¡Ups! ¡No me equivoqué! 151. EL SALTO AL VACÍO
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151. EL SALTO AL VACÍO

LILIAN:

Pero yo no puedo dejar de llorar. Estoy consciente de que Ale debe estar ahora mismo muy arrepentido de dejar al mafioso bruto dominarlo.

Pero no debió hacerme esa humillación, no le he dado motivos para desconfiar así de mí.

Poco a poco me duermo llorando, abrazada de Migue, pues me tomé dos somníferos muy fuertes.

Ale llenó una gaveta de ellos para tenerlos siempre a mano.

—Lili, Lili, despierta —abro los ojos todavía sintiéndome adormilada.

—¿Qué pasó, Migue? ¿Llegamos? —miro hacia la ventanilla y escucho que aún estamos en el aire.

—No, Lili, pero tienes que despertarte; es urgente. Dale, vamos —Migue tira de mí realmente asustado.

—¿Qué pasa? —pregunto al salir de la habitación adormilada y ver a todos mirándome con expresión de preocupación.

—Tenemos una emergencia, señora —me explica Humberto—. Nos acaba de avisar un amigo mío que el aeropuerto está lleno de enemigos esperando por nosotros.

—¿Un amigo tuyo? ¿Cómo supo que llegábamos? —inquirí de inmediato.

No respondió de inmediato. Solo caminé por el avión nerviosamente, revolviendo mi cabello desordenado.

Atrás dejaba todo: mi inseguridad, mi amor destrozado y un Capo que se atrevería a lamentar haberme subestimado.

Rusia era un infierno. Pero yo ya estaba entrando en él.

No esperaba que los problemas comenzaran tan pronto.

—Señora, ese hombre es de mi total confianza y pertenece a nosotros.

Lo llamé para que nos tuviera unos autos listos —explicaba Humberto con la profesionalidad de siempre—.

Además, el jefe mandó a todos los nuestros a esperarnos.

Todo el mundo sabe que va a llegar a Moscú la Primera Dama de la mafia italiana.

La señorita Luci le debe haber dicho que veníamos.

—¡Oh, Dios, oh Dios, oh Dios…! —grité al sentir cómo el avión se mueve—. ¡Estoy aterrada! ¿Saben que padezco de ataques de pánico al volar? —les pregunto, queriendo matarlos por despertarme antes de aterrizar—. ¿Por qué no esperaron a que llegáramos para decirme esto?

Mi corazón seguía a mil, latiendo tan rápido que el miedo corría por mis venas. Recorrí con la mirada cada rincón de la pequeña cabina del avión. Humberto daba órdenes rápidas al piloto, mientras otro hombre, un tipo imponente con mirada dura y mandíbula tensa, entró con paso firme.

—No podemos aterrizar en el aeropuerto, señora —me informó para mi sorpresa.

—¡¿Qué?! —lo miro creyendo que he escuchado mal—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Para dónde vamos ahora?

—No podemos ir a ningún lugar, señora. Tenemos que lanzarnos en paracaídas —me señala Humberto muy serio.

—¡¿Qué?! ¡¿Te volviste loco?! —estaba aterrada—. ¿No acabas de escuchar lo que te dije que me dan ataques de pánico? ¿Cómo pretendes que me lance en paracaídas? ¡No, definitivamente no!

Eran hombres curtidos, acostumbrados a la guerra.

Pero yo… Yo solo era una doctora que había acabado siendo esposa de ese monstruo, ese hombre capaz de arrodillar a cualquiera frente a él.

Y, sin embargo… lo amaba. Lo odiaba por hacerme amarlo.

Maldije en voz baja y me pasé la mano por el cabello nuevamente, intentando calmar ese cosquilleo feroz de angustia que me recorría.

—Señora, es la única manera que tenemos de escapar —Humberto continuaba explicando con su calma fría—. No hay ningún sitio donde pueda aterrizar el avión; tampoco tiene combustible para llegar a otro aeropuerto. No podemos ir a meternos en las manos de los enemigos, señora, son muchos.

—¡No puedo, no puedo, no puedo! —me negaba, retrocediendo aterrada.

—La amarraré a mi cuerpo, señora, y no dejaré que le pase nada —insistía Humberto caminando hacia mí—. Estefan llevará a Miguel.

—¡No puedo lanzarme en el paracaídas, no puedo! —grité aterrada.

Vi cómo su mandíbula se tensó, pero antes de que pudiera replicar, el capitán anunció que estábamos entrando en territorio ruso, que debíamos decidir. Sentí como mi cuerpo se tensaba y paralizaba al mismo tiempo.

—Puedes tomar otros somníferos, Lili; pero creo que ellos tienen razón, no podemos meternos en la boca del lobo —Migue me agarró por los brazos; en este momento ya estoy arrepentida de haberme montado en el avión.

—Vamos, señora, confíe en mí —repite ansioso Humberto—. No tenemos tiempo que perder. Estamos en gran peligro.

En ese momento, deseé volver a darme la vuelta, encerrarme en mi camarote y tragarme todo el maldito frasco de somníferos que Ale insistía en llenarme cada semana.

Pero entonces recordé su mirada, esa manera fría y calculadora que usó cuando me llevó a ese lugar.

Recordé la manera en que había dudado de mí.

—Confíe en todos nosotros, la rodearemos, señora —me dice Estefan y veo cómo todos asienten.

No podía negarme; lo veía en sus miradas preocupadas.

Tomé una de las armas que había en la gaveta.

Era solo por si acaso, me dije, aunque en realidad ni sabía cómo demonios defenderme.

Solo sabía una cosa: si el amor iba a costarme tan caro, alguien más iba a pagar el precio.

Me decidí al ver que no había otra solución; voy al camarote, me tomo dos pastillas más y un trago de vodka.

—Está bien, después no me digan que no les avisé —digo mientras bebo de la botella en mi mano, temblando incontrolablemente aterrada. Ellos me dejan mientras me llenan de cosas y me amarran al cuerpo de Humberto, y hacen lo mismo con Migue. El avión hace un giro.

—¡Aaaaaah…! —comienzo a gritar aterrorizada, queriendo zafarme de Humberto; sin embargo, abren la puerta y se lanzan conmigo al vacío—.

¡Aaaaaah…! —continúo gritando mientras caemos libremente, hasta que abre el paracaídas y se realiza la parada brusca que hace que cierre mis ojos; pero los abro ante la paz, el silencio y la liberación que siento.

El miedo se ha ido, el dolor, la tristeza, la frustración.

Me embarga una enorme felicidad de ver el hermoso paisaje a nuestros pies, que de a poco se hace más y más cercano.

Y por un instante, quisiera quedarme así, suspendida en el aire, sintiendo esta enorme liberación de todas las emociones negativas, hasta que nuestros pies se apoyan en el piso.

—¿Está bien, señora? —cuestiona de inmediato Humberto.

—Eso, eso… —tartamudeo—. Eso fue fantástico. Quiero que lo repitamos, Humberto, quiero que lo repitamos, quiero que me enseñen a lanzarme yo sola.

—¡Yo también quiero aprender! —dice Migue que viene corriendo y me abraza—. Eso fue fenomenal. ¿Te sientes bien, Lili? Creo que estás algo drogada.

Río a todo dar ante las miradas preocupadas de todos los hombres que recogen los paracaídas. Estoy nerviosa, pero al mismo tiempo, estoy llena de una gran euforia.

—Sí, lo estoy, pero soy feliz —al fin logro controlarme un poco—. Y quiero seguir lanzándome en el paracaídas. ¿Lo puedes creer?