152. EN MEDIO DEL PELIGRO
LILIAN:
Humberto le daba órdenes a los demás hombres, mientras yo, bajo el peso de mi propia adrenalina y la unión de la vodka con los somníferos, tenía mi cabeza embotada.
Lo único que sentía era una gran euforia junto al frío que me hacía estremecer y los gritos de órdenes en italiano del jefe tratando de que se dieran prisa.
—¡Tenemos que irnos ya! ¡Andiamo, andiamo! —gritaba mientras me quitaba todas las cosas con que me había sujetado.
—Humberto, opino que tienes que cargarla —dice Migue al ver cómo me tambaleo sin dejar de reír—. Vamos, Lili, tenemos que llegar a los autos.
—Quiero hacerlo de nuevo…, sentirme feliz en el aire, quiero volar con mi Ale…
¿Dónde estás, maldito idiota?... Imbécil, ¿cómo pudiste hacerme eso?
¡Eres un maldito mafioso ignorante! Pero te amo, Ale, ven a buscarme…
—grito mientras Humberto me lleva a horcajadas sobre su espalda por el medio de un campo.
Sigo riendo sin poder controlarlo, mientras Migue corre a mi lado con preocupación. El dolor se ha ido, aunque mis lágrimas siguen saliendo de mis ojos sin que pueda impedirlo.
—Sí, estás drogada, Lili, muy drogada —ríe Migue caminando a mi lado.
Sigo diciendo cosas en contra de mi Ale durante todo el trayecto.
Ellos ríen al verme tan drogada. Llegamos a unos autos que nos esperaban.
Me sientan en el asiento trasero, con Migue a mi lado y del otro lado Estefan.
Humberto va delante con el chofer. El ronroneo del auto, las voces de ellos hablando y el calor del cuerpo de Migue, que me lleva abrazada, hacen que me duerma.
Cuando vuelvo a despertar, estamos en un hotel, no sé dónde, y es de noche.
—¿Despertaste, Lili? —viene Migue a mi encuentro—. Tremenda drogada te diste, mi amiga. Menos mal que te hicieron un lavado de estómago cuando llegamos.
—Ni me lo digas, tengo tremenda resaca ahora —río apenada por mi comportamiento—. ¿Me lavaron el estómago? Hicieron bien, me sentía fatal. ¿Dónde estamos?
—No lo sé, deja que llame a los chicos, están ansiosos —se levantó para salir de la habitación.
—Llámalos en lo que voy al baño —le pido sintiendo mi cabeza embotada.
Me levanto y me dirijo al baño. Tomo el teléfono que me dio Humberto y entro en el correo que le di a Luci, y sí, la muy traidora se lo dio a mi Ale.
Tengo dos mensajes de él, y aunque estoy molesta, los abro, los leo y me agrada lo que dicen; no pensé que mi Ale supiera escribir cosas como esas, o sería Rufo.
No, él no haría eso, se ve que es él. Lo vuelvo a leer sonriendo como una tonta; siempre quise que me escribieran cosas así.
"No sé si vas a leer esto; pero de todas maneras te diré lo que siento, mi amor. Soy el peor de los hombres por dejarme arrastrar por mis peores instintos e inseguridades. Te juro, alma mía, que no lo hice para hacerte daño, ni siquiera sé por qué lo hice.
Perdóname por haber sido el causante de tu dolor, no fue mi intención, lo juro por Dios. Lo siento mucho, vida mía, sé que estás convencida de que eres mi gran amor. Me avergüenzo de eso que te hice, pero sobre todo, me duele haber sido yo el causante de tu dolor.
Tómate todo el tiempo que necesites para castigarme y pensar en cómo perdonar a este loco e inseguro hombre que te quiere solo para él. Esperaré por ti, vida mía, todo lo que quieras, pero un día, amor, perdóname y regresa a mí, Lili. Aun cuando no me perdones y quieras seguir castigándome,
regresa a mi lado, amor, por favor, castígame todo lo que quieras; pero no me dejes, Lili, no lo hagas. Sabes que muero sin ti. Te amo. Tu Ale."
—Ya están allá afuera, Lili —me señala Migue—. ¿Qué estás haciendo? Date prisa, dicen que nos tenemos que ir ya.
—Mira, Migue, lo que me escribió Ale. La traidora de Luci le dio mi correo, pero es linda la manera en la que me pide perdón —no puedo dejar de sonreír.
—Yo llamé a mi Rufo y no me respondió, no sé por qué. ¿Crees que esté muy furioso conmigo, Lili? —Lo miro; está realmente asustado.
Siento un poco de culpa por haberlo metido en esto. Su relación es, en verdad, esta vez muy seria. Lo abrazo muy fuerte, queriendo quitarle esa preocupación que tiene reflejada en su bello rostro.
—No lo creo. Rufo debe estar desesperado por encontrarte; a lo mejor vienen detrás de nosotros —no lo sabía, pero trataba de reconfortarlo.
En verdad, no creía que ese capo se quedara tranquilo en Italia. Estaba segura de que vendría detrás de mí, con Rufo a cuestas. Los ojos de Migue, al escucharme, brillaron llenos de una esperanza que me conmovió.
—¿Lo crees? —soltó todo su aire—. Ojalá, mi amiga. Estoy aterrado. Somos muy pocos, y por lo que oigo a los chicos, un tal Dragón de Fuego anda detrás de ti.
—¿Dragón de Fuego? —mi corazón saltó acelerado.
—Sí —miró mi teléfono con una sonrisa al escuchar entrar otro mensaje—. Oye, tu dragón escribe lindo. Mira el otro mensaje.
"Siento mucho haber actuado como lo hice. No haber medido las consecuencias de mis actos. Los celos me cegaron. En ningún momento quise ofenderte ni lastimarte como lo hice. Soy muy infeliz por haberte ofendido, haber provocado ese dolor en ti, que eres lo que más amo en este mundo.
Te pido de rodillas que perdones a este loco enamorado, que no se detuvo por un momento a pensar que tú jamás lo engañarías. Haré cualquier cosa que quieras con tal de ganarme tu perdón. ¿Deseas que vaya a donde quiera que estés? Dejaré todo si me lo pides, solo importas tú en mi vida.
Te extraño tanto, Lili. Muero sin ti. Perdóname, amor. Tu Ale."
—Uyyy…, mi amiga —exclama de inmediato riendo sin soltar el teléfono—. Sí que sabe pedir perdón tu hombre.
—¿Viste? ¿Crees que es él o Rufo? —la duda todavía me atenazaba. No me imaginaba a Alessandro escribiendo esas cosas.
Migue miraba el teléfono y, por más que leí aquel mensaje una y otra vez, no podía decidirme.
¿Era Ale o Rufo? Con Ale nunca se sabía.
Pese a ser un hombre tan terrible, podía presentarse como el amante más dulce.
Quizá por eso siempre terminaba perdonándolo, porque, aunque intentara no caer, cuando él abría el corazón, me desarmaba. Siempre le creía, ¡maldición!
—Ay, Lili, se ve que es tu esposo, está muy arrepentido de lo que te hizo. Pídeles que vengan, Lili, me aterra que vayan a caer ellos en la trampa esa —rogó Migue.
—Le pediré a Humberto que le avise de los enemigos, pero todavía no lo dejaré venir —seguía con el propósito de castigarlo—. Y no te atrevas a decirle a Rufo dónde estamos, Migue.
—No se lo diré, dale sal, que te están esperando —me suplicó con tristeza—. ¿No le vas a contestar a tu esposo?