157. ESCAPANDO DE LOS ENEMIGOS
ALESSANDRO:
Al fin ya estamos cerca. Sobrevolando el inicio del tren, observo que por un camino de tierra van varios autos a gran velocidad; miro al capo de esa área y me responde.
—Son los nuestros, jefe. Les avisé que persiguieran al tren, no dejaremos que se nos escapen, los agarraremos a todos —inclino mi cabeza como signo de aprobación; me complace ver que tengo hombres que piensan sin que yo se lo mande.
—¿Cuál es tu nombre real?
—Faddei Volkov, soy el hijo del lobo, jefe. Eso significa. Por eso me dicen El Lobo.
—No olvidaré tu nombre, amigo. Tienes mi palabra —y le estrecho la mano.
—Mire, jefe, ya los suyos no aguantan más. Tenemos que ir a ayudarlos.
—Vamos nosotros también —señalo al ver que tiene razón; aunque se defienden como una fiera, están en desventaja por las armas—.
Tenemos que liberarlos; ellos no pueden morir.
Manda a tus hombres que se adelanten al tren, que algunos suban a la locomotora y que disminuyan la velocidad.
Nosotros saltaremos al techo juntos para que me ayuden a rescatar a todos mis hombres. ¿Listos?
—¡Listos, jefe! Ya mis hombres subieron al frente, retrasaron el tren para que no entre en la ciudad todavía, como ordenó.
Los suyos le están dando dura batalla a los otros, jefe, son duros, no han dejado que pasen.
La policía los está esperando en la entrada de la terminal; me acaban de avisar mis hombres de la locomotora. No sé si nos dará tiempo de descender.
—No podemos dejar que los agarren, vamos. Localiza al policía nuestro y dile que ayude a mis hombres; no quiero perder a ninguno de ellos, son muy valiosos. Tampoco quiero que haya pérdidas en los tuyos: paga lo que tengas que pagar para liberarlos a todos, va por mi cuenta.
—A sus órdenes.
Nos acercamos al tren que va a toda velocidad; el helicóptero del Ermitaño los sigue.
Sin embargo, no logra estabilizar la cesta porque le disparan desde el tren.
Veo a mis hombres luchando en el techo, tratando de neutralizar al que le dispara al helicóptero.
Nos acercamos y, por mis binoculares, observo el miedo en los ojos de mi Lili, abrazada de Migue, en espera de que Humberto, junto a otros hombres, atrapen la cesta, que se balancea detrás.
—Tienes que acercarte más, tenemos que distraer a los otros para que puedan rescatarlos. Gira del otro lado; dispárenle con todo a quien le dispara al Ermitaño —le grito al piloto.
Lo hace. Sobrevolamos encima del vagón; Rufo y yo saltamos en el techo junto a otros. Mientras ellos le disparan a los que poseen las ametralladoras, comenzamos a luchar cuerpo a cuerpo, logrando que dejen de disparar. Hemos logrado desarmarlos; ahora están rodeados por nosotros.
—¡Vayan a ayudar a Humberto a atrapar esa cesta! —ordeno a mis hombres que corren hasta el final del tren.
Vemos cómo saltan y caen en la cesta; al tiempo que lanzan una soga a los demás, que al fin logran atraparla y rescatar a Lili, Migue y Humberto.
Van los tres colgando, mientras son subidos por los otros a la cesta.
Escucho los gritos aterrados de mi Lili, pero respiro aliviado al ver cómo se aleja sana y salva.
—¡Ya se fueron, Rufo, vamos a tirarnos! —ordeno con firmeza.
—Está bien, Ale, pero quedan hombres nuestros en los vagones. ¿Tienes el intercomunicador? —cuestiona preocupado—. Ordénales que se tiren también; los autos de los nuestros allá vienen.
Hago lo que me dice Rufo, mientras observo cómo se aleja el helicóptero con mi amor, que aún grita aterrada.
La puedo escuchar por el intercomunicador; como quisiera ir a abrazarla y hacerla sentir segura.
Respiro y me dejo caer rodando del tren junto a todos mis hombres.
Nos montamos en los autos y seguimos al helicóptero, que desaparece en la lejanía.
—Jefe, gracias por venir —me dice Estefan—. ¿Viene con nosotros?
—No, mi esposa no quiere que la siga —respondo secamente—. Vayan ustedes; yo me quedo con Rufo. Cuídenla y cualquier cosa estaré cerca.
—Muy bien, jefe. Aunque creo que ella sí quiere que usted la siga —es el segundo que me dice eso, ¿será verdad?—. Cuando nos lanzamos en paracaídas con ella, que se drogó, no se cansaba de llamarlo.
Giro mi cabeza al escucharlo con incredulidad. Estefan ríe divertido, mientras la sangre comienza a hervir en mis venas.
—¡¿Se lanzaron en paracaídas con mi Lili?! ¿Se volvieron locos? —Estefan deja de reír de inmediato al escucharme—. ¡A ella le aterra volar!
—Lo sabemos, jefe, pero no teníamos opción —aclara rápidamente—. Lo hizo bien. Ahora quiere que la enseñemos; es muy valiente la jefa.
—¡No le hagan hacer esas cosas! ¡Vete! —señalo sintiendo cómo me mata la culpa.
Todo esto es por lo que le hice, porque quiere huir de mí.
Es mi culpa que mi Lili esté pasando por todo esto; es mi culpa—.
Cuídala, Estefan; dile…, dile… Mejor nada, no le digas nada.
Vete ahora, no quiero que corran peligro.
Observamos cómo se retiran y nos montamos en el helicóptero que viene a recogernos.
No sin antes ordenar a mis hombres que traten de agarrar a los que van en el tren.
Uno, entre los que tomamos prisionero, Rufo le hizo algo que habló todo lo que sabía.
Nos dijo que el dragón de fuego no iba en el tren, se quedó en Moscú y que nadie sabe quién es, porque siempre usa una máscara cuando se encuentran.
Es muy misterioso ese dragón; creo que debo ir a ajustar cuentas con él personalmente.
—Ale —me llama Rufo, estoy fumando un tabaco en el balcón del hotel en que nos hospedamos en Minsk—, están seguros. Los mandé en un avión directo a Madrid; el nuestro ya está listo para seguirlos. ¿Qué piensas?
—Quiero ir a ajustar cuentas con ese llamado "dragón de fuego" —respondo, todavía pensando en lo que acabo de escuchar—. Tengo que cazarlo, saber quién es. No podemos tener un enemigo como ese en nuestras narices, Rufo.
—Ya le repartimos todo lo que tenemos de él a nuestra organización.
Lo declaramos el enemigo número uno, con alta prioridad.
Ofrecí una gran recompensa a todo el que nos dé informaciones sobre él —lo miro; mi segundo en verdad siempre está tres pasos por delante—.
Espera a que investiguemos bien y lo cogemos. Ahora vamos a cuidar de Lili y Migue.
Estoy de acuerdo. Después de lo que acabo de escuchar que le hicieron a Lilian, no me confío de ellos.
Le cuento que hablé con el abuelo. Dice que siempre escuchó el rumor del "dragón de fuego", pero no tiene ni idea de quién puede ser; que se oculta muy bien.
Y lo peor no es eso; cree que está dentro de los dragones principales, pero no ha podido dar con quién es.
—Tenemos que descubrirlo, Rufo, ese es mi verdadero enemigo —no me gusta saber quién no es—. Y ahora va tras de mi Lili.
—Lo haremos, Ale; no solo está detrás de tu Lili, lo escuchaste, quiere a mi Migue para dárselo de trofeo a sus hombres. ¡No dejaré que nadie le toque un cabello a mi amor, Ale!