¡Ups! ¡No me equivoqué! 150. ESCAPANDO DEL DOLOR
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150. ESCAPANDO DEL DOLOR

LILIAN:

Cerré mis ojos para no explotar; en estos momentos no necesitaba que nadie cuestionara mis órdenes.

Al final, en este momento no importaba si iba a Rusia o al infierno mismo; lo único que necesitaba era espacio, distancia…

y el tiempo necesario para encontrar la forma de poner en jaque al maldito Capo Minetti.

—Humberto, ¿quién es tu jefa? —mi rabia se escucha en mi voz.

—Usted, señora, pero… es mi deber, como jefe de su seguridad, advertirle del peligro —insiste en oponerse.

—¡Haz lo que te he dicho! Cuando necesite de tus consejos, te lo pediré. En cinco minutos lo quiero todo listo, estoy llegando —le grito molesta y cuelgo.

—Sí, señora —entendía su actitud. Estaba pidiéndole desobedecer a un hombre que muchos consideraban un dios, o algo peor: Alessandro Minetti.

Le hago señas a Migue de que se dirija al aeropuerto; lo hace sin decir nada. Entramos por la parte de atrás, como siempre lo hacemos; por suerte, no estaba lejos.

—¿Quieres explicarme qué tienes en la cabeza, Lili? —me espetó Migue, visiblemente nervioso y desconcertado al ver a todo el cuerpo élite cargando armas en el avión.

Humberto nos hace señas y viene a nuestro encuentro. Me saluda con una inclinación respetuosa, pero algo en su mirada denotaba incomodidad.

—Todo listo, señora, el piloto ya pidió permiso para salir. Por suerte, hay pasaportes y dinero en el avión de todos nosotros —me explicaba, caminando a mi lado rumbo al avión—. Todavía estamos a tiempo de cambiar de destino; nos iremos a donde nos diga, pero que no sea tan peligroso.

—Haz lo que te digo, Humberto; ahora no tengo cabeza para pensar —quiero asustar a ese hombre que es mi esposo.

Siempre supuse que Alessandro era complicado, pero nunca pensé que su desconfianza llegaría al extremo de arrastrar mi integridad al suelo, frente a esa maldita doctora y ante Dios sabrá quién más.

Me humilló. Destruyó en un segundo lo que yo creía que estábamos construyendo juntos.

Porque, ¿cómo se atreve a decirme su esposa y luego dudar de mi fidelidad como si yo fuera la traidora?

—¿Adónde vamos, Lili? ¿Qué pasó para que quieras salir huyendo? ¿Qué te hizo el energúmeno de tu esposo para que te pusieras así? —Migue trataba de ser cuidadoso con sus palabras—. No creo que sea buena idea que te vayas ahora. Quizás es justo lo que ellos quieren… Es peligroso, y tú en este estado…

—Ahora no, Migue —me detengo para mirarlo fijamente—. ¿Estás seguro de que quieres irte conmigo? No sé cuándo regrese; puede ser mañana o el otro año.

Me miró rápidamente y sé lo que está pensando.

No podemos confiar en nadie ahí afuera. Podríamos estar corriendo directo a un campo de batalla.

Solté una carcajada amarga que resonó como un llanto al ver cómo me miraba al escuchar la pregunta.

Me pasé la mano por el cabello, desordenándolo más de lo que ya estaba.

—Me iré contigo; no te dejaré sola así. Capaz que cometas una locura —señaló, atrapando mi abrazo como si me fuera a escapar—.

No sé por qué me preguntas eso; jamás te abandonaré, mi amiga.

Eres mi única familia, has estado para mí cuando nadie más lo estuvo, así que deja de decir sandeces; no me despegaré de ti, no importa el tiempo que sea.

¿Pero estás segura de que tenemos que irnos a la boca del lobo?

—Sí, Migue. Tengo que darle una lección a ese dragón.

Y recuerda, no importa dónde vayamos, todo es un campo de batalla.

En estos momentos necesito algo claro, real.

Porque, ¿sabes qué? Aquí todo es una maldita mentira.

Amor, desconfianza, celos, engaños… ¡basta!

—camino abrazándome con miedo rumbo al avión.

Al subir, mis fuerzas flaquean; corro a la habitación, agarro dos somníferos y me los tomo.

Migue me sigue sin dejar de observarme. Enseguida me pregunta para qué tomo fármacos; le explico que volar me da un ataque de pánico desde que tuve el accidente de papá. Se queda en silencio y me abraza fuerte; puede ver mis ojos rojos a punto de llorar.

—Podemos irnos a donde quieras en auto, Lili; no tiene que ser en avión —intenta convencerme de nuevo.

—No, Migue; necesito alejarme de Alessandro o le meteré un tiro en la cabeza, y amo al desgraciado ese; lo amo tanto que me estoy muriendo por lo que me hizo —no puedo más, suelto el llanto de nuevo, tirándome en la cama.

Migue no dijo nada. Sabe cuándo no vale la pena luchar conmigo. Me abrazó muy fuerte sin decir nada más, me conoce. Unos golpes en la puerta y la voz de Humberto hacen que trate de dejar de llorar.

—Todo listo, señora —me avisa desde afuera.

—Esperen que me duerma y nos vamos; no levanten el vuelo antes —ordeno sin abrir la puerta—. Será rápido.

—Sí, señora.

Le marco a mi hermana Luci y le explico más o menos; también a mamá, para que no se preocupe sin decirle nada.

Luego escondo mi cabeza en el pecho de Migue, que no pudo dar con Rufo cuando lo llamó y le dejó un mensaje.

Me acaricia y besa como si fuera una niña pequeña.

Mientras tanto, mi mente no deja de trabajar.

¿Por qué no habló conmigo? Si él mismo me dijo que no había entrado completo, a lo mejor por eso no eché sangre.

¿Qué diantres es eso de que tengo himen complaciente?

¿Lilian, es que nada en tu vida puede ser normal; tenías que tener un dichoso himen elástico?

Además, ¿por qué Ale se puso así? Si no hubiera sido virgen, pudo ser hasta él quien me robara mi virginidad, las veces que nos hemos emborrachado y olvidamos lo que hicimos.

A lo mejor hasta lo hicimos y, por ese himen, creí que no.

¿Por qué no confió en mí? Dijimos que íbamos a hablar todo, todo.

Lo prometimos, me dio su palabra, y a la primera mira lo que hace.

No habla conmigo y me lleva a pasar esa vergüenza.

Mafioso estúpido, me las va a pagar; lo voy a hacer rogar de rodillas, ya verá.

Lo castigaré hasta el cansancio. Se cree que todas las mujeres son iguales, acostumbrado a andar con putas; mira lo que me hizo.

—¿Lili, no me vas a contar qué te hizo tu esposo? —escucho a Migue.

—Perdóname, Migue; no puedo decírtelo; es algo entre él y yo —me niego, me abochorna contarle lo que me había hecho ese maldito capo, no estaba lista todavía.

—Está bien, lo que haya sido no es importante; deja de llorar —en ese instante, la tristeza que tenía acumulada en mi pecho se desbordó.

—Abrázame, Migue, muy fuerte; soy muy infeliz y sabes que me entra pánico a volar. Ya escuchaste que le dije a Humberto que no levantaran el vuelo hasta que me duerma; avísales cuando lo haga —cerré los ojos, queriendo desaparecer para no seguir sufriendo como lo he hecho.

—Está bien, mi amiga; duérmete que no me moveré de tu lado en todo el vuelo —me abraza fuerte y me llena de besos—. Lo que sea, lo vamos a enfrentar juntos. ¡Lo que sea!