¡Ups! ¡No me equivoqué! 154. EL VIAJE CONTINÚA
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154. EL VIAJE CONTINÚA

LILIAN:

Humberto me pide que tome asiento, así que lo hago frente a él. Es el jefe de seguridad y me mira con seriedad. Me pide que le explique el itinerario que tengo en mente. Asegura que me es fiel y que jamás me traicionará, pero dice que debe aconsejarme; tenemos grandes enemigos en el área.

—Vámonos a España, Lili. Hace rato que no voy. Di que sí, amiga —me ruega Migue.

—¿A España, Migue? —lo miro pensativa, sintiendo que no es una mala idea ir a conocer dónde creció—. Está bien, me gusta. Nos iremos a España, Humberto.

—¿Valencia? —señala en el mapa—. ¿Quiere ir a la casa del señor?

—No, a un lugar de playa —le pido con una sonrisa—. Bueno, espera, necesito pensar en lo que hacemos al regresar. Pero quiero hacerlo lo más posible en auto.

Al escuchar mi decisión, Humberto asiente con un ligero movimiento de cabeza, pero sus ojos reflejan una sombra de duda.

Es evidente que algo no le gusta. No dice nada, pero yo sé que algo no anda bien.

Humberto jamás se queda callado si ve un peligro real.

Mira el mapa en sus manos y lo coloca frente a mí.

—Bueno, creo que debemos tomar el tren directo que viene de Moscú y va a Madrid —interviene Estefan señalando la ruta—.

Son cuarenta horas, y así nadie nos encontrará.

Luego, a partir de Madrid, haremos un recorrido por toda la costa hasta regresar; hay playas y lugares hermosos.

Yo lo he hecho con Humberto. Nos tomó casi veinte días a un mes.

—Estoy de acuerdo con él, Lili —agrega entusiasmado Migue—. Iremos a Madrid a saludar a mis conocidos; nos podemos quedar como tres días, haremos unas carreras para soltar el estrés, y lo podemos hacer en todas las ciudades que recorramos. Yo también he hecho ese recorrido.

Migue sonríe entusiasmado como un niño que acaba de pedir permiso para su primer viaje. Mira el recorrido que ellos han hecho en el mapa. Lo miro y, poco a poco, su entusiasmo va ganando espacio en mi pecho.

—¿Es hermoso, Migue? —me intereso, nunca he salido de Italia, a no ser aquella vez con Minetti a París y resulté herida—. Yo nunca he viajado, me la pasé trabajando todo el tiempo, así que aprovecharé ahora.

—¿Estás segura, Lili, de que no quieres regresar para la boda? Este viaje lo podemos posponer; todavía tenemos tiempo de llegar —cuestiona serio Migue.

Lo fulmino con la mirada mientras le doy un manotazo en el brazo. ¡No quiero recordar esa boda! Pero no puedo evitar reírme. Migue es esa amistad bromista e inmadura que me recuerda que es posible darse un respiro en medio del caos, pero también es quien me recuerda las cosas importantes.

—Ya estoy casada, era solo una ceremonia —dije con desprecio—. Pueden cambiarla para otro día. Ahora no tengo cabeza para eso, Migue, mejor seguimos con lo del viaje.

—Está bien, pero toma la pastilla —me entrega el frasco de somníferos—. Es un poco retrasada, pero puede que funcione todavía.

Me la tomo sin chistar, con un poco de pena por estar Humberto delante, pero él está absorto en el mapa. Parece que termina de guardar sus reservas con dificultad. Mira a Estefan y a otros hombres que esperan las órdenes, luego vuelve a concentrarse en mí.

—Creo que podemos hacer, después de Madrid, tres días en Barcelona, Ibiza y Menorca, como quiere ir a la playa —indica cada ciudad—. Además, hay una gran cantidad de hombres y grupos nuestros en esas ciudades; cualquier tipo de peligro nos ayudarán.

—¡Ay sí, Lili, vamos a la playa! —exclama Migue emocionado.

Veo que a él también le hacía falta escapar, aunque no lo diga.

Ya me lo había confesado, que se sentía prisionero del cuidado excesivo de Rufo.

Humberto lo observa sin decir nada, con esa mirada de resignación que me lanza seguido, como quien tiene que cuidar a un niño terco; mejor dicho, a dos.

Pero, a decir verdad, a mí no me afecta.

—Está bien, Humberto, arréglalo todo; haré lo que digan —le doy plena autoridad para tranquilizarlo. Debo confiar en él, como me dijo Alessandro.

—Entonces, si es así, señora —señala Estefan—, tenemos que irnos ya. El tren sale en dos horas. Ya alquilé los autos.

Veo que Humberto ya tiene todo preparado: un coche elegante y discreto, suficiente personal para proteger al propio presidente y un itinerario más ajustado que una camisa encogida. Lo siento por él, pero pronto aprenderá que llevo el caos como bandera.

—Está bien, vamos —me pongo de pie—. Recuerden no decirle a su jefe dónde estamos.

—Sí, señora, aunque debería llamar a su señora madre, Libia, para que no se asuste —me recuerda Humberto.

—Ya lo hice, Humberto, ayer antes de salir de Roma —explico, agradecida de que se preocupe por mamá; la pobre debe estar muy asustada.

Salimos en diferentes autos para no llamar la atención.

Llegamos a una estación en las afueras de Moscú.

Migue y yo también nos hemos disfrazado; él de mujer y yo de rubia.

Nos hacemos las esposas de los chicos, que me indican que baje la cabeza para que las cámaras no puedan leer mi rostro.

Me siento como un espía, es emocionante.

El tren no se hace esperar; lo tomamos y, por suerte, podemos hacernos de un compartimento para Migue, Humberto, Estefan y yo. Los demás se han disfrazado y a cada rato pasan por el frente. ¿Habrá escapado Ale de la trampa? ¿Quién es ese dragón de fuego que me persigue ahora?

Recuesto mi cabeza en el hombro de Migue, que también se está durmiendo, cuando el sonido de mi teléfono, que le he puesto para que me avise cuando recibe un nuevo correo, me despierta. Lo tomo y sonrío.

"Gracias por avisarme, vida mía. Estoy feliz de saber que aún te preocupas por mí; eso quiere decir que me queda la esperanza de que un día me perdones.

Regresamos a Italia; hay cosas que debo resolver.

No escatimes en la seguridad, amor. Te prometo no ir a ti; esperaré que me quieras a tu lado.

Prométeme que, si estás en gran peligro, me llamarás.

Y confía ciegamente en los chicos; son fieles a ti.

Sé que estás saliendo ya de Rusia, pero no te confíes, Lili; esos enemigos son muy peligrosos.

Los combatiré para darte un respiro. Te amo, Lili; te amo como nunca imaginé que se pudiera amar.

Esperaré con ansias el día en que decidas perdonarme y me pidas correr a ti.

O al menos, esto último. Te ama, tu Ale."

Migue lee el mensaje por encima de mi hombro. Empieza a bromear de nuevo, sacándome de mis pensamientos. Por supuesto, yo no sabía que el viaje, sencillo y prometedor, estaba a punto de convertirse en algo más peligroso.

—Eres mala, Lili; no sé qué fue lo que te hizo, pero se ve que está muy arrepentido. Pídeles que vengan; viajaremos todos juntos, anda, mi amiga, por mí, ¿sí? —ahí está rogando de nuevo—. Muero por ver a mi papichuli; de veras lo extraño y está furioso.

—No insistas, Migue —me niego con testarudez—. Si quieres, puedes irte a Roma con él; nadie te obliga a seguirme.

—Señor —nos interrumpe uno de los hombres—, los enemigos están en el tren. Los hombres del dragón de fuego, los acabo de ver. ¿Qué hacemos?