¡Ups! ¡No me equivoqué! 155. SIGUIENDO AL AMOR
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155. SIGUIENDO AL AMOR

ALESSANDRO:

Le ordeno al piloto desviarse y no aterrizar en el aeropuerto internacional de Moscú.

Lo hacemos en uno particular en las afueras.

Me comunico con todos mis hombres; les envío la imagen del tatuaje del dragón de fuego para que los localicen y los neutralicen.

Hago lo mismo con Luci, le envío el tatuaje y el número de Estefan para que los localice. Ella me devuelve la llamada enseguida.

—Están en un hotel cerca de la estación del tren, en la salida hacia la ciudad de Minsk —dice. Esa chica, en verdad, es muy buena en lo suyo.

—Gracias, Luci. Sigue vigilándolos —le pido mientras respiro aliviado—. Rufo, ya alerté a todos.

No me contesta. Eso me asombra. No es normal en él. Me giro para observarlo; se ha quedado mirando el teléfono en su mano, en completo silencio. Es evidente que no me ha escuchado, está enfocado en algo. Lo conozco demasiado bien; algo ha descubierto, lo sé por el brillo en su mirada.

—¿Qué pasa, Rufo? ¿Qué estás pensando? —me acerco a él.

—¡Migue sí me dijo a dónde se dirigen, Ale! —levanta la mirada, lleno de felicidad. Lo observo incrédulo; escuché la conversación y no capté nada—. Sí, escucha.

De inmediato pone la grabación de la llamada; es una costumbre que tenemos para no dejar escapar ningún detalle. Grabar todas las llamadas se ha convertido en un hábito para él. Me quedo en silencio, prestando atención a cada palabra.

—...Regresa a mí, Migue, por favor, no puedo vivir sin ti —le ruega Rufo.

—Lo haré, te doy mi palabra, yo tampoco puedo vivir sin ti —hizo una pausa antes de añadir—: Solo iremos a ver a mi familia, cariño. ¿Entiendes?...

Rufo cuelga con la mirada brillante y una sonrisa de oreja a oreja. Lo miro desconcertado; en ningún momento dijo explícitamente a qué lugar iban.

—¿Van a ver a su familia? ¿No es huérfano? —pregunto, incapaz de conectar las piezas.

—¿No lo entiendes, Ale? —insiste Rufo, sonriente y complacido de que Migue le haya proporcionado una pista clara que, por alguna razón, yo pasé por alto—. ¡Van a España! ¡Ellos se dirigen a España!

Me quedé observándolo, tratando de procesar lo que acababa de decir. España. Esa palabra se repetía en mi mente, mientras la posibilidad se iba delineando con un trazo cada vez más claro en mi cabeza. La costumbre de Migue de mencionar a su tierra natal no era algo reciente, eso lo sabía.

—¿Estás seguro? —murmuré entre dientes.

—Sí, Migue es de España —asegura sin pestañear—. Me dijo eso porque quería que yo supiera a dónde iban. Vamos a seguirlos, Ale, seguro que están tratando de alquilar un avión.

—No sé, Rufo, le prometí a Lili no aparecerme ante ella hasta que me lo pidiera.

Solo me quedé con la intención de asegurar que salgan de aquí sin problemas y de paso alertar a todos mis hombres contra el dragón de fuego —miro a lo lejos queriendo correr hacia ellos, pero por una vez quiero respetar lo que le dije.

Rufo me mira, bajando la cabeza con tristeza. Eso me mata; mi amigo está sufriendo mucho por mi culpa. Por un momento, frunzo el ceño. Tengo demasiadas cosas por hacer. Mi tiempo es algo que nadie pierde, y menos en un juego como este.

—Y no lo harás, no aparecerás delante de ella —me toma por los brazos, mirándome fijamente con una súplica en su mirada—.

Pero los cuidaremos, Alessandro. Y yo no le prometí nada a Migue.

Dale, indícales a los hombres que localicen todas las reservaciones de aviones privados que se dirijan a España.

Si luego te quieres marchar, hazlo. Pero yo me quedaré con ellos.

Me preocupa ese dragón de fuego; no se va a quedar tranquilo hasta que los atrape.

Debe ser ese hombre que escuchamos en la cripta. Están en grave peligro.

Lo miré frustrado. Lo único que importaba era asegurarme de que estarían seguros.

Podíamos hacer lo que mi mejor amigo me pedía y, para qué negarlo, yo también quería ir a ver con mis propios ojos que estaba bien.

Rufo seguía ahí, parado frente a mí, esperando una respuesta, todavía con esa maldita cara de ilusión.

—Está bien, iremos, aunque no dejaremos que Lili se entere —acepté, porque no podía seguir viendo a mi amigo así—. Esto no está bien, Rufo, es un maldito problema. No sé qué te emociona tanto. Si Lilian se entera de que no cumplí mi palabra esta vez, no me va a perdonar.

Rufo me sostuvo la mirada por un instante.

La sonrisa se apagó lentamente para dar paso a una expresión seria, cansada.

Le di la espalda, cerrando la chaqueta del traje y agarré mi arma de la mesa.

Mi reflejo en el cristal de la ventana me devolvió una imagen que ya estaba demasiado acostumbrado a ver: un hombre que lo controlaba todo, incluso cuando parecía perder el control.

—Está sonando tu teléfono, Ale —me dice Rufo, trayendo el aparato. Contesto de inmediato al ver quién es.

—Dime, Luci —quiero saber enseguida.

—Lili se acaba de montar en el tren que va desde Moscú a Madrid —le hago señas a Rufo para que se acerque a escuchar—.

Ahora mismo. Pero, Ale, tienes que darte prisa en ir a rescatarla.

En ese tren subieron los hombres esos que me pediste que vigilara, los del tal dragón de fuego.

Lili está en grave peligro. Son muchos, más de veinte.

Mi mandíbula se tensó involuntariamente mientras seguía investigando todos los detalles. Esta cuñadita mía era un tesoro en mi mundo. Me explicó que todos ellos llevaban el tatuaje del dragón echando fuego, con otro más pequeño y negro bajo la pata, en la mano.

—¿Por dónde va el tren ahora? —pregunté poniéndome en movimiento mientras le hacía señas a mis hombres.

—Están saliendo del área de Moscú y entrando en el territorio de Minsk —contestó enseguida, enviando la señal del tren.

—Comunícame con Humberto —le ordené, recogiendo todo—. ¿Cuánto le falta al tren para llegar a la ciudad?

—Dos horas máximo… —contestó de inmediato—. Suponiendo que no intenten detener el tren antes o cambiar su rumbo.

Mi mandíbula todavía estaba tensa mientras seguía dando órdenes, moviéndome con la urgencia que la situación requería.

Mis hombres se desplegaban con la precisión de una danza ya ensayada cien veces.

Cada palabra mía era una directiva directa; cada uno sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Rufo me siguió de cerca mientras salía de la habitación.

—No te preocupes, Luci, todo estará bien —aseguré sabiendo que estaba asustada; lo escuchaba en el temblor de su voz.

—¿Qué hacemos ahora, Ale? —pregunta Rufo al ver mi semblante de preocupación.