¡Ups! ¡No me equivoqué! 158. RECELOSO DE TODOS
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158. RECELOSO DE TODOS

ALESSANDRO:

Lo observo feliz de que encontrara el verdadero amor, pero al mismo tiempo sé que, como a mí, nos desconcentra. No lo interrumpo, estoy consciente de que todo esto lo causé yo con mis inseguridades.

—Moveré cielo y tierra, descubriré quién es ese "dragón de fuego" y le cortaré yo mismo la garganta —sigue vociferando Rufo furioso—. Lo mataré por atreverse a pensar que puede tocar lo que es mío.

—Vaya, mi hermano, suenas igual que yo —río dándole unas palmadas en la espalda—.

Lo haremos, Rufo, lo haremos. Defenderemos a quienes amamos, y si es verdad lo que sospecho, que él está detrás de la desaparición de mis padres, no tendré piedad.

¿Me conoces? Si por menos he exterminado generaciones de familias, si confirmo que él es nuestro enemigo, no descansaré hasta eliminar cada rastro de su sangre sobre la faz de la tierra.

—Y yo contigo, mi hermano, esta vez no te detendré —completó lo que decía—. Haré que se arrepienta de haber nacido y de meterse con nosotros. Si soy bueno para curar, lo soy más para hacer sufrir a un humano. Lo haré vivir en el infierno antes de bajar a él, ya verás.

Respiré hondo y apreté los dientes. Cada segundo contaba y el tiempo siempre era un maldito enemigo. Él sabía lo que teníamos que hacer. Sus ojos reflejaban lo mismo que sentíamos todos en el coche. Esto podía convertirse en una cacería, pero no sería nuestra.

—Rufo, mi hermano, mírame. Migue está bien cuidado; no te pierdas en el miedo y la desesperación —lo aconsejé preocupado—.

Nada les pasará, ¿de acuerdo? Tienes que mantener la calma para que pienses bien; necesitamos ahora más que nunca de tu inteligencia, mi amigo.

No dejes que el miedo a perder a Migue te nuble.

—No te preocupes, Ale, eso no pasará, sino todo lo contrario —replicó con la frialdad que lo caracterizaba—. Ahora tengo un motivo que me impulsa a desarrollar todo mi ingenio y lo haré; encontraré quién es ese dragón de fuego. ¿Le mencionaste al abuelo del espía que existe en la casa?

—Dice que ese que mencionaron de la esposa que se suicidó, es James —le informé; pude ver cómo abría los ojos con incredulidad—.

Cuando pasó lo de mis padres, le agarraron a la esposa; querían que les llevara todas las cosas que habían dejado ellos en la casa.

Pero antes de que pudieran hacer algo, ella logró soltarse, disparó a la ventana de cristal en un quinto piso, y se lanzó llevando a James con ella.

—No sabía esa historia —dije. Yo tampoco lo sabía.

James había logrado salvarse porque cayeron arriba de un toldo en el tercer piso. Pero desgraciadamente, su esposa al caer se cortó la garganta con el cristal de la ventana. No pudo hacer nada por ella. Pero lo salvó.

—Admirable —señala Rufo.

—Ella adoraba a mi mamá y era muy amiga de mi abuela —me contó el abuelo—. Desde entonces, James vive con nosotros y no volvió a casarse.

—¿No tiene hijos? —quiso saber.

James es para mi abuelo lo mismo que Rufo para mí.

No tiene hijos y se dedicó a cuidar de mi abuelo.

Del otro espía no tiene ni idea. Somos pocos en la casa.

Está Ninetta, su esposo y Melanie, su hija.

Los nuevos sirvientes estaban en casa de la señora Libia y no suben a la segunda planta ni entran en el despacho.

—Creo que debe estar entre los hombres que cuidaban a Lilian, los hombres del Pelirrojo —opina Rufo pensativo—. Piensa, Ale, ¿quién más vio que Lilian se escapó de nosotros?

—Eso es verdad, estábamos en la clínica, no en la casa —la sola idea de tener un traidor entre nuestros hombres me enfría la sangre—.

Sin embargo, ¿cómo iban a saber que se dirigían a Rusia, cuando ni nosotros lo sabíamos?

Ellos no la siguieron, ni se comunicaron con ella.

Opino que es en la seguridad de Lili que está el espía.

—Puede ser —se queda pensativo—. Aunque no lo creo, llevan años con nosotros; los hemos probado de todas las maneras. ¿No sería en el aeropuerto? ¿A lo mejor el piloto nuevo?

—Lo investigaremos, porque si es en la seguridad de ellos, entonces están en grave peligro —ese solo pensamiento me hace estremecer—. Porque supongamos que fue el piloto, ¿cómo sabía que iban a coger ese tren para España?

—Eso es verdad, Ale, pero pudieron hacer una suposición.

Por otro lado, Lilian llamó a Luci y le dijo todo; tu cuñada sabe dónde está en cada momento su hermana, ¿y si es alguien de la casa que le ha puesto algo a las computadoras de Luci para vigilarla?

—Lo observé con admiración; mi segundo es un hombre que no deja nada fuera.

Aunque pensándolo bien, no creo que en las computadoras de ella logren ponerle algo, pero sí a ella.

Puede que la estén vigilando en su habitación.

Opino que debemos regresar, Rufo, a Italia.

Ya pusimos seguros a Lilian y a Miguel. Podemos dejar que disfruten de esa libertad un tiempo en lo que nosotros resolvemos todo eso allá en Roma.

—Le diré a Humberto y a Estefan que no revelen sus planes a nadie, que los ejecuten primero —teníamos que descubrir dónde estaba el topo—.

Y que estén atentos a todos sus hombres.

Tengo un mal presentimiento, Rufo, quiero regresar a Roma.

¿Recuerdas a aquellos dos en la cripta que mencionaron que llevan años torturando a unos? Pienso que son mis padres.

—¿Qué? —Rufo se pone de pie de un salto—. No lo creo, Ale, son demasiados años desde que desaparecieron; eras un niño.

—¿Y quién supones que puedan ser? —Estoy convencido de que pueden ser ellos; el abuelo nunca se ha convencido de que están muertos.

Niego con la cabeza. Puede que tenga razón en que debemos regresar. Perseguiremos a todo ese grupo que nos ha estado dando batalla, y ahora sabemos quién es el que está detrás de Kelly o esa Lesie: el llamado "dragón de fuego" que quiere mi puesto.

—De acuerdo, tenemos que desmantelar lo que quieren hacer con Lili.

Ellos no saben que nos enteramos —me dice mientras camina pensativo—.

Aunque, pensándolo bien, te equivocas en algo.

Tenemos que ir detrás de Lilian. ¿Recuerdas lo que dijeron de ese teléfono negro que tienes?

Es el que tiene todas las claves para abrir todo sin que se accionen las trampas.

—Sí, ya sé —lo miro sin entender—. ¿Y qué tiene eso que ver con perseguir a Lili y a Migue?

—¿También recuerdas que dijeron que debíamos abrir el teléfono con un trabalenguas? —Sigue recordando la conversación que explicamos.

—Sí, todavía no te sigo —le confieso.

—Sospecho quién es el que se sabe ese trabalenguas —lo miro interrogante. Rufo se acerca y me dice—: Tú, Lilian.

—¿Lilian? —No creo que mi esposa sepa nada de eso.