153. SIN VOLVER ATRÁS
LILIAN:
Sentí un nudo en la garganta mientras miraba el nuevo mensaje.
Me percaté de que no conocía a mi esposo.
El tono suplicante, la dulzura desesperada, no era lo suyo.
Estaba confundida; si no le respondía, Alessandro haría lo que tuviera que hacer para llegar hasta mí, incluso cruzar un continente y voltear Moscú boca abajo.
¿Lo haría? ¿Vendría detrás de mí o dejaría que viajara sola?
—No, deja que sufra un poco por lo que me hizo —tiré el teléfono; lo dejaría sufrir un poco más sin saber de mí.
Salgo después de lavarme la cara y de que Migue me arreglara un poco. Humberto y Estefan me miran preocupados.
—¿Se siente bien, señora? —pregunta Humberto enseguida.
—Tengo una resaca enorme, pero cuando coma se me pasa. ¿Cuál es el plan? ¿Qué es eso de que me persigue un dragón de fuego? —Puse una actitud seria mientras miraba la comida en la mesa.
Mi corazón latía acelerado. No estaba segura de si era por el miedo a lo que nos acechaba afuera o por la perspectiva de tener que llamar a Alessandro para que viniera en mi ayuda.
—Hace años que sabemos que existe un enemigo poderoso en Rusia, solo ahora escuchamos ese nombre; mi amigo lo escuchó en el aeropuerto —contestó con seriedad Estefan.
—¿Humberto, le avisaste a Ale? —quise saber cuán leales eran a mí—. Luci le debe haber dicho que estamos aquí.
—¿Le aviso? ¿Le informo nuestra posición? —quiso saber enseguida.
Eso me complació; no era mentira lo que me había dicho Alessandro ese día. Mi cuerpo élite era mío y ni siquiera él podría ordenarles nada. Los había hecho jurarme lealtad a mí y solo a mí. No podía creer que fuera cierto. ¡Ese maldito capo me desarma con las cosas que hace!
—No, solamente adviérteles de la trampa —me detuve pensativa; no podía poner en peligro a todos por mis cosas—. Es más, dile a uno de los hombres, él de Moscú, que le avise. No, mejor avísale tú, quiero estar segura de que le llega el mensaje.
Vi cómo se miraban entre ellos, aliviados. Los comprendía; ellos, desde muy jóvenes, luchaban bajo las órdenes de Minetti, por lo que contar con él los hacía sentir bien. Giré la cabeza para mirar hacia afuera.
—Ya lo hago —dice Estefan con el teléfono en la mano—. No me contesta. Espera… ¡lo cogió! ¡Jefe, jefe!
—¿Dime, Estefan? —había puesto el teléfono en el altavoz.
—Hay una trampa en Moscú. No vayan a ir —le señala enseguida.
—¿Dónde están, Estefan? ¿Están todos bien? ¿No los agarraron? ¿Mi esposa y Miguel? —los llenó de preguntas.
Por un momento, mi corazón saltó emocionado al escuchar la preocupación en su voz, hasta un poco de miedo.
Mi mente estaba nublada. Lo amaba, pero también lo odiaba.
Yo no tenía la familia más estructurada de todas, pero sabía lo que era respeto.
Y él me había regalado la traición más hiriente de mi vida.
Y, sin embargo… escuchar su voz me derretía.
—Estamos seguros, nos avisaron y nos desviamos; pero no podemos decirle dónde estamos. La jefa no quiere —contestó Humberto.
—Muy bien, no te preocupes —lo escuché suspirar y me lo imaginé apretando el entrecejo—. Cuídenla bien. Pon a Migue al teléfono.
—Migue, el jefe quiere hablar contigo —señala Estefan, y siento cierta punzada en mi corazón al notar que no pidió hablar conmigo.
Dejo de mirarlos, concentrándome en mi respiración para no llorar. No es que lo fuera a atender, pero al menos me hubiera dado el gusto de rechazarlo. ¡Condenado hombre, sabe cómo molestarme más ignorándome!
—Dime, Alessandro —escucho a Migue.
—Hola, Migue, soy Rufo. ¿Cómo puedes hacerme esto? —la voz del doctor Rufino es grave; está molesto.
—¡Rufo! —escucho a Migue exclamar alegre—. Perdóname, amor, pero no te pongas así. Es mi mejor amiga. No la puedo abandonar, como tú tampoco puedes abandonar a Ale. Por favor, Rufo, te llamaré a cada rato. No te molestes conmigo. ¿Dónde estás?
—Volando a Rusia. ¿Y tú? —vi cómo giró la cabeza para verme y yo le negué con la mirada.
Migue me observaba con un ruego en su mirada, pero no me aflojé. No dije nada más y él tampoco preguntó. Siguió hablando con Rufo.
—No puedo decirte, cariño, pero estamos bien —sabía que le dolía hacerle eso al gran amor de su vida, pero yo no quería que Alessandro viniera tras de mí—. No vayas a Rusia, amor. Hay un tal Dragón de Fuego persiguiendo a Lili allá.
—¿Dragón de Fuego? —parecía que no le sorprendía—. Dime dónde estás.
Migue tragó saliva, indeciso, y yo apenas podía contenerme. Ese Rufo, con su voz grave y segura, era el completo opuesto a mi manera impulsiva de hacer las cosas, pero al menos tenía algo de sentido común. Y cuando mencionó el Dragón de Fuego, no pude evitar apretar los puños.
—Nos iremos de Rusia; regresen a Italia, amor, nos cuidaremos —dijo Migue con tristeza—. Chao, amor, tengo que colgar, te amo, Rufo. Y amor, no te dejé, no te abandoné, solo cuido a mi amiga, no sufras, cariño.
—Regresa a mí, Migue, por favor, no puedo vivir sin ti —me asombré al escuchar a Rufino rogándole así a mi amigo.
—Lo haré, te doy mi palabra; yo tampoco puedo vivir sin ti —responde dejándose caer a mi lado—. Solo iremos a ver a mi familia, cariño. ¿Entiendes?
Rufo sigue insistiendo en que regresemos; escucho la conversación con los ojos cerrados, culpable por separarlos y feliz de que se amen así. Sus palabras eran hermosas, lo que llevó mi mente a los mensajes de Alessandro.
—No puedo entender que quieras estar lejos de mí, amor; me estoy muriendo sin ti.
Esperaré el tiempo que necesites para hacer eso; cuídate, cariño, por favor —al fin aceptó Rufo nuestro viaje—.
Y si me necesitas, avísame, dejaré todo e iré por ti.
Ponle el teléfono en el oído a Lilian, que Ale quiere decirle algo sin que él se lo diga a ella.
—Está bien, te amo, Rufo —veo cómo Migue se acerca y me coloca el teléfono en el oído; pienso que Rufo quiere hablarme; en su lugar escucho:
—Sé que no quieres escucharme, Lili; nada más quiero pedirte perdón y decirte que te amo. Cuídate, cariño, cuídate mucho. Y no olvides que te amo.
—¡Migue! ¿Por qué hiciste eso? —cuelgo con el corazón acelerado.
La voz de mi Ale me estremeció, y aunque protesto, mi corazón duele, queriendo agarrar ese teléfono y pedirle que venga, que me encuentre. La voz de Humberto me trae a la realidad.
—Señora, como solo vinimos aquí para despistar al jefe. El otro recorrido lo haremos en auto y tren —veo que tiene un mapa en sus manos.
—¿En auto y tren? Explícate —me concentro en lo que dice. ¿Estaré haciendo bien?