¡Ups! ¡No me equivoqué! 156. CORRIENDO PARA SALVARLA
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156. CORRIENDO PARA SALVARLA

ALESSANDRO:

Humberto no era un cobarde; "el dragón de fuego" parecía liderar esta región.

Menuda ironía. El capo de capos de la mafia italiana estaba aquí pensando en formas de salvar a una mujer que no quería verme.

Pero que me tenía corriendo detrás de ella para salvarla.

Ella se había adueñado de mi corazón desde el primer día que se cruzó en mi camino, y, por Dios, que nadie iba a arrebatármela.

—Corramos, Rufo, debemos irnos —salgo corriendo a todo dar rumbo al helicóptero mientras le grito a mis hombres—. ¡Todos arriba, vamos, es una emergencia, debemos alcanzar el tren!

—¿Qué tren, jefe? —pregunta uno de mis hombres.

—¡El que va de Moscú a España! —grité, saltando dentro, seguido por todos.

—Eso es una bala, jefe —me indica uno—. No hace mucho que pasó, debe estar llegando a Minsk.

Este no era el momento de discutir conmigo.

Lo miré fríamente. El aire frío golpeó mi rostro.

En otro momento, habría pensado lo que mi abuelo siempre decía del invierno ruso: "El alma se congela antes que el cuerpo".

Quizás tenía razón, aunque yo sentía que mi alma llevaba congelada mucho tiempo, incluso antes de poner un pie en Moscú.

—¡Pues tenemos que darle alcance! El dragón de fuego está en el tren tras mi esposa; iremos en su ayuda, yo coordinaré todo —tomo mi teléfono, que ya Luci me ha comunicado—. Humberto...

—Sí, jefe —contesta al primer timbre.

—Tienes a los hombres del dragón de fuego en el tren, son muchos, no vas a poder con ellos —le informé de inmediato.

Confiaba en él, por lo que no me asombró cuando respondió que ya lo sabía y que estaba por llamarme para pedir ayuda. Estaban barajando la posibilidad de lanzarse del tren, pero sin ayuda exterior es muy arriesgado. Ha tratado de comunicarse con los nuestros en Minsk, sin resultado.

—No, Humberto, no se lancen del tren, serían presa fácil —pienso en una solución de inmediato—. ¿Ya los descubrieron?

Humberto me informa que no los han encontrado, pero que no tardarán en hacerlo, porque están revisando todo el tren desde el inicio.

Ya varios de los nuestros estaban ubicados dos vagones por delante de ellos para detenerlos.

Pero no aguantarán por mucho. Ellos traían armas pesadas y, a diferencia de los suyos, estaban en el cuarto vagón antes del final.

—¿Crees que puedan aguantar quince minutos? —miré el reloj en mi mano, sacando cuentas. No cree que puedan aguantar más de ese tiempo—. Caminen hasta el último vagón, te mandaré ahora mismo un helicóptero para que los rescate; que Lili y Migue sean los primeros en montarse.

Ya Rufo está localizando a los nuestros para que manden un helicóptero al encuentro del tren.

Le recuerdo que Lilian padece de ataques de pánico al volar.

Le pido que, aunque tenga que desmayarla, debe montarla en el helicóptero y no dejar que los atrapen.

Me siento más tranquilo al escuchar su promesa de que no dejará que eso suceda.

Confío en mi cuerpo de élite, sobre todo en él, pero están en desventaja.

—Vete ahora con ellos dos para no levantar sospechas —continúo ordenando con decisión—. Cúbranle el cabello a Lili, de seguro buscan una pelirroja, y también disfracen a Migue de mujer. A él también lo buscan y saben cómo es.

—No se preocupe, ambos se disfrazaron, la señora de rubia y Miguel de mujer —respiro aliviado al escucharlo—. No sé ni para qué me preocupo. Bien hecho, Humberto.

—¡Listo, Ale! —me avisa Rufo, haciendo señas—. El Ermitaño está cerca, dice que ve el tren desde donde está, va a rescatarlos.

—¡Perfecto! —exclamo—. Humberto, ya va el helicóptero para allá.

Colóquense en lo último del tren y protéjanlos bien.

Suban al techo algunos; los otros, distribúyanlos en los cuatro vagones para retrasar a los enemigos.

De seguro, en cuanto vean el helicóptero, se darán cuenta de que es nuestro y avanzarán hacia ustedes.

Miré a todos a mi alrededor, que buscaban con la mirada al tren. Cada uno de mis hombres tenía la misma expresión sombría que yo, tensa, compartiendo mi preocupación por lo que estábamos a punto de enfrentar. La amenaza no era nueva para nosotros, pero salvar a Lilian era mi prioridad ahora.

—Ya vamos, jefe, y lo veo; ya viene el helicóptero —escucho la voz de Humberto y respiro aliviado.

—¡El tren! ¡Lo vemos! —escucho al piloto.

—Iré en su ayuda, no le digas a Lili que hablaste conmigo —le recuerdo para que ella no me odie más.

—No lo haré, señor —se detuvo un momento Humberto antes de agregar—. Aunque ella creo que se tranquilizaría si se entera de que viene a ayudarnos. Está muy asustada, repite una y otra vez que ojalá usted estuviera aquí.

—¿De veras? —mi corazón salta emocionado al escuchar eso—. Pero no me lo ha pedido, Humberto. Si te pide que me llames, dímelo. En cinco minutos estoy allá, aguanten.

—Muy bien, ya voy avanzando con ellos; apúrese, jefe, creo que ya empezaron a luchar con los nuestros —escucho los disparos en el teléfono.

Cuelgo y llamo a mis hombres en Minsk; enseguida les explico lo que necesito. Me contestan que no hay problemas, que ya salieron para allá, y me comunican con el Ermitaño.

—Jefe, estoy listo —me dice sin dejarme hablar—. Llevo una cesta colgando, pues iba a rescatar un animal, jefe; creo que eso sirve.

—Ella padece de ataques de pánico; ¿es seguro eso? —quiero saber preocupado.

El Ermitaño me explica que la cesta es muy segura, aguanta el peso de diez hombres.

Respiro aliviado al escuchar eso; mis hombres estarán a salvo.

Le indico que vaya por ellos, que estarán al final del tren.

Son dos mujeres y unos hombres. Sé que hará todo lo que le ordeno.

No es la primera vez que lo hace y no anda solo; son cinco y tienen armas de largo alcance.

—Perfecto, confío en que rescaten a mi esposa —se me escapa—. Y cuidado, no vayan a matar a los nuestros; están disfrazados.

—No se preocupe, jefe, tendremos cuidado —me responde con voz firme—. Y le aseguro que los rescataremos, jefe.

Cuelgo, tomo mis binoculares; ya puedo divisar el tren a lo lejos. Miro a Rufo, que se estruja las manos. En todos los años que llevo conociéndolo, jamás lo había visto perder su sangre fría por nadie. Y ahora está hecho un manojo de nervios.

—¿Ya? —cuestiona ansioso.

—Sí, hicimos bien en no irnos, Rufo —le entrego los binoculares—. Tienes razón en que debemos cuidarlos. Tuvimos suerte de que el Ermitaño anduviera cerca del tren con su helicóptero; iban a rescatar un animal.

—Menos mal, ¿ves? —sus ojos rojos me impresionan—. No podemos dejarlos solos, Ale; corren mucho peligro, no solo persiguen a Lilian, también a Migue.

—Trata de calmarte, Rufo, ya casi llegamos; los cuidaremos —señalo, a pesar de que el miedo se ha apoderado de mí. ¿Y si Lili se niega a montarse en esa cesta? ¿Y si no llegan a tiempo?