestro.

Apreté más la mandíbula. Miraba cómo Miguel entraba en el auto. Teníamos que dejarlos libres, aunque nos doliera. Pero si alguien tocaba un solo cabello de su cabeza, no habría país en el mundo donde "el Dragón de Fuego" pudiera esconderse de mi venganza.

—Mi Migue creo que se dio cuenta de que era yo —lo miré con un suspiro.

Verlo así me dio una punzada de culpa. Sabía que no se había aguantado de no abrazarlo. Levanté la cabeza para mirar a mi Lili. ¿Deberíamos ir a divertirnos con ellos?